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Límulus

Dolores
evolutivos

Texto por Alejandra Ortiz Medrano

Fotografías de Toumani Camara 

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Como los trazos del tiempo en las montañas, que lentamente y día a día van erosionando y así formando el paisaje, la evolución moldea a los seres vivos: su estructura, su comportamiento, sus genes. En nosotros, los seres humanos, nuestros cuerpos son paisajes llenos de baches; dolores y malestares son marcas que nos recuerdan que la evolución ha hecho de nosotros lo que somos ahora: la imperfección en dos patas.

Espaldas estresadas

Orgullosamente nos jactamos de ser el único primate completamente bipedal. La postura erguida permitió a los ancestros de la especie humana liberar las extremidades superiores –los brazos– del desplazamiento. Millones de años después, esto nos permite una gran cantidad de ociosidades, pero cuando esta novedad evolutiva apareció, ofreció la gran ventaja de utilizar estas extremidades para desarrollar herramientas y transportar alimentos a través de grandes distancias.

El paso de ser paralelos a ser perpendiculares al suelo, además de ventajas, trajo consigo una serie de problemas únicos al ser humano: escoliosis, hernias de disco, fractura espontánea de vértebras, entre otros malestares de espalda. Éstos han sido identificados incluso en fósiles de especies ancestrales, como en Lucy, de 3 millones de años de antigüedad.

La causa de que caminar erguidos nos provoque dichos problemas es la curvatura de la espina dorsal, necesaria para que los pequeños huesos de las vértebras puedan equilibrar al torso y sostener nuestra cabeza, que pesa aproximadamente cinco kilos. La espina curva de los seres humanos es única en el mundo animal, así como las consecuencias dolorosas que conlleva. Debido al peso que sostiene, su forma de “S” y el constante balanceo de brazos en sentido contrario de las piernas, la presión que soportan las vértebras se estresa fácilmente, lo que ocasiona las condiciones antes mencionadas y, más comúnmente, dolores de espalda.

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Estos dolores no son los únicos que ha traído nuestra gran cabeza. Miles de personas visitan día con día al dentista por otra de nuestras molestas huellas evolutivas.

Muelas del juicio

Aunque no tienen que ver con la sabiduría, el juicio, ni la inteligencia de a quien le salen, los terceros molares y sus complicaciones sí tienen que ver con la evolución de una cabeza de gran tamaño en los seres humanos que, se podría argumentar, provocó algo de juicio a nuestra especie, aunque eso es muy cuestionable.

La encefalización, como la postura erguida, es otra de las características particulares de la especie humana. Nuestra cabeza es proporcionalmente mucho mayor que la de cualquier mamífero. Comparada con la del chimpancé (nuestra especie evolutivamente más cercana) la cabeza humana es tres veces más grande. La capacidad craneal y lo que hay ahí dentro, el cerebro, permitió que nuestros ancestros desarrollaran sofisticadas habilidades que les ayudaron a sobrevivir y colonizar prácticamente todo el mundo.

Pero evolucionar esa cabeza tuvo un precio. En todos los primates, los músculos de la mandíbula están sujetos a las crestas craneales; mientras haya más superficie de agarre, las mandíbulas pueden ser más fuertes. El cráneo humano perdió casi por completo estas crestas, con lo que se liberó la presión que existía para aumentar el volumen donde se aloja el cerebro, pero al mismo tiempo redujo el tamaño de la mandíbula. La reducción, actualmente, nos cuesta visitas al dentista, pues produce una falta de espacio para la salida de los terceros molares.

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Pies colapsados

La vida en los árboles requería de extremidades ágiles y prensiles, como las manos y pies de los simios. Al dejar la vida en las ramas, el pie del linaje humano se remodeló de forma que ayudara al balance y soporte que requiere caminar verticalmente. Pero, como en todo, la evolución trabajó con el material que ya existía.

El pie humano se compone de 26 huesos móviles, muchos más de los que un buen ingeniero consideraría necesarios para una estructura rígida cuya función es el soporte. Esta herencia de nuestro pasado arbóreo no sólo resulta obsoleta, sino molesta y dolorosa. Aunque los huesos del pie han perdido la mayor parte de su capacidad de movimiento, siguen ahí y siguen siendo lo suficientemente móviles como para colapsar y provocar una serie de malestares propios de los humanos: tobillos torcidos y rotos, inflamación de la planta del pie y tendinitis.

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¿Cuerpos perfectos?

De haber sabido, la evolución habría creado pies con menos huesos, espinas dorsales más gruesas y desaparecido por completo las muelas del juicio. Podría también habernos hecho menos susceptibles a las enfermedades, dotarnos de un par de alas y visión nocturna. El problema radica en que la evolución trabaja con el material ya existente, que es, en su mayoría, rasgos que arrastramos de nuestros ancestros, así resulten molestos, incómodos e inútiles. La única certeza que podríamos tener respecto al futuro del ser humano, es que seguiremos estando tan lejos de la perfección como ahora.

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