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Límulus

Donde Europa llega a su fin

Texto por Misha Davidoff

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Vista del Capitaine Paul-Lemerle en tiempos de Vichy. Société générale des transports maritimes d’Alain Croce, éditions MDV.

El 24 de marzo de 1941 partió el Captaine Paul-Lemerle de los muelles de Marsella. Destinado a Martinica, este barco transportó a unos trecientos cincuenta refugiados huyendo las llamas que consumían a Europa. Entre los pasajeros figuraba una lista impresionante de celebridades. La gran novelista alemana, Anna Seghers, por ejemplo, huía de su país a México por su descendencia judía como por sus convicciones comunistas. Claude Lévi-Strauss igual viajaba por razones similares, él hacia Estados Unidos. El etnólogo, recordando su viaje en algunas páginas de Tristes Trópicos, nos retrata a André Breton, otro pasajero a bordo, incómodo y vestido de peluche, cual oso azul, deambulando miserablemente sobre la cubierta. También cuenta la extraña impresión que producía el revolucionario Victor Serge: intimidante por codearse con figuras como Lenin y Trotsky y a la vez curiosamente frágil, asexuado, como monje budista o una “solterona con principios.” Entre otros, viajaban el hijo pintor de Serge, Vlady, y la côterie surrealista de Breton que incluía a Wilfredo Lam, André Masson y Jacqueline Lamba. Incidentalmente, fue en el mismo barco que un joven de diecinueve años, mi abuelo, Jacques Davidoff, junto con su hermano León y sus padres Grisha y Manya, cruzó el Atlántico.

Había pasado casi un año desde que Francia firmara el armisticio con el tercer Reich y era sólo una cuestión de tiempo para que los Nazis extendieran su furor persecutorio al sur del río Loira, donde la Francia “libre” de Vichy conservaba una reducida autonomía política. Durante un corto periodo, pues, se desencadenó un verdadero torrente migratorio hacia el sur de Francia, cuya intensidad recrudecía por la expectativa general que los alemanes se acercaban. Toda suerte de indeseables, judíos, republicanos españoles, comunistas y artistas e intelectuales tachados de subversivos erraban apresuradamente por la Francia de Vichy en busca de visas, permisos de tránsito y boletos de salida. “Cada uno de nosotros,” escribe Anna Seghers, “tenía su propio motivo particularmente convincente para no caer en manos alemanas.”

Ya para 1941 los pasajes transatlánticos eran pocos y la obtención de papeles de tránsito para salir del país se había vuelto muy difícil. Algunos, como Serge y Seghers, conseguían visas gracias a camaradas comunistas; otros, como Breton, Masson y Lévi-Strauss aprovechaban de la ayuda de universidades y de organizaciones como el Emergency Rescue Committee. De los que no eran conocidos por sus logros intelectuales o artísticos, algunos recurrían a familiares que ya se habían instalado en el continente americano. Así fue el caso de los Davidoff, quienes consiguieron visa mexicana por un hermano de Manya, el “aventurero” tío Alberto, oveja negra que llevaba varios años viviendo en México.

Alberto Kosowski era mujeriego, jugador y aficionado del box—predilecciones que no armonizaban exactamente con las costumbres de su familia. Su padre Oscar era un hombre religioso y respetado miembro de la comunidad judía de Grodno. El chocante modo de vida de su hijo no le dejaba otro remedio que mandarlo lo más lejos que fuera posible, del otro lado del Atlántico, a vérselas por sí mismo en tierras más adecuadas a sus excéntricos gustos. En los treinta era fácil conseguir los papeles para salir de Europa; la única cuestión consistía en proporcionarse el boleto. Oscar no podía saber las consecuencias que iba a tener el exilio de su hijo pródigo.

Alrededor de una década más tarde, estaban los Davidoff Kosowski en Marsella, con visa mexicana en mano gracias a Alberto. En esos tiempos la ciudad zumbaba de rumores y chismes acerca de barcos que habían de partir, de boletos aún disponibles y de imprevistas cancelaciones; de documentos de salida requeridos; de países que abrían o cerraban sus puertas. Un “ancestral chisme de puerto,” lo llama Seghers,

que nunca ha callado desde que ha habido un mar mediterráneo; chisme fenicio y cotorreo cretense, griego, romano. Nunca se habían agotado los chismosos, ansiando por su plaza de barco y por su dinero, fugándose de todos los terrores reales e imaginados del mundo. Madres que habían perdido a sus hijos, hijos que habían perdido a sus madres. Restos de ejércitos destrozados, esclavos fugados, tropeles humanos perseguidos que llegaban al mar, dónde se arrojaban a bordo de naves para descubrir nuevos países de donde serían nuevamente perseguidos. Todos siempre huyendo de la muerte hacia la muerte. Siempre aquí debían poner el ancla los barcos, precisamente en este lugar, pues aquí llegaba Europa a su fin y aquí comenzaba el mar.

Donde Europa llegaba (y sigue llegando) a su fin—donde las estructuras estables que rigen el mundo siempre llegan a desparramarse en un tumulto babélico de transeúntes entre patrias, continentes y épocas—ahí se cruzaron las historias de Wilfredo y de Manya, las de Anna y de Jacqueline, al embarcar el Paul-Lemerle.

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Vista del Capitaine Paul-Lemerle, un barco de carga convertido que zarpó de Marsella a Martinica con refugiados europeos patrocinados por el Centro Americano de Rescate Varian Fry. Museo del Holocausto, Washington, EUA.

La duración del trayecto fue considerablemente alargada por las frecuentes paradas en puertos a lo largo de las costas maghrebinas y atlánticas. La tripulación no parece haber compartido con los pasajeros la razón de los contratiempos. De todos los testimonios de las celebridades a bordo, sólo el de Lévi-Strauss ofrece una explicación—y esto de manera abiertamente especulativa. El etnólogo supone que la nave debe haber estado cargada de algún tipo de “equipamiento clandestino,” ya que tanta parada, según se decía, era para evitar las inspecciones de la flota inglesa. La especulación de Lévi-Strauss es un intento de dar sentido a una situación paradójica: ¿Por qué tendría que esconderse de los ingleses un transporte de refugiados huyendo, justamente, de los enemigos de los ingleses? Y ahora que lo mencionamos ¿por qué dejarían los colaboradores de Vichy escapar a los enemigos de sus amos?

Sorprendentemente, mi tía Ruti parece entender mucho mejor que el famoso académico lo que ocurría. Ella fue la esposa de León, quien tenía quince años cuando viajaba el Paul-Lemerle. Basado en lo que mi tío debe haberle contado sobre su travesía, Ruti explica que el misterioso contrabando que transportaba el Paul-Lemerle era un cargamento de minas magnéticas que los alemanes planeaban sembrar en las aguas del Mediterráneo y del Atlántico. Es más, según contaba León, se podía vislumbrar “la puntita” del submarino germánico escoltando el cargamento de minas explosivas. Fantástica, infinitésima y posiblemente (¡ojalá!) verídica pieza del rompecabezas histórico—se la debemos a León y Ruti. En mayo del 41, se cerraron las fronteras de Vichy, lo que varó la salida legal a todo emigrante. El Paul-Lemerle fue el último transporte al Caribe autorizado por un gobierno cada vez más controlado por los Nazis. Según Ruti, la única razón que pudo salir el Paul-Lemerle fueron aquellas minas alemanas, para cuya protección los refugiados servían de “escudos humanos.”

Tal expresión evoca el lenguaje de Victor Serge cuando éste llama el barco un “campo de concentración flotante,” aunque sin decirnos mucho más al respecto. Las descripciones de Lévi-Strauss dan contenido a las breves observaciones de su admirado compañero de viaje. El barco no estaba equipado más que con dos camarotes, en conjunto capaces de alojar a apenas siete privilegiados de los trecientos cincuenta pasajeros. La bodega de la nave tuvo que ser tapizada de colchones estrechamente dispuestos para albergar a todos los demás. Según Lévi-Strauss, fueron sin embargo las condiciones higiénicas las que más hicieron sufrir a los pasajeros:

Dispuestas simétricamente a lo largo de los rieles, a babor para los hombres y a estribor para las mujeres, la tripulación había construido dos pares de chozas de tabla, sin aire ni luz; una contenía algunas regaderas que sólo abastecían por las mañanas; la otra, apenas amueblada de un largo canal de madera burdamente cubierto de zinc, servía al uso que uno se imagina.

El etnólogo recuerda casi burlonamente a los “delicados” que “repugnaban el acuclillamiento colectivo,” y se ríe del hecho que en vez de “¡tierra! ¡tierra!” se oía el grito general “¡un baño, finalmente un baño!” cuando aparecía una isla en el horizonte. Ciertamente hay algo ridículo en el choque entre las quisquillosas costumbres de los pasajeros y la rústicas comodidades del barco. Sin embargo, Lévi-Strauss no falla en reconocer un tono “discreto y patético” en aquel anhelo higiénico; pues es como si éste delatara una dignidad humana herida que aún se reúsa a resignarse y, por lo tanto, una gran fuerza a pesar del sufrimiento.

Para los refugiados en el Paul-Lemerle, pese a las indignidades de la sobrepoblación, no se había perdido la visión de la vida que aún los esperaba. Justamente era este prospecto el que habían ganado al abordar el barco. Si bien eran internos de un campo flotante y si bien aún tendrían que permanecer meses en el campo martiniqués le Lazaret en Pointe du Bout, esta condición era meramente provisional. En principio ya eran personas libres, cada una contemplando diferentemente el porvenir ante ellos.

Después de cerca de un mes de viaje, el 20 de abril, se asomaban los pasajeros sobre la aparición del Caribe entre las olas. No todos lo vivieron igual. Algunos, como Serge, no se iban “más que para regresar” y nunca contemplaron los “insospechados paisajes” occidentales como un refugio definitivo, aunque, justamente como él, ahí debieran de morir. Ellos no quitaban los ojos del viejo continente, que, en plena conflagración, aún era la sede de una lucha internacionalista que continuaba y en que aún se veían como participantes activos. Al lado de los cuarenta “camaradas” que contaba a bordo, Serge sentía un deseo de lucha y una confianza de la victoria por venir que crecían conforme se alejaban las costas europeas.

Otros, que debieron ser la mayoría, tenían la mirada fijada en los fantásticos horizontes que se abrían ante ellos. Breton describe a “aquellos que no dejaban de husmear esa punta de verdor, aún a lo lejos.” Me los imagino, viendo a través de binoculares que “colmaban la distancia entre la percepción común y el sueño del poeta,” ya saboreando la vida suculenta y suntuosa que les prometía el esplendor selvático. No dudo que Jacques y León hayan sido de aquellos. Jóvenes y dispuestos a dejar las indignidades vividas detrás de sí, habían de hacer una nueva vida en un México que les abría las puertas. Aquí construyeron casas que siguen paradas y legaron a sus familias un lugar en el mundo. Es en memoria de ambos que cuento esta historia.

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Retrato de grupo de refugiados europeos salvados por el Comité de Rescate de Emergencia a bordo del Paul-Lemerle. Entre los retratados figuranVictor Serge, Jacqueline Lamba Breton, Midi Branton, Mrs. Lam, Wifredo Lam, Katrin Kirschmann, Dyno Lowenstein, Harry Branton, Carola Osner, Walter Barth (in background holding a child), Ate Barth, Karl Osner (carrying his daughter on his shoulder), Emmy Orsech-Bloch, Erika Giepen, Margret Osner, Karl Langerhans y Hubert Giepen. Museo del Holocausto, Washington, EUA.

Todas las traducciones son mías.

Bibliografía
Breton, André, Martinique: Charmeuse de serpents (Paris: Jean-Jacques Pauvert, 1972), pp. 55-89.
Davidoff, Ruth, Volaron las palomas (México D.F.: Ediciones El Tucán de Virginia, 2007).
Lévi-Strauss, Claude, Tristes Tropiques in Oeuvres (Paris: Galimard, 2008), pp. 8-14.
Seghers, Anna, Transit (Berlin: Aufbau Verlag GmbH & Co., 2103).
Serge, Victor, Mémoires d’un révolutionnaire 1905-1945 (Montréal: Lux Éditeur, 2010), pp. 462-465.

 

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