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Límulus

Ariel Guzik’s lab

Text by Jazmina Barrera

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Fotografías por Toumani Camara

 

Llegamos al laboratorio de Ariel Guzik de noche. Nos abrió la puerta de una casa de piedra con un jardín lleno de plantas y luego nos guió hacia un cuarto lleno de artefactos difíciles de identificar. Más que un artista o un científico, Ariel es un inventor a la vieja usanza. Casi un alquimista medieval (también médico herbolario). Algo apretó o encendió y de pronto una orquesta de arañas robot comenzaron un concierto de percusiones eléctricas. Esa fue la bienvenida. Entonces nos sentamos a la mesa y así comenzó la charla. Charla, porque Ariel no es partidario de las entrevistas grabadas ni de las fotografías protagónicas. Para él es la obra y sólo la obra.

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Ariel ha dedicado gran parte de su vida a construir máquinas que de una forma u otra enlazan conceptos y técnicas científicas con ideas estéticas, en muchos casos relacionadas con el sonido y la música. Sus aparatos crean sonido a partir de las vibraciones magnéticas de los cactus o del aire y el agua, por ejemplo, o buscan otro tipo de comunicación más directa, como con el aparato cuyo sonido está pensado para comunicarse con las ballenas.

Al preguntarle por la relación que existe entre la naturaleza y la música dijo que siente la necesidad de buscar un lenguaje que le permita conectar con la naturaleza. Con algo muy primario que a él le resulta reconfortante. La ballena le parece el ser más ajeno, hablar con ellas sería como poder hablar con extraterrestres. Sus instrumentos, dijo, también buscan que las emociones puedan convertirse en música.

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Pero esta exploración no es científica en el sentido tradicional (en realidad se molesta cuando preguntamos si ha logrado un intercambio con las ballenas, dice que no se trata de lo comprobable, sino de lo imaginario). Ariel no terminó nunca la secundaria. Todos sus sorprendentes conocimientos de física e ingeniería provienen de una educación autodidacta. Dice que la academia no es lo suyo: “la ciencia busca desentrañar misterios y a mí me gusta lo contrario, me gusta retomar el misterio”. Sin embargo, no se siente del todo cómodo con el término “artista”, que alguien algún día le acuñó. A pesar de que el dibujo ha sido siempre parte de su vida, a pesar de que la presencia del arte en su familia es para él evidente, por donde se mueve, dice, no hay fronteras.

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O las hay pero de otro tipo, precisamente las que busca atravesar. Nos mostró en su cuaderno de dibujos el de una nave que pareciera ser una cápsula espacial pero que en realidad es un pequeño submarino imaginario. Aunque es probable que pronto se vuelva realidad.

Le preguntamos a continuación por su experiencia en la bienal de Venecia. Percibimos en él emociones encontradas. Por un lado parecía feliz con el resultado, con ese cuarzo gigante que logró hacer cantar muy sutilmente justo en el último instante de la inauguración. Por otro lado, los reflectores, toda la atención en su persona en vez de en la obra, parecían incomodarlo muchísimo.

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Lo notamos mucho más cómodo después de la charla, cuando nos enseñaba sus inventos: el laúd que se conecta a los cactus para crear sonido, el órgano de cuarzos o la televisión que capta las señales intergalácticas y las convierte en imagen. Todo parece salido de la imaginación de un niño o de un loco.

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