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Límulus

El canto del límulus

Texto por Mar Gámiz

“Y así como algunos seres son los últimos testigos de una forma de vida que la naturaleza ha abandonado, me preguntaba si no sería la música el único ejemplo de lo que hubiera podido ser la comunicación de las almas de no haberse inventado el lenguaje, la formación de palabras, el análisis de las ideas. La música es como una posibilidad que no se ha realizado; la humanidad ha tomado otros caminos, el del lenguaje hablado y escrito.”

–Marcel Proust, En busca del tiempo perdido. 5. La prisionera.

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Fotografías por Toumani Camara

Como ya se sabe, el límulus, con sus características ancestrales, constituye un recordatorio cotidiano de que tiempos inmemoriales conforman nuestro presente. Sus múltiples ojos han atestiguado durante millones de años el constante cambio de las estaciones; las corrientes marinas y algunas noches de luna han esculpido su caparazón y su cola.

Con toda esta experiencia a cuestas, el límulus es un depositario silencioso de anécdotas de la naturaleza que esperan ser desentrañadas por lectores atentos. Éstos, transcurrido un tiempo, entenderán que para leer aquello que ha asimilado el artrópodo es necesario desarrollar un método que permita escuchar el canto histórico del límulus y, una vez temperado, recorrerlo como si de los estantes de una biblioteca se tratara.

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Enclavada en una de las colonias más antiguas de la ciudad de México, la Tabacalera, se encuentra una biblioteca muy especial. Sueño de cualquier enciclopedista contemporáneo, esta colección está conformada por incunables, libros raros y exquisitos, revistas insignes, así como muchas primeras ediciones (bastantes, firmadas por los autores) de clásicos de distintas disciplinas y nacionalidades, aunque los libros mexicanos (impresos en su territorio, escritos por autores mexicanos o que traten sobre México) son parte importante de la colección. Tanto así, que bastaría ordenarlos cronológicamente para que se escribiera sola la historia del libro en México, desde que llegó la imprenta hasta ahora. Es decir, sus autores son frailes que describieron las lenguas indígenas, jesuitas como el Padre Clavijero, estudiosos del suelo mexicano como Humboldt, Fernández de Lizardi, aquellos que fueron impresos por los Talleres Gráficos de México, Octavio Paz y sus descendientes.

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Sin embargo, la nota que atraviesa a esta biblioteca es la que proviene directamente de la formación de su coleccionista: el amor por el conocimiento. Grandes obras de la filosofía, la literatura, la historia y el arte conviven en ella. Si hubiéramos de calificarla, sin duda se ganaría el mote de “biblioteca filosófica”, en la que la primera edición alemana de las obras de Hegel ocupa un lugar distinguido, al lado de las traducciones y comentarios que ha tenido en otros idiomas.

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Hablando de idiomas, el español se siente en familia, pues se codea con libros en latín, italiano y francés, y luego se va de fiesta con otros en alemán y en griego.

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Sorprende que en ninguno de sus más de veinte mil volúmenes se pose el polvo y que la diligente polilla sólo haya coqueteado con unos pocos. ¿Se deberá, acaso, a la presencia constante de las ondas musicales que invaden la biblioteca? Porque, como fieles compañeros comunicativos de los libros, discos de una variada selección musical habitan este singular espacio.

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La comunicación entre las almas de la que habla Proust se da, incluso, entre las almas de los objetos. Pareciera que aquí, entre tantas melodías y voces añejas, se trata de dilucidar el canto del límulus.

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