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Límulus

En el centro de la memoria, la memoria

Texto de Leopoldo Laurido Reyes

Fotografías de Mateo Pizarro

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Dentro de los estados de Hidalgo, Tlaxcala y el Estado de México, y entre los tres, se encuentran los Llanos de Apan, famosos por haber sido el centro pulquero de México. Dentro de esos llanos la mayoría de las haciendas, pulqueras, ya son sólo tumbas de sí mismas, los cadáveres de lo que otrora se ostentaron espléndidas haciendas: viajando por carretera se pueden observar cascos de ellas derruidos por acá y por allá. Muy pocas perviven, como la Hacienda de San Francisco Ocotepec, en el Municipio de Almoloya, que aunque existe con gran esplendor, ya no como productora de la bebida mágica. Dentro de esa hacienda ―un gran jardín con gansos, salas de fiesta, carpintería, herrería, caballerizas con decenas de caballos, jagüeyes, cerros, magueyes, nopales, tierras cultivadas con  cebada y maíz, tierras habitadas por vacas, toros, burros…―, ¿quién lo podría suponer?, es resguardada una vasta biblioteca conformada por seis salas con casi 40 000 volúmenes, la mayoría libros, pero también por revistas, mapas antiguos. No podemos dejar de imaginarnos esta biblioteca como el centro, no sólo de la hacienda, sino también del municipio, de los Llanos: una biblioteca es siempre un centro.

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Quienes han conocido al dueño de la hacienda, de la biblioteca, lo pueden recordar muy bien, sentado en la terraza por horas y horas, días y días, leyendo; quienes lo conocen, lo pueden oír hablar; lo pueden ver en su extenso comedor sacar páginas y páginas de la boca; su memoria es realmente excepcional, hasta dejarnos boquiabiertos. Saúl Uribe Ahúja es un hacendado, pero uno inverosímil. Además de abogado de profesión es un arquitecto cotidiano –él mismo ha sido el suyo alrededor de medio siglo en lo relativo a su hacienda– y un tlachiquero libresco –conoce hasta el menor detalle del proceso de producción del pulque–. Su conversación es finita sólo porque los humanos también lo somos.

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Al entrar a la primera sala de la biblioteca, después de haber hablado con don Saúl –así le decimos ahora porque le hemos tomado confianza a estas alturas del artículo; su carácter nos invita a ello–, el olfato se abre al mismo tiempo que los oídos y la vista, y en seguida el tacto. El olor del sabino, madera de que están hechos los libreros, llega como una bocanada, imposible que no sea mencionado por los visitantes, pues es tan evidente que uno casi llega a saberlo en la lengua. En ese ambiente aparece el silencio, se queda con uno mientras camina o se detiene a observar los libros, las lámparas, los candiles, los cuadros… los libros; mientras insensiblemente comienza a tocar la madera pulida, los marcos que ocultan la fila inferior de libros, cuyos tamaños, diseños y texturas son inesperados. En esta misma sala, la 2, hay una “Pared de diccionarios”, cuyo nombre dice casi todo. El techo mide unos cinco metros así que no alcanzamos a ver los títulos de hasta arriba si no utilizamos la escalera. La utilizamos: Enciclopedia agrícola y de conocimientos afines, Diccionario de agricultura, zootecnia y veterinaria

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Seguimos caminando. En cada sala vemos diversas singularidades: es claro que no se planearon de una vez, sino que fueron apareciendo paulatinamente, pues cada una tiene un diseño variado dentro de su unidad. Así fue. Las raíces de este árbol de tinta y memoria se extendieron sin grandes miramientos: el bibliotecario nos ha contado que varias salas fueron, hace no muchos años, dormitorios de los hijos de don Saúl, hasta que llegaron los libros y ocuparon estos espacios.

Aquí todo tiene nombre: el último gran libro de la biblioteca es la biblioteca misma. Cada sala tiene un nombre relacionado con los libros que resguarda. La Sala 1 también se llama Aristóteles, en ella están los libros de Filosofía, Religión, Ciencias Naturales, y una parte de Ciencias aplicadas; la Sala 2 y 3, Solón y Licurgo, respectivamente, pues en ellas se encuentra todo lo relacionado con Ciencias sociales; la 4, Musas: Artes, Literatura, Historia.

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¿Se adivina? El conjunto de volúmenes está cuidadosamente ordenado. Utilizan un sistema de clasificación llamado Dewey, más algunas personalizaciones: libros que tratan de haciendas, con cualquier enfoque, reunidos en un lugar; los que hablan sobre el pulque, en otro; sobre Leona Vicario en otro (esta hacienda perteneció a partir de 1824, y hasta su muerte, a ella)…

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El bibliotecario tiene un trabajo constante pues constantemente llegan libros. Vania y Eduardo, sus ayudantes, aprenden el oficio de bibliotecarios. Aquél nos lleva a una sala (se trata de la Sala 5, Fondo antiguo) bastante diferenciada de las otras, no por el diseño, sino por su tipo: es, además de sala de biblioteca, una recámara. Al obtener su nueva función no perdió la anterior. ¿Por qué? Esta sala-recámara contiene los libros más valiosos. Recorremos con la mano los que están al alcance, leemos algunos lomos: Benito Jerónimo de Feijoo, Cartas eruditas, y curiosas, en que, por la mayor parte, se continúa…. (Sí, están los cinco volúmenes, empastados con pergamino; sí, las ediciones príncipe, de 1742 a 1760); el Teatro crítico universal, ó Discursos varios en todo género de materias…; un Corpus Juris civilis romani de 1746; la primera edición (1847) de Le vicomte de Bragelonne, de Alexandre Dumas hijo, al lado de Isabel de Bavière de su padre, igualmente primera edición (1835); la primera edición de El principito, la primera de las Odas elementales de Pablo Neruda… Tragamos saliva. Vemos la primera edición de Cantos de vida y esperanza, de Rubén Darío. Volvemos a tragar saliva.

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Don Saúl y su biblioteca se parecen mucho, por eso hablar de uno es como habla de la otra. Dueño de una gran memoria, como ya dijimos, es también dueño de una gran biblioteca; ¿qué otra cosa es una biblioteca sino una gran memoria? Sí, se trata de un hacendado y de una hacienda, no hay que olvidarlo para que la realidad inverosímil se visibilice.

Francisco Liguori, epigramista excepcional y amigo de don Saúl, describió los Llanos de Apan como un “Mar de verde magueyera”. Ese mar ya no existe. Es sólo un recuerdo, memoria. Pero en el centro de esa memoria está otra.

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