Límulus

Del cerebro al lenguaje


Texto de Fernanda Pérez-Gay Juárez

“¡Palabras! ¡Simples palabras! ¡Qué terribles son!
¡Qué claras y vivas y crueles! ¡Quién puede escapar de ellas!
Y, sin embargo, qué magia sutil hay en ellas. Parecen
capaces de dar forma plástica a cosas informes
y tener una música propia tan dulce
como la del violín o la del laúd. ¡Simples palabras!
Pero, ¿hay algo tan real como las palabras?”

-O. Wilde, El retrato de Dorian Gray.

Del cerebro al lenguaje y de regreso.

Empecemos por hablar del cerebro. Un órgano que pesa alrededor de 1.5 kg y está formado por varios tipos distintos de células, entre ellas, una que es capaz de transmitir impulsos eléctricos a sus vecinas: La neurona. Nos han dibujado la neurona en forma de estrella con un rayo –llamado axón– que sale entre sus picos –llamados dendritas. Una neurona es capaz de generar cambios de potencial eléctrico y transmitirlos a través de su axón, una especie de cable que se conectará con otras neuronas. La longitud de los axones –estas prolongaciones celulares– permite que los impulsos nerviosos recorran incluso largas distancias.

Cuando hablamos de “conexiones”, hablamos en realidad de sinapsis.
Una sinapsis es el espacio de contacto entre neuronas, donde el impulso nervioso de la neurona 1 generará liberación de pequeñísimas moléculas llamadas neurotransmisores, que generarán cambios en la neurona 2.

Tratemos de imaginar estas cifras astronómicas: Nuestro cerebro contiene 100 mil millones de neuronas, y cada una de ellas puede conectarse con alrededor de 10,000 neuronas más. Estas conexiones entre neuronas forman circuitos. Un circuito neural es una serie de neuronas que, a fuerza de estar constantemente comunicándose, generará actividad al mismo tiempo y llevará a cabo una función.

Movámonos ahora hacia el territorio del lenguaje: Un sistema de símbolos que ha servido a los seres humanos como vehículo para comunicarse con el mundo que los rodea. Cada idioma es un código compartido que modela nuestra identidad y, en circunstancias normales, ocupa nuestro pensamiento consciente casi por entero. El lenguaje es una prótesis que nos permite expresar la información que procesamos, tendiendo así un puente entre nuestra mente y lo que está fuera de ella. Es, además, una de las habilidades exclusivas del ser humano, lo cual contrasta con el hecho de que tenga las mismas células cerebrales y los mismos mecanismos de sinapsis que otros animales.

El filósofo Wittgenstein afirmó que “los límites del lenguaje son los límites del pensamiento”. Sin embargo, no todo pensamiento está hecho de lenguaje. Las emociones, la imaginación, y las representaciones espaciales del mundo que nos rodea son ejemplos de pensamiento que no está construido por palabras. Existen también conceptos e impresiones pre-verbales que alcanzan nuestro pensamiento consciente. Y, por la otra parte, el lenguaje de nuestro pensamiento verbal no es forzosamente el mismo que el lenguaje hablado. Jerry Fodor se refería a este monólogo mental continuo como language of thought o lenguaje del pensamiento, utilizando el ingenioso término “mentalés” para referirse al lenguaje interior o no comunicado.

Hoy en día casi todos los pensadores de distintas disciplinas aceptan que la mente es una función del cerebro. Pero, dentro de esta afirmación, surgen preguntas que no son tan sencillas de responder. Cuando intentamos abordar el lenguaje desde la neurociencia, nos enfrentamos a algunas de ellas: ¿cómo es que los miles de células nerviosas que conforman nuestra corteza cerebral engendran la actividad eléctrica que da origen al lenguaje? ¿Qué conexiones son necesarias, qué circuitos tienen que formarse para que esta propiedad intrínsecamente humana pueda desarrollarse? ¿Qué sabemos sobre lo que pasa en nuestro cerebro cuando se habla, cuando se escribe, cuando se escucha o cuando se lee? ¿Qué partes o sistemas de nuestro cerebro participan en el procesamiento del lenguaje?

Regresemos a la anatomía cerebral. El cerebro se divide en dos hemisferios, cada uno de los cuales contiene cinco lóbulos: el frontal, el parietal, el occipital, el temporal y, en la profundidad de la unión del lóbulo frontal y el temporal, el lóbulo de la ínsula. En la corteza cerebral de estos lóbulos, millones de cuerpos de neuronas, organizadas en seis capas, se pliegan para dar origen a los giros y a los surcos donde la mayoría de las funciones cognitivas tienen asiento.

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Dibujo de Alex Konahin

Broca, Wernicke, las afasias y el primer modelo neural del lenguaje

El primero en encontrar evidencia que relacionara el lenguaje con una zona específica de la corteza cerebral fue Pierre Paul Broca, antropólogo y neurólogo francés que en 1861 atendió a un paciente que sufría de epilepsia y padecía de afasia, es decir, había perdido la capacidad para emitir lenguaje coherente. Comprendía cuando se le hablaba; podía decir palabras aisladas, silbar e incluso cantar. Sus cuerdas vocales y su aparato fonador estaban intactos. Sin embargo, este paciente no podía generar frases estructuradas gramaticalmente ni expresar ideas por escrito. Cuando el paciente murió, su cerebro fue donado a la Sociedad de Antropología y, al examen post-mortem, Paul Broca encontró una lesión en la parte posterior del lóbulo frontal izquierdo. Tras estudiar ocho nuevos casos de pacientes con problemas clínicos similares, encontró en el estudio post mortem que todos tenían lesiones en esta área cerebral, siempre del lado izquierdo. Tras estos descubrimientos anunció, en 1864: “Nous parlons avec l’hemisphère gauche!” (¡Hablamos con el hemisferio izquierdo!).

Esto fue sólo el inicio. El descubrimiento de Paul Broca de un primer asentamiento cerebral del lenguaje dejaba aún muchas preguntas por responder. Doce años más adelante fue Karl Wernicke, a sus 26 años, quien hizo la siguiente aportación. Wernicke se encontró en su trabajo clínico con pacientes que padecían de un tipo distinto de afasia. A pesar de articular palabras completas, los sujetos estudiados por Wernicke no comprendían cuando se les hablaba y emitían oraciones sin sentido lógico. Tras estudiar sus cerebros post mortem, Wernicke encontró que la zona del daño en estos casos era distinta: se encontraba en la parte posterior del lóbulo temporal, en la zona en que éste se une con los lóbulos parietal y occipital.

Basado en estos descubrimientos, Wernicke postuló la existencia de una segunda área del lenguaje –especializada en la comprensión y no en la producción como el área de broca– que estaba también en el hemisferio izquierdo. Este conocimiento le sirvió de base para generar el primer modelo neural del lenguaje, que involucraba dos sistemas separados actuando de forma paralela: un sistema sensorial del lenguaje –para percibirlo y comprenderlo– situado en el área previamente descrita del lóbulo temporal, y un sistema motor del lenguaje –para generarlo y emitirlo- que tendría su asiento en el área de Broca. Wernicke propuso que ambas áreas estaban conectadas por el llamado fascículo arcuato, un grupo de axones que van de las neuronas de un área a las neuronas de la otra.

En la actualidad sabemos que, convenientemente, el área de Wernicke está rodeada en el cerebro por áreas destinadas a la audición y que el área  de Broca está rodeada de las áreas cerebrales que controlan el movimiento de los músculos que hacen posible la fonación. Pero eso lo sabríamos hasta después. Sin conocer estos detalles, el modelo de Wernicke ya proveía una muy buena explicación de cómo pasábamos de ver o escuchar una palabra a asociarla con su significado y también a emitir nuevas palabras o frases a través de la comunicación oral y escrita.

En 1960, Norrman Geschwind utilizó el conocimiento reciente sobre otras áreas del cerebro –ausente en la época de Wernicke y esbozó el siguiente modelo, conocido como modelo de Wernicke-Geschwind y, en gran parte, vigente hasta hoy:

Los primeros pasos para procesar el lenguaje suceden en áreas del cerebro destinadas a la audición –cuando se escucha a alguien hablar–, o bien a la visión –cuando se lee–. Hoy sabemos que estas áreas se encuentran en el lóbulo temporal y occipital, respectivamente. Aquí se identifica aquello que vemos o escuchamos como una palabra, y se genera una primera imagen mental. Esta imagen mental irá después a un área del cerebro conocida como giro angular, que se encuentra cerca de la unión de lóbulos parietal, temporal y occipital. Esta área transforma los estímulos visuales y auditivos en un código neuronal que irá después al área de Wernicke para ser decodificado. Así, el contenido del lenguaje es reconocido por el cerebro y relacionado con el significado, que está almacenado en la memoria del sujeto en cuestión. De forma paralela, la información se dirigirá también al área de Broca, cuyas neuronas contienen no sólo una serie de reglas gramáticas sino de patrones para generar una representación motora–es decir, de los movimientos necesarios para llevar a cabo las palabras con las que se responderá al estímulo inicial.

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Dibujo de Mateo Pizarro

Lenguaje y novedades

El modelo de Wernicke-Geshwind es de una solidez tan asombrosa que es a partir de él que la neurociencia ha continuado investigando este fenómeno humano a través de los decenios. Sin embargo, con el advenimiento de las técnicas de neuroimagen, que nos permiten observar correlatos de la actividad cerebral mientras un sujeto realiza una tarea, hemos generado una visión un poco más compleja de las cosas.

Al día de hoy sabemos que las habilidades lingüísticas de los humanos no se encuentran exclusivamente en uno o dos centros cerebrales. En realidad, existen múltiples sistemas cerebrales, relativamente segregados, que cooperan en el procesamiento y emisión del lenguaje. Estos sistemas están localizados principalmente en los lóbulos frontal y temporal.

Uno de los hechos más notables es el descubrimiento de que el lenguaje no es una función exclusiva del hemisferio izquierdo. Es claro que el procesamiento del lenguaje depende en gran función del hemisferio izquierdo. Independientemente de si somos zurdos o diestros, hoy se sabe que más de 95% de los seres humanos utilizan el hemisferio izquierdo para la gramática, el léxico, el ensamblaje fonético y la producción del lenguaje. Pero la historia no termina allí. Algunos estudios han mostrado que las áreas que en el hemisferio izquierdo están destinadas a procesar el contenido y significado del lenguaje, en el hemisferio derecho se encargan de procesar todo aquello que acompaña al lenguaje y que no está codificado en las palabras, por ejemplo la prosodia, que es el tono de voz que se imprime al lenguaje, cambiando su intención. Los cambios emocionales en el tono de la voz generan cambios de actividad en el hemisferio derecho, tanto en el lóbulo frontal como en el temporal.

Las investigaciones más recientes también han elaborado al respecto del área de Wernicke como parte de un sistema extenso que asocia los sonidos con conceptos. Por ello, aún conservando la audición intacta, los pacientes con lesiones en esta área cerebral son incapaces de comprender lo que se les dice. El sistema cerebral para asociar significados en el llamado “procesamiento semántico” del lenguaje es intrincado, implica diversas áreas y aún con los más recientes avances tecnológicos es difícil de abordar, pero sabemos que tiene que ver con los circuitos de memoria de cada individuo, es decir, lo que hemos aprendido a través de la experiencia.

Sin dejarnos engañar por la complejidad que implican los estudios que han dado origen a lo que sabemos hoy de cómo nuestro cerebro procesa y genera lenguaje, hay que aceptar que aún estamos lejos de saber cómo una serie de células que conducen electricidad engendran un sistema simbólico de significados que nos permite expandirnos más allá de nuestra propia mente. Y, aunque la neurociencia es una disciplina ardua, a veces, mirando las líneas que generan las ondas cerebrales en una pantalla o los números que resultan de cálculos que intentan medir las zonas de la corteza cerebral que están más activas en una u otra condición, nos puede dar por pensar que todo eso es estéril comparado con la belleza de dos palabras que embonan de manera inexplicablemente hermosa y generan en nosotros una reacción. Pero, considerando que todo ello emanó de la actividad de esa masa de células que tenemos dentro del cráneo, ¿no es acaso fascinante adentrarse en el cómo y el por qué?

 



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