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Límulus

Continuidad y ficción:
la biblioteca de
Alberto Ruy Sánchez

Texto por Mar Gámiz

Fotografías de Toumani Camara

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“Pero su historia no puede ser contada de manera tradicional: el protagonista es un flujo, una voz que corre y se mete en distintos cuerpos y situaciones.”

-Alberto Ruy Sánchez, La mano del fuego 1

 

Afuera cae el sol de mediodía de un verano que agoniza, revolotea un colibrí y me hace reparar con su agitación en el árbol grueso que custodia la entrada de la casa de Alberto. Sus raíces se rehúsan a someterse a las losas de cemento y me doy cuenta de mi ignorancia, pues no sé qué largo de las raíces represente esa manifestación iceberguiana del árbol. No es una ceiba, pero me recuerda la sensibilidad maya que hizo que aquélla atravesara los mundos, dotándolos así de la continuidad sólida y flexible de la madera.

Adentro, Alberto nos recibe cálidamente. El propósito de la vista es conocer su biblioteca. Desde el principio nos advierte: no es su biblioteca nada más, sino la construida por él y su esposa, Margarita de Orellana, desde hace más de treinta años. Muy pronto, también, nos revela la inquietud que lo ha perseguido desde que comenzó a escribir: ¿cómo hacer que conviva armónicamente lo que ha leído con lo que ha escrito? Para respondernos (para responderse), comienza el recorrido desde la sala, en donde están los libros de arte, hasta el tercer piso, en donde se encuentra la entrada a la biblioteca, reparando concienzudamente en los objetos que encierran anécdotas de viajes, amor y trabajo.

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Para Georges Bataille, los hombres somos seres discontinuos porque morimos. El único momento de continuidad posible en el ser es la fecundación, cuando dos seres discontinuos se funden en otro.

De alguna manera anhelamos la continuidad, pero, también según el filósofo francés, el único medio material de alcanzarla es muriendo. Sin embargo, me pregunto: ¿acaso no es morir un poco sumergirse en el entramado de una novela, en los pensamientos y sentimientos de los personajes? Tanto para el que los crea como para el que los lee, la inmersión en cada libro conlleva, irremediablemente, la dupla vida-muerte, así como la indistinción, la fusión de los límites entre lo propio y lo ajeno, lo particular y lo universal. La lectura y la escritura son puentes que permiten, o por lo menos dan, la ilusión de continuidad [Esa misma tarde, Zaydún en su estudio toma un libro sosteniéndolo con las dos manos, exactamente como Tarik estaba tomando la vasija para cambiarla de un torno al otro. Hacían el mismo gesto ritual, sin saberlo. Uno con barro, otro con papel en las manos. Ambos se unen a todos los hombres que lo han hecho antes.  Y a mí que estoy a punto de hacerlo con este libro donde leo sus historias.]

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Preguntado por el futuro de su biblioteca, Alberto responde que no quisiera imponer nada a sus hijos, quienes decidirán, quizá, qué hacer con ella. Sin embargo, Alberto sí desea algo para su muerte: quisiera que sus cenizas se convirtieran en un jarrón [La muerte, piensa Tarik, es también una cosa terca, obstinada en sus formas, caprichosa en sus resultados. Qué mejor que casarla con una obra de barro no menos caprichosa.], una “belleza inútil”, pero cargada de los significados con los que Alberto ha construido su vida: su familia, sus viajes, su mundo sensorial, sus lecturas y sus obras.

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Como con los hilos de un tapiz, Alberto y Margarita han tejido los rincones de su casa con libros y obras de arte, fieles reflejos de experiencias vividas. Una recreación indígena de un cuadro de Jean-Auguste-Dominique Ingres encuentra su justificación en la labor editorial encerrada en un carrito de madera de Artes de México, que a su vez recuerda las horas de estudio parisino y la voluptuosidad del territorio mexicano. Muy cerca de ahí, un jarrón que viajó protegido por un abrazo muy largo ostenta una caligrafía hasta el momento indescifrada, pero altamente sugerente para el mundo literario de Alberto. Un mundo que, ya vimos, ha borrado los límites entre lo recibido y lo creado, entre lectura y creación [Él había aprendido a dominar una alta proporción de sus posibilidades. Pero nunca todas, por supuesto. Ser un verdadero creador es saberlo. Lo posible nos desborda en el oficio y en la vida. Ser un maestro del oficio no es dominarlo todo, sino saber que se navega en flujos de la materia, que se remontan corrientes y se descienden.].

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Los objetos dispuestos a lo largo no sólo de la biblioteca, sino de toda la casa, mantienen un diálogo constante con los universos descritos en los libros. La continuidad entre unos y otros genera más significados, al tiempo que todo funciona como un teatro renacentista de la memoria, en el que se recuerdan las vidas de los habitantes de la casa [Un manual del amor es un libro que nos lleva de la mano. Nos guía tocándonos. Conduce nuestros pasos desde los dedos y los ojos.] y se prefiguran las que se les puedan ocurrir.

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No obstante que hayan remodelado la casa tres veces para darle el espacio nodal a la biblioteca, no obstante que ésta esté organizada según los límites que impone el alfabeto, la biblioteca rebasa sus puertas y se filtra en toda la casa y más allá, pues cada uno de los dos la lleva a cuestas a donde sea que vaya. La biblioteca es la ceiba de la familia.

Imagen, letras, vida acumulada y vida imaginada. En la biblioteca personal de Alberto Ruy Sánchez nos golpea la continuidad y participamos del flujo de la materia humana.

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1. Las citas que aparecen insertadas en el texto corresponden también a esta novela.

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