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Límulus

Cerebro, adquisición de lenguaje y bilingüismo Primera parte

Texto de Fernanda Pérez-Gay Juárez
Fotografías de Priscila Vanneuville

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Mecanismos cerebrales de adquisición del lenguaje

“…la fraternidad misteriosa que crea
el hecho de llamar desde niños
a las mismas cosas con los mismos nombres”.

-Pedro Salinas, en Defensa del lenguaje

Uno de los ejemplos más sorprendentes de la plasticidad cerebral –es decir, la capacidad de nuestro sistema nervioso de generar nuevas conexiones y adquirir funciones diversas gracias al aprendizaje– es sin duda la posibilidad de utilizar más de un código lingüístico para comunicarnos con el mundo. Los bilingües y políglotas representan un ejemplo del enorme potencial de nuestro cerebro para adaptarse, adoptar y manipular nuevos estímulos. Pero no sólo eso. Cuando miramos de cerca los procesos de adquisición de lenguaje, incluyendo los de aquellos que aprenden una sola lengua, veremos reflejada la inmensa flexibilidad cerebral que nos permite utilizar sonidos para comunicar estados internos, pensamientos, emociones e intenciones.

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Nuestro cerebro tiene una serie de zonas que actúan de forma coordinada para comprender y emitir el lenguaje. Esta capacidad es una de las principales características que nos diferencian de otras especies, incluyendo a aquellos primates cercanos a nosotros desde el punto de vista genético: A pesar de poder generar una serie de vocalizaciones complejas para comunicar ciertos instintos básicos, ningún otro primate es capaz de articular un discurso a través de una combinación de signos fonéticos.
Curiosamente, la evidencia científica nos ha mostrado no sólo que nuestros cerebros están equipados desde el nacimiento para aprender y emitir lenguaje, sino que, además, están preparados para hacer esto con cualquier lengua a la que estemos expuestos –incluso más de una a la vez.

Pero antes de intentar explicar la capacidad cerebral para aprender varios lenguajes, más vale que demos un par de pasos atrás y pensemos en cómo es que adquirimos nuestra lengua materna desde el nacimiento. ¿Cómo aprende un recién nacido a comprender y combinar una serie de sonidos para generar un discurso con significado y comunicarse con sus semejantes? Aunque la pregunta no es en absoluto fácil de responder, diversos estudios en lingüística y neurociencias han contribuido con algunas piezas para comenzar a armar el rompecabezas del florecimiento del lenguaje en los niños.

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Lactantes como “universalistas lingüísticos”

El cerebro de los niños posee una capacidad única para descifrar los códigos de lenguaje de la que el cerebro adulto carece. Para entender por qué los niños tienen una ventaja tan evidente para aprender idiomas, es fundamental analizar cómo el cerebro del infante se “compromete” con ciertos patrones de entonación y formación de palabras a los que estamos expuestos en los primeros meses-años de nuestra vida.

Como nos enseñaron en la escuela primaria, los fonemas son las combinaciones de sonidos que representan los “ladrillos” del lenguaje, por ejemplo FA, TA, CA, PE. Las unidades fonéticas son los sonidos individuales que constituyen los fonemas, es decir “F”, “O”, “P”, “A”. Cada idioma tiene aproximadamente cuarenta fonemas que, con mayor probabilidad, se combinarán para formar palabras.

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En los años setenta, un estudio realizado por el psicólogo Peter Eimas mostró por primera vez que los niños menores de un año tienen un talento especial para detectar los cambios acústicos que diferencian las unidades fonéticas de los idiomas de todo el mundo. Independientemente de la cultura en la que se desarrollan, todos los lactantes son altamente capaces de distinguir cambios sutiles que determinan la frontera entre dos distintos fonemas (ejemplo: entre GA y BA, entre LE y RE), incluso para aquellos fonemas que no existen en el lenguaje al que están expuestos. A esta capacidad se le ha denominado “universalidad lingüística”, que será la que permita a los niños aprender cualquier idioma al que se les exponga.

Comparados con los niños, los adultos tenemos un desempeño muy pobre en la tarea de discernimiento de fonemas. En realidad, los adultos sólo distinguimos entre aquellos fonemas de los idiomas que hablamos con fluidez. La pregunta entonces es: ¿qué sucede después del año de edad que nos volvemos incapaces de distinguir la barrera entre aquellos fonemas que no pertenecen a nuestro idioma? ¿No sería maravilloso que pudiésemos conservar esta sensibilidad de discriminación y reconocimiento de los sonidos de cualquier lenguaje? ¿Por qué entonces la naturaleza humana implica la pérdida de esta capacidad de lenguaje universal?

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Patrones motores de lenguaje

Las casualidades no existen ni en la genética ni en la biología. No debemos dejarnos sorprender por el hecho de que esta pérdida de reconocimiento fonético suceda al tiempo que el lactante empieza a balbucear sus primeras palabras. Esta pérdida, que puede parecernos trágica, no es un tropiezo de la naturaleza. Para poder aprender un idioma específico –nuestra lengua materna– no basta con reconocer las diferencias entre sus fonemas de manera burda. Necesitamos mayor precisión para aprender cada una de las variaciones fonéticas de esta lengua y para adivinar con qué probabilidad ocurrirá uno u otro sonido en un discurso. A la concentración de nuestro cerebro en una sola lengua se le llama compromiso neural con el lenguaje nativo.

Nuestro sistema nervioso especializará sus circuitos en la infancia temprana para poder detectar –y, eventualmente, imitar– los componentes fonéticos (sonidos) y prosódicos (tonos) de la lengua materna con mayor eficacia. Este cambio en los circuitos cerebrales del lenguaje implica, además de almacenar los fonemas aprendidos en circuitos auditivos (sensoriales), la generación de circuitos motores, es decir, de emisión de lenguaje, que correspondan a los sonidos que el niño escucha.

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La producción del lenguaje requiere forzosamente de la imitación. Para desarrollar el habla, el niño debe imitar tanto el ritmo como el tono y la estructura fonética de su lengua materna. En el cerebro, esto genera cambios en el área motora –tanto el área de Broca como el área adyacente, dedicada al movimiento del aparato fonatorio– para codificar en sus neuronas los llamados patrones de generación de lenguaje o patrones motores de lenguaje. Estos circuitos codifican una especie de instrucciones para pronunciar y combinar sonidos que corresponden al primer idioma que aprendimos.

Estos cambios en nuestro cerebro, generados durante el primer año tras el nacimiento, persistirán durante el resto de nuestras vidas y afectarán todos los idiomas que intentemos aprender después. Para poder utilizarlos correctamente, nuestro cerebro se “compromete”  con aquellos fonemas que necesita a través de dichos circuitos motores. Este compromiso implica la disminución de la atención del niño hacia los fonemas que no distinguen palabras en su idioma, lo cual impedirá el aprendizaje de aquellos patrones que no correspondan con los de su lenguaje nativo. Lo anterior explica por qué, por ejemplo, los japoneses pierden la capacidad de distinguir entre /r/ y /l/, dado que en japonés no existe ninguna diferencia entre esos dos sonidos que sea relevante para formar palabras.

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La pérdida de la “universalidad lingüística” es el precio a pagar para poder articular correctamente aquellos sonidos que necesitamos para comunicarnos con nuestro entorno inmediato. El sacrificio no es  absurdo: la capacidad de articulación no es una tarea sencilla. Requiere mucho entrenamiento y los niños no logran dominarla hasta alrededor de los 8 años de edad.

Etapas de adquisición de lenguaje

Intentemos ahora adentrarnos en las etapas que atraviesa un infante para desarrollar esta capacidad única a la especie humana. Aprender un idioma implica el conocimiento de sus propiedades específicas: su repertorio fonético (los cuarenta fonemas que lo conforman, aproximadamente), sus palabras (la combinación de estos fonemas con un significado asociado) y la información gramatical compleja para estructurar frases.

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Como ya describimos, en los primeros meses de vida los bebés reaccionan a diferentes lenguajes por igual, independientemente de la exposición. Sin embargo, al pasar el tiempo, un bebé de 4 o 5 meses comenzará a orientar la cabeza hacia un idioma familiar más rápidamente que a un idioma desconocido.
Pasados los seis meses comenzará una de las primeras etapas de adquisición del lenguaje: el establecimiento del “repertorio fonético”. Este es el momento en que los infantes perfeccionan el reconocimiento de una serie de sonidos como lenguaje propio, y que conlleva la pérdida de aprendizaje de sonidos que no corresponden. Repitiendo: al mismo tiempo que los niños comienzan a mostrar menor sensibilidad a los sonidos del habla que no están presentes en su ambiente inmediato, su capacidad de percibir aquellos asociados al idioma a los que están expuestos aumenta exponencialmente.

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Durante esta etapa, los fonemas se establecerán más rápido mientras más frecuentes sean en la lengua materna. Aquellos fonemas de baja frecuencia tomarán más tiempo para reconocerse y, por tanto, para emitirse (por ejemplo, los fonemas con x en español, como xa, xe o xo, que aparecen mucho menos seguido en el discurso que fonemas como pa, ga o ta). Este reconocimiento no es sólo auditivo. Las diferencias de gesticulación son uno de los apoyos más importantes para la discriminación fonética, lo cual refuerza la idea de que la socialización es fundamental para adquirir la capacidad del lenguaje. Diferentes estudios han mostrado que los niños de 6 y 7 meses también pueden discriminar fonemas del idioma en que están inmersos a través de leer los labios del interlocutor.

El segundo fenómeno, el aprendizaje de palabras, implica reconocer complejos formados por varios fonemas encadenados y asociarlos a un concepto –generalmente, las primeras palabras son objetos o personas cercanas al niño en cuestión–. Esto sucede poco antes del año de edad, al mismo tiempo que el niño empieza a articular sonidos imitando al adulto. Para facilitar el proceso, el niño reconoce que existen combinaciones de sonidos que aparecen juntas más frecuentemente, además de identificar que hay sonidos que suelen ir al inicio o al final de una palabra. Esto ayuda al cerebro a separar las secuencias de sonidos para distinguir una palabra de otra.

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Para asociar estas combinaciones de fonemas con conceptos, los niños, cuando empiezan a hablar, identifican mentalmente cada palabra con un solo objeto. Si ponemos a un niño frente a una imagen de una serpiente y le enseñamos a asociar la palabra con la imagen, eventualmente el niño asumirá que “serpiente” es el único modo para referirse a ella. Si después lo ponemos en un cuarto con una imagen de una serpiente y una imagen de alguna otra cosa desconocida para él (un carro, un lápiz o una llave) y decimos la palabra “víbora”, el niño volteará inmediatamente hacia el objeto que no conoce. Aunque más tarde podamos asignar más de una etiqueta a cada objeto del mundo, durante el proceso de aprendizaje, en nuestro cerebro una palabra sólo puede corresponder a un objeto. Esto se llama “principio de mutua exclusividad” que, como lo veremos después, no está presente en los bilingües, cuyos cerebros pueden asociar dos etiquetas –una en cada lengua– a cada objeto que necesitan nombrar.

La socialización es fundamental en esta etapa de aprendizaje. Las personas cercanas al niño señalarán los objetos circundantes al pronunciar las palabras que los nombran, de modo que el niño comience a asociar la combinación de sonidos con aquello que encuentran en el mundo que los rodea. Algunos estudios han mostrado también que los infantes siguen la mirada de sus interlocutores cuando estos hablan, identificando así aquello a lo que se refieren, como si la mirada “señalara” un objeto u otro.

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Finalmente, y a partir de que el niño ya articula palabras y trata de ponerlas juntas en frases, llegamos a la etapa en que aprendemos las reglas gramaticales precisas de cada idioma. Durante este proceso, a raíz de correcciones de sus padres y de la gente a su alrededor, el niño aprenderá la secuencia correcta para hilar frases en el idioma en cuestión. El lingüista Noam Chomsky argumenta que debe haber una base genética que codifique para una “gramática universal”, dado que los ejemplos de lenguaje que el niño escucha todos los días no pueden ser suficientes para aprender todas las reglas y sutilezas gramaticales de su lengua. A esta teoría, Chomsky le llamó “la pobreza del estímulo”, refiriéndose al pobre papel que juega el lenguaje que escuchamos todos los días comparado a la complejidad gramatical de un idioma.

Por tanto, según su visión, debe haber un componente genético que nos transmita la capacidad para utilizar la gramática correctamente, independientemente de la lengua que se trate. Esto, sin embargo, no es fácil de encontrar a nivel biológico. Para poder empezar a estudiar si existen genes que transmitan la “gramática universal”, primero tendríamos que entender cómo está codificada en las neuronas del área de Broca, para poder después preguntarnos qué genes podrían influir en el establecimiento de estos “circuitos” o pautas neuronales. Sobra decir que, a nivel de ciencia biológica,  estamos aún lejos de dichos descubrimientos.

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Lenguaje: ¿innato o aprendido?

Uno de los más importantes debates en lingüística giraba alrededor de la siguiente pregunta: ¿Nacemos con la capacidad de emitir lenguaje o aprendemos a hablar con base en el condicionamiento paterno, como sucede con otras conductas? Skinner, el mayor representante del conductismo, sostenía que aprendemos a hablar gracias a la instrucción de nuestros padres, basados en ensayo y error; obteniendo reforzamiento positivo para lenguaje correcto y reforzamiento negativo cuando cometemos errores. Chomsky, sin embargo, fue el primero en contradecir esta hipótesis conductista argumentando que tenemos una predisposición innata para el lenguaje. Sugería que nuestros cerebros debían tener un aparato de adquisición de lenguaje que permitía que desde casi el año de edad emitiéramos vocalizaciones con cierto significado.

Como demuestra lo explicado en los párrafos anteriores, ambos se equivocaban. Es cierto que la facilidad para formar circuitos sensoriales y motores de lenguaje demuestra una capacidad innata para aprender y emitir lenguaje –seguramente codificada en los genes–, que está ausente en otras especies capaces de aprendizaje de otros tipos. Sin embargo, considerando que la imitación es fundamental para establecer los cambios en el cerebro que nos permiten empezar a hablar y que parte de la discriminación entre fonemas se basa en leer los labios –actividad que implica forzosamente la presencia de un interlocutor– es claro que los genes por sí mismos no bastan para generar el lenguaje.

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Recientemente, se ha puesto un énfasis especial en la importancia de la socialización para desarrollar las capacidades lingüísticas. Los niños que aprenden un idioma a través de programas informáticos, audio o video, muestran un desempeño menor que aquellos que son motivados por personas cercanas a ellos a través de juegos o actividades que los involucren. El llamado “cerebro social” –las estructuras cerebrales implicadas en nuestro intercambio con otros seres humanos– está ampliamente relacionado con el aprendizaje de un idioma.

Hay mucho aún por investigar, pero cuando nos preguntamos por qué nos comunicamos a través de ese código complejo que llamamos lenguaje hay una cosa que queda muy clara: esta capacidad es  una prueba más de que Aristóteles tenía razón cuando afirmó que “el hombre es un animal social”.

Continuará…

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