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Límulus

Enrique Climent Oda a una urraca

Enrique Climent fue un importante artista de la vanguardia española. Amigo de Ramón Gómez de la Serna, Juan Gil Albert y demás personalidades de la época, tuvo que exiliarse en México, donde continuó con sus actividades y crió a su familia. Despierto y sensible hacia todo lo que lo rodeaba, Climent se desempeñó sobre todo como pintor y caricaturista, pero también dejó un legado literario, del que se conoce muy poco. En esta ocasión, gracias a la generosidad de Pilar Climent, una de sus tres hijas, Límulus presenta un texto inédito de Enrique, acompañado con imágenes de una serie de pájaros, capturadas en el acervo familiar.
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Descripción: Urraca.- Pájaro que tiene plumaje blanco en el vientre y negro con reflejos metálicos en el resto del cuerpo. Se domestica con facilidad, es vocinglera y suele llevarse al nido objetos pequeños.

Tenía aproximadamente diez años cuando pasaba una temporada en Orrios en la casa de mi abuela materna. Un día, unos niños me enseñaron una pequeña urraca con una pata rota. Me dijeron que la habían derribado de un árbol a pedradas. Les pedí que me la regalasen a cambio de unos trozos de chocolate. Accedieron y pasé a ser propietario del pobre pájaro. Entablillé lo mejor que pude la pata lastimada y traté de salvarlo.

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Lo primero que hice fue procurarle un alojamiento confortable, para lo que habilité una caja-jaula vacía de naranjas y la forré de harpillera. Le coloqué de lado a lado, en sentido horizontal, un trozo de caña que le serviría de soporte y descanso.

Coloqué esta caja-jaula a una altura conveniente, fuera del alcance del gato, único enemigo potencial por el momento. Empecé alimentando a mi pequeña urraca con trocitos de garbanzos cocidos y migas de pan remojadas con leche. El animalito estaba tan aterrorizado que, cuando acercaba mi mano para darle de comer o acariciarlo, retrocedía levantando las alas y abriendo el pico en ademán de defensa.

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Muy pronto empezó a sentir confianza. Se había acostumbrado a mi presencia y a engullir con fruición todo lo que yo le daba. Después de cierto tiempo, le quité los trozos de caña y el bramante con que le curé la pata rota. Aunque siempre cojeaba, estoy seguro de que el animal se sintió contento, pues lo celebró batiendo las alas y lanzando un pequeño graznido en acción de gracias.

Como el pájaro gozaba de plena libertad, ya que su vivienda no tenía puerta, comenzaron sus exploraciones. En el interior de la gran estancia se posó en los barrotes de las rejas de las ventanas; luego en los respaldos de las sillas pero prefería pararse en un gran armario que contenía ajillo. Pronto la urraca comenzó a demostrar sus inclinaciones: escondía arriba del armario pequeños objetos, como dedales, tijeras, anillos, etcétera.

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La bauticé con el nombre de Blanca por el color de su vientre. A las pocas semanas, debido a la buena alimentación que recibía, se había desarrollado considerablemente.

Lo verdaderamente fantástico e increíble es que este maravilloso pájaro acudía invariablemente a mi llamado. Se posaba en mi dedo índice si yo se lo ofrecía, o bien en mi hombro o en mi cabeza. Este hecho era algo extraordinario. Causaba gran sorpresa entre mis familiares pero sobre todo entre mis compañeros de juego.

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Yo era muy aficionado a pescar en el río que pasaba por las afueras del pueblo. Cuando me disponía a irme equipado con la caña y la pequeña cesta para traer los barbos o truchas, llamaba a la urraca: “Vamos Blanca”. Y entonces llegaba volando; se posaba en el alero sobre el portón esperando verme caminar. Después emprendía el vuelo de tejado en tejado mientras yo andaba por el pueblo y, más tarde, de árbol en árbol, hasta que llegaba al río donde me acomodaba y me disponía a pescar con toda calma. En ese lugar se producía el milagro.

Para que se entienda lo que quiero decir debo describir el sitio y las circunstancias. En general, todos los árboles que bordean el río son chopos, muy altos y esbeltos. Precisamente en las copas de esos árboles anidan las urracas. Mientras pasaba horas y horas esperando sacar pescaditos del agua, por arriba volaba mi pájaro entre los de su especie. Puedo asegurar, bajo mi palabra de honor, que si yo gritaba “¡Blanca, aquí!”, el fabuloso animal no tardaba en descender para posarse en mi hombro o cerca del lugar donde me encontraba mirándome con la cabeza inclinada. Debo confesar que esas muestras de amistad que Blanca me ofrecía eran premiadas con una magnífica ración de moscas que yo le obsequiaba, previamente cazadas y guardadas en una cajita de cartón que había contenido supositorios. Había que ver el entusiasmo con que las engullía.

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Para el pájaro construí un soporte formado por un palo de escoba cortado a la altura de la mesa del comedor. Como base coloqué un disco de madera al que encajé el extremo inferior del palo. En la parte superior, le sujeté horizontalmente otro trozo de madera de unos cuarenta centímetros, y adapté en ambos extremos un recipiente con agua y otro con comida. De esa manera, Blanca comía a mi lado y en compañía de mi familia. Al principio, cuando propuse que fuera aceptada como invitada permanente, la idea no fue acogida con mucho entusiasmo. Accedieron cuando les prometí que si Blanca se comportaba de forma incorrecta, la retiraría de nuestra honorable compañía. Mi fabuloso personaje dio muestras de saber conducirse de manera impecable. Además, nunca introdujo las patitas en su plato, como hacían constantemente gran parte de los componentes de mi distinguida familia.

Lo primero que hacía mi buen pájaro era una simbólica afilada a su largo pico sobre el palo horizontal que le servía de soporte. Después, venía un ligero batir de alas como demostración de entusiasmo ante la perspectiva del banquete, y empezaba a engullir con gran fruición. Había que ver la gracia con que tomaba agua. Primero sumergía su gran cabeza en el vaso, y después la levantaba en dirección del techo. Este movimiento lo repetía varias veces.

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Así pasaban felices las horas y las semanas, hasta que un día llegó la tragedia. Mi pájaro había adquirido una absoluta confianza en el mundo que le rodeaba. El gato, único enemigo que pudiera tener —además de que, por otra parte, se encontraba siempre bien alimentado— se había habituado a su presencia, y seguramente convencido de que Blanca era parte de la familia, nunca hizo el menor movimiento agresivo. La mañana de un domingo, al regresar de misa y entrar en el patio de la casa, llamé al animalito, como tenía por costumbre, para darle de comer; pero no acudió a mis voces. Empecé a buscarla en los sitios que solía frecuentar: en su vivienda, arriba del armario, en todos los rincones, incluso en los lugares muy poco probables de ser visitados por ella. También dirigí una mirada interrogante al gato… nada. El gato permanecía impasible, limpio de plumas negras y tumbado beatíficamente al sol.

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De repente, vi algo que me heló la sangre. El marco del portón de la casa estaba formado por unos bloques de piedra, incluyendo la base; en ésta se habían abierto unos huecos para dar paso a los carruajes; como en el patio había gallinas, esos huecos se tapaban con gruesas piedras, para evitar que se fugaran. Una de esas piedras había sido empujada desde afuera. Claro que este hallazgo no me hubiese alarmado en cualquier otra ocasión, pero entonces mi imaginación empezó a trabajar a todo vapor: Quizá los chiquillos del pueblo, tras presenciar cómo, a veces, mi pájaro picoteaba el trigo que se daba a las gallinas y aprovechando nuestra ausencia, hayan llamado al animal a través del hueco ofreciéndole comida. Resultaba relativamente fácil echarle mano.

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Todo esto no era más que una hipótesis. Y de este punto partí para las siguientes averiguaciones. Primero traté de aparentar calma de puertas para afuera. Fingí no dar importancia al asunto, y seguí saliendo a pescar como si nada hubiese ocurrido. Sucedió exactamente lo que esperaba. A los pocos días del episodio, alguno de los muchachos que sabía lo ocurrido sintió deseos de entablar una conversación conmigo para indagar mi estado de ánimo.

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Estando en el río, de pronto, sentí detrás de mí una presencia. Efectivamente, era uno de la pandilla. Le saludé con aparente cordialidad. Al poco rato me preguntó por la urraca. Le contesté con gran indiferencia que seguramente se había escapado, que tal vez se la habría comido algún gato. Mi aparente desinterés lo impulsó a ser más comunicativo. Lo sentí transparente. Le animé aún más regalándole una trucha. Después de un corto silencio, me dijo con una voz muy tenue: “Si me prometes no descubrirme, te diré quiénes lo hicieron”. En aquel momento sentí el corazón en la garganta, pero me dominé bastante. Mi postura favorecía mi papel, pues estaba casi de espaldas a él.

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—Claro que no te descubriré.

—Pues fueron Fulgencio y Juan, el hijo del zapatero.

—Y, ¿cómo lo hicieron?

—Por un agujero de abajo de la puerta, le dieron cañamones… y se la llevaron a la tía Dolores, a la bruja, que se la comió junto con unas lagartijas.

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Hubo un corto silencio, y después añadió:

—Esa tía se lo come todo.

Nunca pude entenderlo. Aún ahora, después de sesenta años, no lo entiendo.

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