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Límulus

ÇA VOIT

Texto por Alejandro Hernández Gálvez

Alguna vez Peter Eisenman definió la visión como “una manera de organizar el espacio y sus elementos”. La arquitectura, decía Eisenman en aquel texto [1], ha estado condicionada -al menos desde la invención de la perspectiva- por cierta manera de entender la mirada: el sujeto, central e inmóvil, ordena el espacio. Como la descripción que hiciera Michel Foucault de Las Meninas de Velázquez en la introducción de Las palabras y las cosas, el observador/ocupante de la arquitectura así concebida, es sujeto de la misma en varios sentidos: por un lado el asunto o materia de que trata, pero también alguien obligado y constreñido. “La arquitectura tradicional –escribía Eisenman– está estructurada de manera que cualquier posición ocupada por un sujeto provea los medios para entender esa posición en relación a una tipología espacial particular que despliega a la arquitectura como una pantalla para ser vista (for looking-at).” Eisenman propone entonces la idea de una arquitectura capaz de devolver esa mirada (looking-back).

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En un texto llamado La mirada en el campo extendido, Norman Bryson habla también de esta mirada devuelta (look back), explicándola a partir de una anécdota contada por Lacan: en una lancha con pescadores de Bretaña, uno le señala una lata de sardinas flotando y le dice: ‘¿la ve, puede verla?, pues ella no lo ve de vuelta’. Bryson explica que la idea molesta a Lacan pues se da cuenta que no es totalmente cierta. “El mundo de los objetos inanimados  siempre, hasta cierto punto, nos mira de vuelta”. ¿Cómo es eso? Cuando veo algo –añade Bryson– no veo sólo luz sino formas inteligibles. Algo similar dice Oliver Sacks en su famoso relato El hombre que confundió a su mujer con un sombrero: no reconocer lo que se ve, no poder nombrarlo, es, finalmente, no ver. Se ve, pero también se piensa –escribió Junichiro Tanizaki.

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Lo que vemos está entretejido en una red de significados, dice Bryson explicando a Lacan. “Para que los seres humanos orquestemos colectivamente nuestra experiencia visual se requiere que cada uno someta su experiencia retinal a las descripciones socialmente acordadas de un mundo inteligible.” Aún más, dice, “la mirada es socializada y por eso la desviación de esa construcción de la realidad visual puede ser medida y nombrada de distintas maneras: alucinación, confusión, falta de reconocimiento”.

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La idea de una arquitectura que nos devuelve la mirada (looks-back) en Eisenman no corresponde exactamente a lo que Bryson describe: un entramado de significados del que la pura visión, como fenómeno óptico, no es más que una parte. Eisenman escribe: “la idea de una ‘mirada devuelta’ empieza por desplazar al sujeto antropocéntrico. La mirada devuelta no requiere que el objeto se vuelva un sujeto . La mirada devuelta tiene que ver con la posibilidad de separar al sujeto de la racionalización del espacio. En otras palabras, permitir que el sujeto tenga otra mirada del espacio en donde, efectivamente, éste le ‘devuelva la mirada’. Un posible primer paso para conceptualizar este ‘otro’ espacio sería separar lo que se ve de lo que se conoce –separar al ojo de la mente”.

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En el relato de Sacks antes mencionado, cuando el médico hace pruebas al Dr. P, el músico que padece agnosia visual –la incapacidad de reconocer lo que ve y, por tanto, en los términos de Sacks, de ver propiamente- le pide describa objetos que le enseña. “Una forma roja y con circunvoluciones dotada de un soporte lineal de color verde,” dice de una rosa. “Una superficie continua doblada sobre sí misma. Parece contar con cinco bolsillos externos,” es la manera como describe un guante.

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¿Cómo describir, por ejemplo, una caja blanca que flota sobre columnas, atravesada por una larga ventana a todo lo largo mientras una rampa nos lleva del suelo hasta la cubierta que sirve de terraza? Así describe el propio Le Corbusier a la Villa Savoye, vil sa’vua, ça voit: eso ve. ¿Nos ve, nos devuelve la mirada? Esa casa es descrita –según Beatriz Colomina– “en los términos en que enmarca al paisaje y los efectos de ese enmarcado en la percepción de la casa misma por parte del visitante en movimiento.” Para Le Corbusier, quien dibujaba grandes ojos sin cuerpo flotando sobre sus edificios y que escribiera “soy en la medida en que veo,” la casa no es –de nuevo en términos de Beatriz Colomina– más que “una serie de vistas coreografiadas por el visitante.” Nótese, de nuevo: no habitante, visitante y, también, de algún modo, visionante. “El sujeto tradicional –agrega Colomina– sólo puede ser un visitante y, como tal, parte temporal de un mecanismo de visión. El sujeto humanista ha sido desplazado”. No es de extrañar, pues el interés de Eisenman en la arquitectura de Le Corbusier, el constructor de mecanismos no para habitar sino para ver, de villas que nos devuelven la mirada, como la Villa Savoye, ça voit.

[1] Peter Eisenman, Visions Unfolding: Architecture in the Age of Electronic Media.

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Alejandro Hernández es arquitecto, crítico y curador de arquitectura. Colabora como columnista para el periódico Reforma y para varias revistas como Arquine y Letras Libres, entre otras. Su más reciente publicación es 100×100: cien arquitectos del siglo XX en México, editado en conjunto con Fernanda Canales. Ganó el primer premio en el concurso para el edificio de Centro, Diseño, Cine y Televisión (2003). Fue co-curador de la muestra “Mexico City Dialogues” (N.Y.) y ha participado en las bienales de arquitectura en Sao Paulo, Rotterdam, Venecia y Canarias.

 

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