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Límulus

D.FÁBULA El secreto de Niñopa

Texto de Teresa de Miguel

Fotografías de Olfa Masmoudi

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La señora Carmen se despertó aquel lunes más temprano que de costumbre. Todavía no cantaban los gallos en el patio trasero de su chinampa y su esposo seguía emitiendo ese profundo, quejumbroso ronquido de quien sabe que no le quedan muchas horas de sueño.

Se calzó las zapatillas de andar por casa y empezó a buscar con ansiedad el mejor de sus trajes de chaqueta en un armario de madera vieja que olía a naftalina. La quietud de la casa al amanecer contrastaba con la emoción contenida dentro de su pecho, con sus ganas de acelerar las manillas del reloj de cuco que colgaba en la sala.

Cuarenta y cinco años llevaba esperando aquel día.

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Recordaba a la perfección la mañana soleada en la que su madre le puso el vestido de los domingos y caminaron hasta el comité local de Xochimilco, donde escribió su nombre con letra de niña en una larguísima lista de cinco páginas.

En el camino de regreso a casa, su madre le explicó que acaba de solicitar la mayordomía del Niñopa, una escultura de madera del Niño Jesús que llevaba más de cuatrocientos años concediendo milagros en el pueblo.

Llegar a ser su mayordomo era el mayor de los anhelos de cualquier xochimilca, pues significaba albergar esa imagen del Niño Dios en casa durante todo un año, convertir su hogar en un lugar sagrado.

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La madre de la señora Carmen murió antes de poder presenciar el día en que el Niñopa le fue entregado a su hija en una gran ceremonia religiosa frente a la Iglesia de San Bernardino de Siena.

Después, una comparsa de chinelos danzando con sus coloridas vestimentas recorrió en procesión las calles de Xochimilco mientras la señora Carmen caminaba sujetando por fin entre sus manos al pequeño Niñopa, envuelto en una delicada cobija blanca.

Cuando llegaron a su casa sirvió el mayor de los banquetes que se recuerde un 2 de febrero. Allí estaba todo el pueblo, desde la chismosa de la señora Guadalupe hasta el acaudalado licenciado Hernández. Todos alabaron el altar rodeado de arreglos florales y velas que había alzado sobre la pared principal de la sala, donde colocaron con sumo cuidado al Niñopa.

Los ahorros de toda una vida fueron dedicados al gran convite, que se prolongó hasta bien entrada la tarde, cuando los últimos invitados se fueron, dejando tras de sí de nuevo la calma en la casa.

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Debían ser las tres o cuatro de la mañana cuando un sonido seco despertó bruscamente a la señora Carmen de su placentero sueño. Su marido, inmóvil, seguía dormido. Alcanzó las gafas de la mesilla y se puso la bata para salir a la sala a paso lento, tocando con sus manos el mobiliario que iba encontrando a su paso para no tropezar.

Cuando hubo llegado al altar del Niñopa, un grito ronco salió de su pecho. La escultura, descabezada, yacía en el suelo. Temblorosa, se arrodilló sobre el piso frío y agarró sollozando el cuerpo decapitado del Niño Dios.

Unos centímetros más allá, los ojos cafés sobre mofletes rosados de la cabeza la miraban insistentes.

Se asomó al hueco de la garganta que dejó la cabeza perdida y alcanzó a ver una figura de piedra con aspecto prehispánico escondida en el interior del cuerpo tallado de madera.

Echó a correr al cajón donde su marido guardaba la caja de herramientas y agarró un grueso martillo. Regresó a los pies del altar y golpeó con fuerza el cuerpecito de madera centenaria del Niñopa, hasta dejar al descubierto un elaborado dios xochimilca.

Elevó con sus dos manos la escultura de piedra que, con la ayuda de la luz de la luna llena que entraba por la ventana, colocó con cuidado en el altar. Después barrió los restos de Niñopa que habían quedado tirados en el suelo y regresó a la cama, donde volvió a sumirse en un profundo sueño.

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*para saber más sobre la festividad en torno a Niñopa, dirígete a esta página.

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