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Límulus

En la orilla de México
Fotografías de Renier Otto

Texto de Kelly Martínez*

Fotografías de Reiner Otto**

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¿Qué esperamos encontrar cuando vamos a México? ¿Qué nos han dicho, dibujado, idealizado, transustanciado de México? ¿Cómo es vivir allí? Su imagen –vista desde afuera y no en vano– participa de una mitología que es tal vez una de las más poderosas de América Latina: un imaginario poblado de calacas y colores, de fridas y diegos, mariachis y brujas que nos convierten en macetas y nos dan calabazas. Poblado de muerte (no sólo en el culto, sino en los emigrantes del borde o los cuarenta y tres estudiantes desaparecidos, que tanto han cruzado las fronteras del dolor y las noticias) y también de vida. Imaginario de Pancho Villa y adelitas, de celebración que termina en tragedia y tragedia que termina en celebración; de extremos que parecen tocarse. Uno impregnado de esa Fiesta que, en palabras de Octavio Paz, es una Revuelta, en el sentido literal de la palabra (…) Todo se comunica; se mezcla el bien con el mal, el día con la noche, lo santo con lo maldito. Todo cohabita, pierde forma, singularidad y vuelve al amasijo primordial. La Fiesta es una operación cósmica: la experiencia del Desorden, la reunión de los elementos y principios contrarios para provocar el renacimiento de la vida.1  Y, por supuesto y como todo imaginario que se respete, ha terminado también por tener sus lugares comunes, sus clichés. Al fin y al cabo y como dejara sentado Kundera, el kitsch forma parte del sino del hombre.

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Desde afuera es difícil pensar en México, etiquetar a México. Decimos “suramericano” –compartimos la lengua y el espíritu– pero está en América del Norte y comparte parte de la cuenca del Caribe. Decimos “norteamericano”, pero no se acerca –ni en lengua ni espíritu– a sus vecinos Canadá y los Estados Unidos. La idea de identidad nacional (me) aterroriza un poco, pues en su nombre innumerables atrocidades se han cometido –especialmente en la historia moderna–, pero me atrevo a decir que México es sólo México, un espacio incomparable y particular en medio de un continente amplísimo y que, de alguna forma, recoge cosas de todo ese continente y, paradójicamente, se le escapa y lo sobrepasa. Lo digo aquí, sentada un poco más al norte, mirando también desde afuera. Para entenderlo –si es que un país puede realmente entenderse– tal vez sea necesario pisarlo, conocerlo y darse cuenta de que no se parece a los Pedros y los Panchos del estúpido saber americano. 2  Supongo que lo mismo pasa con todos los lugares de este mundo.

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Pero ese imaginario está también anclado en la literatura, la fotografía y el cine. La exquisita desolación de Pedro Páramo y de El llano en llamas, esa cosa de “cactus-lleno-de-agua-aunque-no-lo-parezca” de las imágenes de Álvarez Bravo, Graciela Iturbide o incluso las fotografías de Juan Rulfo, o la puesta en escena de la visualidad de Gabriel Figueroa, en el cine, mucho tienen que ver con la forma en que hemos construido nuestra concepción sobre México y que parece moverse en clave surrealista: siempre hay un paraguas y una máquina de coser mexicanas que, azarosamente, se encuentran. La fotografía –incluso cuando sepamos que miente y Susan Sontag haya sido muy efusiva al comentarlo– aún pareciera cargar sobre sus hombros la responsabilidad de ser espejo del mundo. De alguna forma lo que está allí  tuvo lugar y eso es parte del encanto. También las imágenes de Alex Webb –ojo ajeno–, su abigarramiento de colores, nos descubren un lugar que, sin duda, sigue teniendo para todos un profundo misticismo. Para un fotógrafo, México es siempre un inabarcable espacio de sorpresa y descubrimiento: una serpiente con plumas.

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Así también lo ha sido para Renier Otto, fotógrafo venezolano migrado a México, específicamente a Guadalajara,  hace poco más de un año. Me gusta pensar que la ventaja de los fotógrafos extranjeros es que su mirada se mueve entre el desconocimiento, el asombro y la frescura. Pero los fotógrafos –y especialmente los de calle, mal llamados documentales– ven, en realidad, lo que les interesa ver. Seleccionan y recortan fragmentos de la realidad que no sólo responden a los principios formales de lo que consideran una buena imagen, sino, y sobre todo, a un proceso de identificación de y con la realidad interior y exterior. Y decir identificación es decir otorgar reconocimiento y rostro, y eso pasa siempre por una serie de encuentros y desencuentros. La mirada de Renier Otto está, en sus imágenes de México, construida desde allí; una mirada al acecho. Acechar, etimológicamente, significa intentar dar alcance y eso, evidentemente, implica una distancia.

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Eso es algo que podría decirse de todos los fotógrafos, sin embargo no es del todo cierto. Hay fotógrafos descarados, fotógrafos de primeros planos, rostros frontales y escenas grandilocuentes. Y hay fotógrafos de la periferia, de lo que pasa en los bordes y resulta casi imperceptible. Tal vez porque aún el escenario le resulta desconocido e intimidante –como todo lo que es nuevo– la mirada de Otto se sitúa entre estas últimas. O tal vez no, tal vez –como lo anuncia su trabajo de siempre– siempre ha sido un fotógrafo de lo que pasa al margen, de las imágenes escondidas detrás de las imágenes.

En el México de Otto no encontraremos la Fiesta, no hay en ellas estridencia, sino un México minúsculo que podría ser, en realidad, cualquier lugar del mundo. Nada de vida y muerte y fridas y diegos y brujas y mariachis. El imaginario que manejamos de México se ve aquí refutado, distanciado, perdido para traer a la luz escenas de una cotidianidad pasmosa y casi aburrida. Quien busque en ellas colores y exotismos probablemente se dará la vuelta decepcionado, pues a veces nos gusta que las cosas no se parezcan a lo que ya dimos por sentado. A veces olvidamos que todos los lugares tienen infinitas posibilidades de ser, como todo lo que existe. Sin embargo, hay en estas imágenes –tomadas en distintos lugares del país– una rara desolación, un vacío y una nostalgia que perduran. Si las comparásemos a sus imágenes anteriores –mucho más vibrantes, directas, coloridas– encontraríamos que las fotografías mexicanas son silenciosas. Eso, creo, puede deberse a dos cosas o tal vez a ambas, juntas. La primera, el recién emigrado es siempre un ser silencioso. Ocupado en procesar el cambio, no hay contención suficiente, forma suficiente para aprehender la realidad. El que se va está –para decirlo con María Zambrano– en la orilla de la historia y al borde la palabra. Y tal vez de allí se desprenda que las imágenes de Otto sean imágenes al borde y a la orilla de las imágenes. O tal vez y simplemente, México –sin que nos demos cuenta los de afuera– es un lugar silencioso. Oscila entre la entrega y la reserva, entre el grito y el silencio, entre la fiesta y el velorio 3  y el ojo extranjero, el ojo no acostumbrado –ingenuo– es capaz de recoger eso. Tal vez el silencio interno y el silencio externo se encontraron. O tal vez nada de esto es lo que pasa y es sólo la lectura que hago desde mi propio callar, desde mi propio borde.

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Tanto en la imagen de los niños que juegan como en esas sombras que, agarradas de la mano caminan entre palmeras, lo que calla parece hablar más que todo lo que pudiera decirse directamente. Si viésemos a las personas que se toman de la mano la imagen probablemente perdería peso. Pero la sombra, como concepto y símbolo –esa otredad– es una imagen demasiado poderosa: el negativo de la realidad. Y está luego esa soledad de los personajes en el andén del metro, interrumpida solamente por el beso de la pareja o del hombre que pasa en su bicicleta frente a un reloj que lo mira con la misma indiferencia con la que, posiblemente, nos mira el tiempo. La misma soledad que acompaña al transeúnte frente a la pared grafiteada, golpeada de sol, deshabitada.

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Y está ese Cristo trágico de la vitrina, ese Cristo ultrabarroco como sólo es posible en México porque el horror al vacío se llenó allí como en ningún otro lugar (¿hay un gran vacío en México? Dicen que los mayas inventaron el cero, ese gran absoluto que todo lo disuelve). Está la mujer entre momias que se quedaron gritando, un gesto de lo que no llegó a ser, una voz que no alcanzó a retumbar en ninguna parte, imagen de lo imposible. Y luego esa aparición fantasmagórica, esa niña de Rulfo desenfocada en medio de altas paredes: un anuncio de lo que es y no es al mismo tiempo. El México de Otto, me atrevo a decir –y como las sombras– es contraste de la imagen luminosa y festiva del saber colectivo y ajeno. En realidad, la una no es posible sin la otra. También hay una autenticidad de la sombra.

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Puede suceder que ese silencio lo esté inventando yo pues escribir es siempre responder a un acertijo y la escritura una Esfinge misteriosa. Parados frente a ella no siempre damos en el clavo y algo nos devora. Escribir sobre fotografías es, además, responder a dos misterios, ardua tarea. Pero también encuentro ese silencio en las imágenes de Álvarez Bravo o Juan Rulfo. Puede ser que, heredero de una tradición –toda imagen está siempre anclada en otra imagen–, Otto haya conservado, sin saberlo, ciertos códigos para decir México. Puede ser que no; puede ser también que, tras la algarabía y la bulla, haya un vacío imposible de ser llenado. Un México Quetzacóatl que, como en la leyenda, mire al espejo para encontrar a Tezcatlipoca; algo escindido y doble, una serpiente que se muerde la cola.

El futuro trabajo de Otto me irá diciendo si contesté acertadamente a la adivinanza de esa mujer-monstruo que también es la fotografía. O puede ser que un día, caminando por calles mexicanas, descubra cuál era la respuesta. Puede ser que nunca dé con ello. Mientras eso se define,  estas fotografías. Este México en la orilla de México.

Kelly Martínez,

En Miami, en el 2015.

 

*Kelly Martínez. La Habana, 1980. Por veinte años, estuvo residenciada en Venezuela. Fue profesora, durante siete años, en la Escuela de Artes y en la Maestría en Literatura Comparada en la Universidad Central de Venezuela, institución donde también se graduó como Licenciada en Artes y Magister en Literatura Comparada. También trabajó como curadora de fotografía para diversas instituciones de este país. Actualmente reside en Miami, donde se desempeña como asesora de proyectos culturales.

**Renier Otto, Caracas, 1979. Fotógrafo venezolano radicado en México, específicamente en la ciudad de Guadalajara. Se inició en la fotografia en el año 1999, haciendo diversos talleres en múltiples instituciones de sus país natal. Luego, de la mano de Gilda Pérez y Ramón Grandal pasó a formar parte de la Agencia Enphoco, participando también en varias muestras colectivas. Paralelamente a su trabajo de autor, también se desempeñó como fotoperiodista en diferentes medios en Venezuela, siendo los más importantes el diario Tal cual y el grupo Cadena Capriles, ahora Grupo Últimas Noticias. Actualmente se encuentra desarrollando un trabajo autoral en México y desempeñándose en el área de la fotografía comercial.

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1. Octavio Paz. “Todos santos, día de muertos.”. En El arte de la prosa ensayística. Caracas: Fundación Metrópolis. 2002.

2. Jack Kerouac. En el camino. Barcelona: Club Bruguera. 1981.

3. Octavio Paz. Op.cit. p. 54.

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