menu close

Límulus

Alexandra Martin-Onraët Médico Sin Fronteras

El concepto de la medicina que tiene el estudiante, o por lo menos el que tuve yo, difiere ampliamente de la realidad. Las ciencias básicas son maravillosas, pero no son medicina. Cuando los pacientes no leen nuestros libros, la “ciencia” se convierte en arte, a veces con un toque de serendipia. Agréguenle el estrés de tratar con gente que puede morir y que muere; la frustración generada cuando gana la enfermedad; tener que referir a un paciente por falta de espacio y lidiar con las limitaciones de un sistema de salud que colapsa. Eso no nos lo enseñan en el salón de clases. Uno acaba aprendiendo a tejer su coraza, pero con hoyos, para sentir, pero poquito.

05.Trabajando

Fotografías por Alexandra Martin-Onraët y Marie Laure Batard
El pase de visita en el pabellón de la tuberculosis

En el año 2010, después de terminar la residencia en medicina interna, tuve la inquietud de participar en Médicos Sin Fronteras (MSF, www.msf.mx), una organización médico-humanitaria internacional que asiste a poblaciones en situación precaria. El proceso de selección no fue particularmente difícil. Los requisitos se encuentran en Internet, en el sitio web de MSF, y los documentos necesarios se envían por mail. Lo difícil a veces es la espera, la primera respuesta de la organización para programar una entrevista puede tardar de semanas a meses. Durante la entrevista -como en toda entrevista- uno lleva su currículum, le preguntan sobre sus motivaciones, y piden que se hablen dos idiomas como mínimo. Según la profesión, hay más demanda; dependiendo de las lenguas que uno maneje, hay más facilidad para ciertos países.

00.entrada-del-hospital

La entrada del Hospital Distrital de Homa Bay

Algo importante que hay que aclarar es que las misiones no son sólo para médicos. De hecho los médicos son la minoría de una misión: se requieren enfermeros, psicólogos, ingenieros, administradores. Hay proyectos que se orientan hacia la construcción de un hospital, otros que requieren de trabajo de campo, que exploran aspectos sociales y culturales para adaptarse a las necesidades. Es en esos momentos cuando intervienen sociólogos o antropólogos. El equipo que se encarga de la logística es la piedra angular del proyecto: hay que pensar en tener transporte disponible, gasolina suficiente, comida, agua, etc. Hay algunas misiones que se desenvuelven en zonas tan aisladas –generalmente son campos de refugiados– que las provisiones llegan en helicóptero y en esos casos es indispensable garantizar una buena red de comunicación. Para cada una de esas funciones hay alguien que contratar, todas las carreras son bienvenidas. Para designarle un destino al voluntario, en la primera entrevista, preguntan cuáles son los lugares en los cuales uno preferiría trabajar, qué tipo de misión le gustaría, y por cuanto tiempo estaría dispuesto a irse. Parten del hecho de que quien se acerca a la organización es voluntario, y tratan de acomodarse a las preferencias de cada uno. Existen todo tipo de proyectos; algunos, los de urgencias, como las epidemias que requieren de trabajo intenso por el desgaste físico-mental que implican, suelen durar tres meses. Esos son proyectos que se construyen rápido, requieren de recurso humano de un día para otro e igual de rápido terminan. Otros proyectos duran seis meses o un año, pero el tiempo mínimo es de tres meses. Se puede aclarar desde un principio los lugares a los que no se quiere ir (generalmente son países en guerra o que tienen un grado de peligro mayor al promedio de todos estos países con mecha corta).

Según las condiciones y disponibilidad de fechas que uno establece, la organización propone diferentes lugares. Es posible negarse a la opción propuesta, pero habrá que esperar hasta que se libere otra plaza en otro lugar. Esa es una de las desventajas de lanzarse en esas misiones: uno no controla su futuro por unas breves semanas antes de la partida. Uno espera, hasta que un día llega la noticia de que la salida es la semana siguiente y se tiene que poder ir corriendo, dejando todo atrás.

01.centro-de-salud2

Un centro de salud cerca de Homa Bay

Yo estuve tres meses en Doba, una ciudad petrolera al sur de Chad, durante una epidemia de meningitis. Fue de marzo a mayo de 2010, en la época más calurosa de esa región. Mi trabajo consistía en llegar a los centros de salud más abandonados y olvidados, repartir medicina y ayudar en donde hiciera falta. Hacíamos recorridos de ocho horas montados en una camioneta de doble tracción, esquivando baches, sudando y pegándonos a los asientos. Teníamos que explorar zonas donde reportaban nuevos casos para montar alertas epidemiológicas además de ayudar a otro equipo encargado de las campañas de vacunación.

Después me fui seis meses a Homa Bay, un pueblo al borde del Lago Victoria, en Kenia, uno de los focos rojos del país en donde uno de cada cuatro o cinco habitantes tiene VIH y donde la mayoría de los habitantes pertenece a la tribu de los Luo. Me llamaban Daktari Mzungu (doctora blanca). Ahí se trataba de un proyecto más estable, donde trabajábamos en conjunto con el sistema de salud local en el Hospital General de Zona atendiendo pacientes con VIH y tuberculosis en una de las áreas con más casos de resistencia a medicamentos contra la tuberculosis. Algunos pacientes con tuberculosis llegaban a estar hospitalizados meses recibiendo tratamientos vomitivos, intentando ganar kilos de vida. Había otra parte del programa destinado a la habilitación de zonas más alejadas, como parte de un proyecto de “descentralización” para que la gente no tuviera que desplazarse horas y kilómetros para recibir atención.

03.sala-de-espera-TB

La sala de espera a la consulta de tuberculosis siempre es afuera, para que permanezca bien ventilada y así evitar el contagio entre pacientes.

La tuberculosis pulmonar es altamente contagiosa, y para esto, también se hacía control ambiental que consistía en habilitar las viviendas de los pacientes con tuberculosis: hacer ventanas, construir habitaciones separadas para los tosedores, tratar de romper un poco con el ciclo de transmisión de la infección. El programa tenía muchas otras líneas de trabajo, como nutrición, psicología, contracepción, que implicaban la colaboración de numerosos y diversos especialistas.

20 de agosto de 2010

«Aquí en Homa Bay, la mayoría de la gente es Luo, tribu dedicada a la pesca y ganado. Los Luo tienen cada quien tres nombres. El primero es el nombre cristiano, agregado en las últimas dos generaciones. Sigue el sobrenombre Luo, que describe la circunstancia del nacimiento, y el tercer nombre es heredado del sobrenombre del padre. Además, los hombres empiezan con O y las mujeres con A. Por lo tanto si naciste en la madrugada y eres mujer, tu segundo nombre será Amondi, y Omondi si eres hombre. Generalmente el nombre describe el momento del día en que naciste, como Otieno (nacido por la noche), pero a veces describe el contexto, muchas veces en relación a las cosechas, como por ejemplo Okech (nacido durante la hambruna), Okeyo (nacido en tiempo de cosecha), o el clima: Oluoch (nacido durante época de neblina pesada). Así, con el solo nombre, puedes saber que el niño nació cuando su padre ya había muerto (Ochola), o “de manera misteriosa” cuando la madre después de un embarazo previo todavía no recobraba su regla (Okumu), o fuera de casa de manera fortuita (Ooko). Puedes saber si tuvo gemelos, y quien nació primero (Opiyo: nació primero de una pareja de gemelos, Odongo: nació segundo). A veces llega a ser bastante confuso cuando tienes un cubículo lleno de Otienos en el hospital.

Yo soy Adhiambo, born in the afternoon, porque según los Kenianos, la daktari necesitaba un nombre local.»

04.pabellones

El hospital de Homa Bay tiene muchos pabellones y espacios al aire libre. En esos mismos espacios los familiares de los pacientes lavan, tienden su ropa y comen mientras cuidan a sus enfermos

En este periodo, me enfrenté a diversas dificultades en varios aspectos de mi vida. A nivel profesional, por ejemplo, fue muy duro enfrentarme a la falta de recursos, de medicamentos, de espacios físicos donde atender a los pacientes; falta hasta de agua y la alta mortalidad. Recuerdo que un día llegamos a un centro de salud donde no había pacientes con meningitis, pero sí una señora probablemente más joven de lo que aparentaban, su pelo gris y su piel curtida, que había llegado por diarrea. Estaba francamente deshidratada, y a punto de morir porque no podían ofrecerle algo tan simple como un poco de suero. Había días en Chad en que llegábamos al centro de salud y encontrábamos pacientes afuera desbordados, tendidos en el pasto, sobre sus telares, sudando a gota gruesa bajo la sombra de los mangos. En Kenia, las rondas podían ser surreales, a veces había dos pacientes por cama, acomodados como dominó, tosiéndose encima los unos a los otros, sin ningún control. Y había que guardar la compostura e ir de una cama a otra, en busca de alguna intervención positiva que hacer…

23 de agosto de 2010

«Cierro los ojos y avanzo. Siguiente paciente. Espero que para éste haya algo que podamos hacer, por lo menos quedarme con la sensación de que mañana seguirá vivo. Trato de concentrarme en la historia clínica que me recita el estudiante, entre la vía aérea no protegida del vecino con respiración agónica y la mezcla de olores que no describiré. Joven madre con VIH y alteraciones neurológicas. Una más. Esta tiene criptococosis, confirmada y tenemos tratamiento, there’s “hope”. Al lado: joven VIH de reciente diagnóstico con tos y expectoración. Start on anti Tuberculosis. Oh! And move him to the isolated room! Ah! And close the f… door! (Empiecen con anti Tuberculosis. Ah! ¡Y cámbienlo a un cuarto aislad! Ah! ¡Y cierra la p… puerta!) Actualmente en el pabellón de la tuberculosis resistente, mis dos pacientes hospitalizados están estables, aguantando la bomba terapéutica. Naftaly, que había escapado hace dos semanas, regresó hoy, con ganas de tomar sus pastillas.

Naftaly se contagió de tuberculosis multidrogorresistente por su hermana, y le echa la culpa. Su hermana y él, de 24 y 22 años, viven a 200 km de Homa Bay, y la única opción para recibir su tratamiento es internarse o rentar una casa en la ciudad, porque hasta hace muy poco no había otros programas de tuberculosis resistentes fuera de Homa Bay. La madre aceptó pagar la renta de una casa para los dos, pero ellos no se soportan y no pueden vivir juntos, así que Naftaly se había visto obligado a quedarse internado. Está en fase intensiva del tratamiento. Se ha escapado varias veces y tratamos de convencerlo, a él y a la madre, con ayuda del psicólogo, de quedarse con su hermana en lo que acaba su tratamiento. La mitad de la información, estoy segura, se pierde con la traducción que nos hace la enfermera, pero en pocas palabras, la madre ya se rindió en cuanto a esos dos hijos, tiene otros en casa de los cuales encargarse, y ¡obvio! no está dispuesta a pagar una segunda renta para su caprichoso hijo. En cambio, Eunice, de sólo 10 añitos, coinfectada VIH-tuberculosis resistente, está en su décimo mes de tratamiento ambulatorio, con un apego ejemplar al tratamiento tanto del VIH como el de la tuberculosis, y quiere ser doctora cuando sea grande.”

Las dificultades a nivel emocional se tradujeron esencialmente en manejar la frustración, lograr entender las limitaciones del lugar, la poca eficacia de los tratamientos y el poco impacto que podía tener en los pacientes. Saber que en otro lado, con recursos mínimos, ese paciente hubiera podido sobrevivir. Aceptar las injusticias que implican ser de un lugar sin nombre pero nunca asumir que no vale la pena intentar que cada uno de ellos sea la excepción. Por último, a nivel físico había que acostumbrarse a los 45 grados en la sombra, a la falta de viento, a la falta de lluvia, al olor del pescado frito de dudosa procedencia en lugares de dudosa higiene, a las moscas hasta en el sustituto de leche, a la comida repetitiva, al colchón hirviendo, a las amibas… Sin embargo, vivir estos extremos me permitieron ser feliz a las tres de la mañana con 30 grados centígrados de temperatura, ansiar el primer día de la temporada de lluvias para olfatear el aroma a tierra mojada. También aprendí a apreciar el sabor del pescado frito y hasta el llamado para la oración a las cuatro de la mañana en Chad… Después de cansarme de tomar agua hirviendo, aprendí a mantener una botella fresca (tibia), envuelta en trapos húmedos que absorbían el calor, a pesar de temperaturas de más de 40 grados al exterior. Aprendí de las mujeres que diario caminaban con veinte kilos de mangos en la cabeza de sus pueblos al mercado para luego regresar, cargando agua, a preparar la comida después de haber molido el grano sin chistar.

06.Mercado

Mercado de Homa Bay

Aprendí del respeto a la muerte, aprendí a verla en los ojos de muchos, entendí sus formas de expresar la tristeza a gritos, la espontaneidad de sus comentarios. ¿Cuáles fueron las satisfacciones? Los niños gritando y saludando al borde de la carretera, sus trencitas de colores y sus risas blancas; el mango recién bajado del árbol, los atardeceres con un jugo de maracuyá recién hecho al borde del lago poblado de largos y calvos pájaros; las carcajadas de los pacientes cuando los saludaba por la mañana llegando al hospital, al pasar frente a la sala de espera, con mi acento mexicano, “¡Oyaoré! ¡Habari!”

07.children-party

La fiesta de fin de año organizada para los niños de la clínica, los hijos de los trabajadores y otros niños

Hoy trabajo en el Instituto Nacional de Cancerología. En México, frecuentemente estás en medio de la sábana. La escala es diferente, pero también hay gente que regresa a su casa con leucemia, sin quimioterapia porque no la pudo pagar. Hay gente que peregrina de hospital en hospital hasta encontrar una camilla en la cual ser atendido. Los pacientes no están bajo los mangos pero sí amontonados en los pasillos. Tal vez la gente no camina tres horas al centro de salud pero sí tarda ocho horas en llegar en autobús, si bien le va. En los servicios de urgencias, se censan más sillas de ruedas que camillas por falta de espacio. La atención primaria es escueta, todos los días llegan a los hospitales víctimas de la falta de prevención e información: no hay educación en salud. La gente aprende de la enfermedad cuando ya la padece y la demanda de atención médica supera claramente los recursos. El reto más grande es no dejar de creer todos los días que hay cosas que pueden hacerse para mejorar el sistema. No resignarse ni justificar resultados desfavorables por condiciones desfavorables.

Creo que no hay que ir hasta África para encontrarse con lugares desfavorecidos que requieren de la implementación de servicios de atención, como los que MSF provee en sus misiones. En muchas zonas de México sucede y las condiciones de salud de este país coinciden con las de algunos de los países blanco de MSF en dónde se requieren cambios de raíz para mejorar la educación, la atención primaria y trabajar en prevención. Pero México no requiere de suplencias ni parches: MSF es una organización que intenta adaptarse a la situación local, pero su función, en general, es rellenar huecos.

02.el-equipo-MDR

Los pacientes y el equipo de la clínica de tuberculosis multidrogorresistente

MSF sirve de solución temporal, busca “la falta de”, y trabaja haciendo suplencia en países tan pobres o en condiciones sociopolíticas tan frágiles que no se puede esperar que el gobierno local resuelva problemas emergentes de salud que se traducen en muertes. Inicialmente, se dedicaba únicamente a urgencias, catástrofes naturales, epidemias, pero poco a poco han adoptado programas más largos. Sin embargo, la política generalmente establece que la intervención no puede ser por tiempo indefinido, ya que se plantean planes de capacitación para dejar programas funcionando a nivel nacional a largo plazo.

08.atardecer-

Atardecer desde la peninsula, frente a Homa Bay a la hora a la que los ibis regresan a poblar los árboles

Alex Martin-Onraët nació en Rueil-Malmaison, Francia. A los ocho años se mudó a México, dónde ha vivido hasta ahora. Estudió medicina en la UNAM, como estaba planeado desde que tenía nueve años. Siguió el camino esperado: después de medicina general, medicina interna; hasta que en 2010 decidió hacer algo loco e irse a África inspirada por recuerdos de un viaje de infancia a Kenia, por historias fantasiosas de su padre, por la aventura que implicaba conocer una cultura nueva y la necesidad de salir de la burbuja que había sido su formación profesional. Regresando de África, completó su carrera con dos años en infectología y ahora trabaja en el Instituto Nacional de Cancerología.

Artículos relacionados