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Límulus

¡Desbordamos, desbordamos! Variaciones sobre la idea de libertad

Texto y fotografías de Ximena Pérez-Grovas

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El día de hoy estoy convencida de que todos los indios me odian, y para no sobresalir más de lo que ya lo hago al tener una piel que se les presenta como incomprensiblemente blanca, he decidido yo odiarlos a ellos también.

Me subo al camión ya muy lista para comenzar esta guerra que ellos empezaron con sus miradas e instantáneamente una señora me desarma. Con enérgicos ademanes y una sonrisa que devela emoción, me señala que me siente con ella. Acepto con gusto, esta mujer es una aliada  y cualquier aliado en una tierra extraña es bien recibido. Al final me digo a mí misma: “está bien, me rindo, no todos los indios me odian”, mientras me siento junto a esta mujer que me llena de sonrisas y abrazos.

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Pero pasa la emoción y no nos queda nada que decirnos la una a la otra. Claramente yo no hablo tamil, la lengua local y parece ser que ella tampoco habla inglés. Pronto vuelve a sus actividades normales y empieza a platicar con una señora sentada a algunos asientos de distancia. Entre los silencios ambas me miran cuidadosamente, analizan cada detalle de mí y pronto sus ojos se posan en mi mochila. No me cuesta mucho trabajo saber en qué piensan, he visto esa mirada ya mil veces en mi corto tiempo en India.

Miro a la señora de mi lado, a mi aliada, como queriendo decir, como queriendo gritar para que todos en el autobús (y de paso en India, de ser posible) me oigan: “Nunca fue mi intención tener más que ustedes”, “Ninguna de estas cosas la compré para crear una separación entre usted  yo, simplemente las necesitaba…”.

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Pero el malestar ya está ahí, y la sospecha de que lo que digo no es absolutamente cierto no se va. De cierta forma yo sabía que esos objetos servirían para diferenciarme de los demás y, definitivamente, por más que me diga que todos esos objetos son cosas que necesito, ninguno es fundamental para la continuidad de mi supervivencia.

Aquel momento y sus reflexiones se vienen a juntar con otras que ya habían cruzado mi cabeza en días anteriores al ver el estilo de vida de los niños que viven en el orfanato donde he estado trabajando. Una de las voluntarias me dice enojada: “Estos niños no tienen nada, sus necesidades básicas son cubiertas y nada más”. A mí por el contrario el pensamiento que me viene a la mente es: “Nosotros tenemos demasiado”, “¡Desbordamos, desbordamos!”. Y sin duda alguna no estoy diciendo que estos niños no merecen o deberían tener un poco más, pero en el poco tiempo que llevo aquí me han enseñado ya que es posible vivir con lo mínimo, porque si estos pequeños individuos tienen alguna clase de carencia no es ninguna de tipo material.

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Todos los días reciben los mismos alimentos en las tres comidas del día, arroz blanco y chutney. Y probablemente lo esté endulzando todo, yo, que no entiendo el ochenta por ciento de las cosas que pasan a mi alrededor día a día, pero lo que veo es que comen esos platillos sin pedir más, que en sus ratos libres después de la escuela van a caminar por el terreno que rodea el orfanato y colectan diminutos y verdes mangos (mismos que sin duda alguna nosotros encontraríamos incomestibles) y los consumen con gusto, porque para ellos representan uno de los pocos sabores ajenos a su rutinaria dieta.

Otro día, hablando con otro de los voluntarios quien es mitad indio mitad gringo, me platicaba acerca de una ley que en NY prohíbe que se vendan refrescos XL en los establecimientos de comida rápida. Me dijo: “Los americanos están obsesionados con la idea de libertad, aún si eso significa acabar con diabetes por tener la posibilidad de diario ir al McDonald’s a tomar un litro de refresco”.

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La realidad es que todos estamos obsesionados con esa idea de libertad, que es la menos libre de todas, porque nos ata a las ideas y a las cosas.

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Probablemente muchos de ustedes ya estén pensando: “Típico, se va un mes a la India y regresa hecha un hippie pensando que puede cambiar al mundo”, o cosas como: “Cuál es el problema con esta gente, ¿acaso quieren que renunciemos a los derechos y comodidades por las que las generaciones pasadas lucharon tanto? ¿Qué quiere, que vivamos una vida de pobres sólo porque vio un poco de pobreza en la India?

Creo que lo que yo realmente quisiera es que nos pudiéramos dar cuenta de cómo este estilo de vida que se ha vuelto tan importante mantener nos está condicionando de tantas maneras y contribuye a conservar esa diferencia de clases de una forma que resulta muy difícil de percibir hasta para los que nos consideramos “altruistas” y con conciencia social.

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Para mí es muy claro cada vez que salgo rumbo a la estación de trenes con mi maletón, mochila y cangurera cubriendo mi cuerpo, y veo las miradas de la gente que básicamente se traducen en: “Mira, ahí va la extranjera rica”. Y yo me enojo. Me enojo porque a mis ojos yo no soy rica y no quiero contribuir a esa manera fragmentaria de entendernos a los humanos, pero la realidad es que sin quererlo, sin darme cuenta llevo toda la vida sosteniendo y apoyando esta división al vivir una vida de consumismo sin conciencia, sólo porque hasta hace poco siempre me había parecido relativamente fácil comprar lo que fuera, ya fuese un ipod, un pie del McDonald’s o unos jeans.

Termino de escribir esta reflexión cinco meses después, una vez que México y mis antiguos patrones de consumo han terminado por reapropiarse de mí casi por completo, sin embargo recuerdo mi sorpresa al entrar a mi casa y ver la cocina. Me pareció nunca haber visto una cocina tan próspera en toda la vida, si bien, en realidad, toda mi vida había transcurrido en dicha prosperidad.

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A veces nos gusta pensar que van a existir eventos que cambiarán nuestra vida, pero ahora entiendo dichos eventos como pequeñas ventanas a través de las cuales logramos percibir otra realidad; a veces dichas ventanas se cierran violentamente al pasar una corriente de aire, otras veces ni siquiera estaba abiertas aún, sino sólo lo suficientemente limpias para dejar pasar la luz.

Para mí lo más difícil son las noches, cuando el sol ya no ilumina el exterior y la ventana se convierte en nada más que un reflejo del interior de mi mundo y me lleva a pensar, engañosamente, que lo que hay allá fuera es tal y como lo que yo veo aquí dentro. Son momentos que hacen peligrar el entendimiento ganado, a la vez lo pienso de nuevo y tal vez son los momentos que le pueden dar significado a todas estas nuevas ideas; si esta ventana no muestra más que un reflejo, eso significa que la única verdadera forma de transformar la vista del exterior es cambiando en interior.

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