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Límulus

D.Fábula Patrick Miller

Texto por Teresa de Miguel Escribano*

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Fotografías de Francisco Gómez**

Probablemente aquella tarde pisó a fondo el acelerador del pesero en el tramo final de la ruta, hizo volar aún más alto a los pasajeros de aquel destartalado camión al que le faltaban dos asientos y la puerta trasera.

Es posible que no pusiera ni el freno de mano al aparcar el micro entrada ya la noche en el bullicioso Tepito, que ni siquiera saludara a sus carnales en la cantina de la esquina, que fuera directo a casa empujando a viandantes y saltándose semáforos en su camino.

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Puede que una vez cerrada la puerta de su diminuto departamento en la calle Mecánicos, respirara tranquilo y esbozara una sonrisa, que a lo mejor dio paso rápidamente a la cara de concentración de un cirujano.

Los pants, recién lavados, ya los habría dejado estirados sobre la cama, y los tenis de chillones colores los habría limpiado con la precisión de un boleador la noche anterior. Después solamente gomina para asegurarse de que el pelo no le molestara esa noche sobre la cara, solamente desodorante para paliar el sudor del que sería un largo viernes.

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Al entrar al metro Garibaldi puede que sonara de fondo el estruendo de cien grupos de mariachis afinando guitarrones y violines para deleitar a turistas y corazones rotos, pero a lo mejor no le importaba demasiado el folclor mexicano.

Probablemente nadie lo miró en su trayecto desde el metro Cuauhtémoc hasta la calle Mérida por las oscuras calles de la colonia Roma, que estuviera a punto de caer al suelo tras tropezar con una acera levantada por las gruesas raíces de una Jacaranda: que aun así tampoco nadie lo mirara.

Pero en la puerta de la discoteca fue diferente. Allí entró con paso firme sin pagar cover ni ser registrado, saludó al gorila de la entrada con abrazo y dos palmadas en la espalda y tras recorrer un angosto pasillo, se abrió ante él esa gigantesca nave de baile. Rápidamente un grupo de habituales lo detectó y lo llevó al mayor de esos círculos que se forman para que los mejores bailarines se luzcan ante el público.

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Cuando llegó había un tipo con máscara de gas, largas rastas y altas botas de plataforma haciendo movimientos mecánicos al son de la música electrónica en el centro del círculo, pero en cuanto sus ojos se encontraron, dejó de bailar y se retiró para dar paso al maestro.

Las luces de láser y las bolas de discoteca lo iluminaban mientras saltaba, se abría de piernas y daba volteretas en el aire, entre los gritos de éxtasis de la gente que derramaba cerveza barata y mezcal entre los aplausos. Cuando algún borracho intentaba entrar a bailar a su círculo, lo expulsaban como si fuera una rata, porque nadie le llega a los pies a él. Él, que allí se deja de llamar Juan Pérez. Él, que allí es conocido como Patrick, Patrick Miller.

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*Periodista española con más de cinco años de experiencia en agencias de noticias, periódicos, radio y televisión. Actualmente es videoperiodista de Associated Press en México D.F. Antes fue corresponsal de la Agencia Efe durante tres años en Nueva York.

**Nació en Arandas, Jalisco, en 1984. Se tituló como diseñador industrial pero su verdadera pasión se encuentra en la fotografía. Tuvo su primera cámara a los 10 años (la cual le fue robada a los 20) y desde entonces ha estado coleccionando imágenes.

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