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Límulus

Entrevista con Verónica Murguía

Texto por Jazmina Barrera

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Fotografías por Toumani Camara

Jazmina Barrera: Cuando pienso en Loba me la imagino como los tapices de La Dama y el Unicornio. Porque el unicornio es una figura central en la novela, pero también por el detalle preciosista con el que retratas a todos los seres vivos que pueblan tu mundo. ¿Dirías que los animales en la novela son símbolos, como lo eran en las obras medievales?

Verónica Murgía: Creo que sí, sobre todo los animales míticos. Ambos son representaciones y me quise atener a la tradición: la pureza que sólo se inclina ante la otra pureza, en el caso del Unicornio, y la codicia inextinguible, en el caso del dragón. Pero claro, nunca son sólo eso. En la Volsunga Saga, la sangre de Fafnir convierte a Sigfrido en un héroe casi inmortal.

Para mí, el dragón es un hombre pero en una escala sobrenatural. Es mil veces más inteligente, más elocuente, más memorioso, más codicioso y desea más poder. Es un rey del trasmundo, un ser hecho de magia y fuego. El Unicornio, en cambio, sería la encarnación de lo animal, de aquello que no habla, que es. Es un estar que sólo tiene presente, apenas concibe pasado o futuro. Es el soberano de los animales.

Fum y Alagrís son presencias que me acompañaron a mí tanto como a la protagonista durante el tiempo que duró la escritura. Y es que la dimensión aérea de la relación de los humanos y las aves de cetrería me inspira mucha curiosidad. De los caballos, ni digo. Son criaturas hermosísimas. Uno quisiera que el alma humana tuviera ese aspecto.

JB: Uno de mis personajes favoritos de Loba es el dragón. Me enamoré de él aún creyendo que representa la destrucción en muchos sentidos. ¿Qué piensas de esta paradoja?

VM: Pues me da muchísimo gusto que te haya gustado porque quise que el dragón desplegara sobre el lector la atracción que ejerce el fuego sobre todos nosotros. Es letal, destructivo, hiere horriblemente pero es casi imposible de no mirar con atención porque es uno de los fenómenos más bellos del mundo.

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JB: Hablas de Tolkien y Ursula K. Le Guin como dos de las principales influencias en tu novela, pero yo recordé más la precisión histórica de The Once and Future King de T.H. White. ¿Crees que es una referencia importante para Loba?

VM: Uy, sí. Le debo a T.H. White miles de cosas, que asumo con alegría y que nunca podré pagar. En el primer capítulo de The Once and Future King, Arturo está perdido en el bosque porque va tras un halcón mal lanzado. Luego, conoce al tímido y sabio búho de Merlín y este se le posa en el hombro. El cuervo de mi mago es un avatar de ese búho, sólo que el cuervo de Cuervo es casi normal, un ave inteligentísima y descarada, pero no habla y el búho de Merlín es muy sabio y muy locuaz.

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JB: Has dicho en otra ocasión que las novelas juveniles hablan de los grandes temas: amor, odio, venganza, guerra, bien y mal. Yo no recuerdo otra novela de fantasía en la que la esclavitud tuviera un papel tan relevante. ¿Crees que es un tópico que vale la pena recordar y discutir en nuestros días?

VM: Hay una novela de Le Guin, de la serie de los Anales de la Costa Oeste, que trata de la esclavitud, y también habla de una mina horrenda que sirve a un alquimista en una parte de los Cuentos de Terramar. Creo que es fundamental hablar de la esclavitud porque ahora mismo, hoy, un niño en ciertas zonas de África cuesta cincuenta dólares y las mujeres en Guerrero, Chiapas y Veracruz se venden por cuatro rejas de refresco. La esclavitud está vivita y coleando en todo el planeta.

Una de las cosas que me gustó de la primera parte de la célebre trilogía de Larsson, el libro titulado Los hombres que odiaban a las mujeres, es que aborda ese tema con mucha honestidad. Las víctimas eran mujeres que iban a Suecia en busca de un empleo y se encontraban con la esclavitud o la muerte. Seguro en Suecia mucha gente lo ignoraba y algunos de los que sabían decidieron mirar para otra parte. Las enormes migraciones de refugiados que se desplazan sufriendo humillaciones y peligros por el mundo garantizan la mano de obra mal pagada y la esclavitud sexual. Además, el estatus de las mujeres en Asia y África es, en muchos casos, el de una esclava. Y en México no cantamos mal las rancheras.

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JB: Me parece que la culpa es otro de los grandes temas que trata Loba. ¿Qué piensas de la idea de expiación con respecto a tus personajes principales?

VM: Asumir la culpa de nuestros errores y el daño que le hemos hecho a otros me parece una tarea fundamental del espíritu. Me enfurece que ciertas tendencias de la psicología pop rebajen la culpa a una especie de tope que hay que remontar cuanto antes y dejar atrás.

Pero la culpa también puede derivar en inmovilidad y autocompasión. Y pocas cosas son más repelentes que quien ha hecho daño y siente lástima de sí mismo por eso. Más vale redimirse y si sólo se puede lograr por medio de un sacrificio, vale. Los protagonistas de la novela son grandes pecadores —palabra fuera de moda, lo sé— y por eso deben pasar por grandes penalidades si quieren estar en paz y ser libres.

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JB: Dice C. S. Lewis que los cuentos de hadas no son literatura para niños, sino sólo un tipo de literatura que en esta época parece gustarle de casualidad más a los niños. ¿Crees que sucede algo así con la literatura de fantasía? ¿Con tu novela?

VM: Creo que les gusta más a los niños ahora porque vivimos presos del prestigio del realismo. Algunos críticos han borrado de un plumazo siglos de literatura para sólo reverenciar una fracción de lo escrito en el siglo XIX: las grandes epopeyas sociales y el retrato pormenorizado de las sociedades. Zola, Tolstoi, Dostoievski. Sí son los maestros, pero a su lado está Homero, con sus cíclopes, sirenas y fantasmas; Dante, que habla con muertos todo el tiempo; Shakespeare y sus proféticas hechiceras. Goethe escribió el Fausto y Flaubert no sólo es el autor de Madame Bovary, también escribió Salambó, “Las tentaciones de San Antonio” y el bellísimo cuento “San Julián el Hospitalario”. Me temo que la tosca miopía del realismo socialista rebasó las fronteras de los estados. Ha caído la Unión Soviética, pero ciertas ideas soviéticas, digamos, sobre el arte y sus dizque obligaciones, siguen vigentes.

Yo creo que mi novela es un libro para cualquier lector. Espero tener razón, aunque ya Borges, lector ferviente de epopeyas plagadas de dragones, decía que estos habían derivado en un símbolo pueril. Pero él los amaba, amaba Beowulf.

Verónica Murguía nació en 1960. Cursó estudios incompletos de Artes Plásticas e Historia en la UNAM. Colabora con la columna Las rayas de la cebra en el periódico La Jornada. Ha escrito las novelas El fuego verdeAuliya y Ladridos y conjuros. Tiene un libro de cuentos titulado El ángel de Nicolás y varios libros para niños. Su novela Loba ganó el premio Gran Angular, el premio más importante que da España para la literatura juvenil y le fue entregado por la princesa Leticia. La novela será publicada en México por la editorial SM.

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