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Límulus

En torno a las NEURONAS ESPEJO

Texto por Ernesto Miranda

Breve historia de un hallazgo

El descubrimiento de las neuronas espejo se dio a principios de los noventa en la Universidad de Parma, Italia. El descubrimiento involucra a un mono conectado con electrodos a un máquina y a un hombre con un helado (en algunos casos de la ‘leyenda’ son cacahuates, pero para el caso es igual).  El cerebro del mono alimenta de información a la computadora para que un grupo de científicos puedan observar la comunicación entre las neuronas motoras (aquellas relacionadas con los movimientos) y los miembros del mono. Es decir, la computadora registra y grafica información cada vez que el mono mueve alguna parte de su cuerpo, y alguna de estas neuronas se activa.

Uno de los científicos entra al laboratorio lamiendo un helado. El mono lo mira con ostensible antojo. El hombre lo observa de vuelta, lanza una mirada al monitor, regresa la mirada al mono y se da el hallazgo, la epifanía cartesiana: las neuronas motoras del mono se iluminan sin que él mueva un sólo músculo. Es como si el mono estuviera lamiendo el helado. En su mente. El acto de mirar una acción se convierte en un espejo de la misma, se representa en el cerebro del homínido y las neuronas espejo se disparan.

El científico, el mono, el mantecado: las neuronas espejo, según el investigador V. S. Ramachandran, uno de los científicos más entusiastas en torno a las posibilidades de este tipo de neuronas, serán el origen de la gran revolución científica del siglo XXI, la llamada quinta revolución después de Copérnico, Darwin, Freud, y Crick & Watson, descubridores del ADN.

En 1992, Giacomo Rizzolati, uno de los científicos parmesanos, hizo pública la investigación sin despertar mucho entusiasmo. Incluso, la revista Nature rechazó publicar su investigación por considerarla de poco interés general. Sin embargo, a principios de este siglo, gracias a estudios de imagen por resonancia magnética funcional (IRMf), se determinó que las neuronas espejo también se encuentran de manera abundante en los humanos. Principalmente, en la corteza parietal. Este nuevo hallazgo redimensionó por completo sus posibilidades.

Como en todas las áreas de la ciencia, y como en todo hallazgo que pretende ser una revolución, hay detractores que consideran insuficientes los argumentos que demuestran la existencia de este tipo de neuronas y su relación con procesos tan complejos como por ejemplo: la evolución, la adquisición de lenguaje, la conciencia de nosotros mismos, la empatía y la función de la narrativa en nuestra mente, por mencionar sólo algunas.

Aún así, sin entrar en tecnicismos o pugnas científicas, especularemos un poco en torno a los aspectos más espectaculares y provocadores de este tipo de neuronas, que prometen cambiar por completo la forma en la que entendemos la realidad.

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De la serie Alter us.
Fotografías por Toumani Camara

Entendiendo a las neuronas espejo

Lo primero que hay que precisar es que estamos ante un grupo de neuronas que generan una representación, una simulación de la realidad que percibimos en nuestra mente y que nos afecta directamente, como si nosotros fuéramos los actores de lo que vemos. Para entender mejor la función de estas neuronas y su relación con nuestro propio cuerpo, V. S. Ramachandran recurre a un ejemplo muy ilustrativo.

Dentro de la medicina, hay un fenómeno clínico que se ha denominado síndrome del miembro fantasma, y se refiere a aquella ‘sensación ausente’ que perciben los humanos que han perdido un miembro, por ejemplo un brazo o una pierna. El cerebro sigue mandando señales, pero ya no tiene un miembro receptor. Aún así, los individuos pueden ‘sentirlo’, como una suerte de intuición física o costumbre sensorial. Supongo que debe de ser algo cercano (remotamente por supuesto) a cuando se nos duerme la pierna o el brazo, y de alguna forma lo sentimos ajeno a nosotros.

El propio Ramachandran llevó a cabo un experimento donde el individuo A, un hombre con el brazo amputado era puesto frente al individuo B, un hombre de la misma edad, con todos sus miembros. Al individuo B se le infligía dolor en el brazo izquierdo, el cual A había perdido en un accidente.

Otra epifanía cartesiana: las neuronas espejo del individuo A se disparaban, haciéndole sentir dolor en el brazo izquierdo pese a que no ya no lo tiene. Dolor, en su mente. Esto lleva a Ramachandran a especular que de no ser por la piel, nuestro órgano más grande, nuestra gran interface con el exterior, que rebota o retroalimenta a las neuronas cuando estas reciben el estímulo del otro (como si le dijeran: ‘no te confundas, yo estoy aquí, ese es otro brazo, ese no soy yo’) estaríamos sintiendo todo, de todos, todo el tiempo. Imaginen una multitud de cuerpos despellejados, en un éxtasis sensorial.

Pese a que la imagen remita un poco a algún cuadro de Alex Grey, o a un afán de volver científico el tan vilipendiado ‘todos somos uno’, el simple hecho de pensar que estamos simulando en nuestro cerebro las acciones que vemos, resulta fascinante. Es muy probable que a través de estas neuronas procesemos acciones, intenciones y emociones de los otros, al tiempo que nos comunicamos ‘neuronalmente’ con ellos, no por un esfuerzo racional, volitivo, conceptual, sino a través de estímulos físicos directos. Sintiendo, no pensando.

Por esta razón es que algunos encuentran una relación evidente entre las neuronas espejo y la telepatía. Tal vez sea un tiro muy lejano y ‘especular’ de más. Sin embargo, a través de esta comunicación inconsciente, nosotros podemos predecir qué es lo qué va a ocurrir. Por ejemplo, si vemos a alguien iniciar un movimiento de mano por arriba de su hombro, sabemos que el individuo dará una bofetada, porque en  la memoria de estas neuronas está guardada la imagen de todas las veces que hemos visto a alguien dar una bofetada.

Sabemos que el 90% de la comunicación es no verbal, y con este hallazgo la ecuación cambia: ¿qué tanto de ese 90% lo efectúan las neuronas espejo y la memoria de éstas que anticipa y recrea todo el tiempo conversaciones, acciones y gestos pasados?

Un factor que aumenta el nivel de complejidad en este descubrimiento es que las neuronas espejo no sólo se detonan a través de la vista sino también a través del sonido. Una bofetada, por ejemplo, o la sola mención de la palabra (bo-fe-ta-da) dispara las neuronas espejo.

Seguramente han estado con alguien que parece anticiparse en todo momento a lo que uno va a decir, siempre son capaces de poner la última o últimas palabras en nuestras oraciones. Estas personas pueden empatizar por completo con nuestro discurso. Sus neuronas espejo, junto con sus neuronas del área de Broca (las relacionadas con el lenguaje), son capaces de construir rápidamente simulaciones, patrones (tal y como se construyen las de una actividad cinética) y ‘predecir’ de alguna manera, qué es lo que el otro dirá.

Entonces, las neuronas espejo son capaces de hacernos sentir absolutamente todo. Seguramente habrá cientos de factores que incidan y que veremos jugar próximamente en los hallazgos por venir. Así mismo, se irá precisando su ubicación, ya que es probable que se encuentren cerca de todo tipo de neuronas, siendo doblemente espejo, es decir, acompañando todos los procesos cerebrales, espejeándolos.

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Breves referencias a las posibilidades que ha abierto

La importancia del hallazgo ha empezado a dar frutos sorprendentes y se espera que en los próximos años los vislumbres que arroje sobre la mente humana puedan explicarnos en gran medida nuestro pasado y futuro. Las implicaciones son enormes: el descubrimiento de las neuronas espejo puede ser el equivalente para la psicología de lo que fue el descubrimiento del ADN para la biología.

En primer lugar, se sospecha que las neuronas espejo han sido las responsables de la transmisión de habilidades desde aquellos tiempos donde el hombre aún no desarrollaba el lenguaje. Al estar profundamente vinculadas con la imitación o la mimesis, se supone que las neuronas espejo son las responsables de la capacidad de compartir conocimientos entre comunidades humanas primitivas (cómo levantar una choza, cómo subir un árbol) sin utilizar un lenguaje verbal, sonoro o gestual.

En este mismo sentido, los hallazgos de neuronas espejo en el área de Broca permiten presumir que su capacidad de reflejar también es decisiva en la adquisición del lenguaje. Por ejemplo, está comprobado que un niño antes de los seis años es capaz de aprender sin problemas más de tres lenguas diferentes, a través de la imitación y  posiblemente a través de las neuronas espejo.

Otro ejemplo útil para entender esta adaptabilidad son las personas que se mimetizan lingüísticamente con su entorno. Sirva un ejemplo para ilustrarlo: un hombre del altiplano central mexicano, empático, que pasa un par de semanas en el norte de México, regresa no sólo utilizando diferentes palabras, sino con un acento marcado. Es en este caso un fenómeno no racional, o sea, no se propone hablar como norteño, son sus neuronas espejo que traicionan su origen.

Otro de los beneficios que puede traer este hallazgo es ayudar a comprender mejor padecimientos como el autismo. Se cree que una de las causas que originan esta condición es un rompimiento entre estas redes de neuronas espejo, por lo que los individuos que lo sufren no pueden empatizar ni sentir lo que otros sienten. Dicho de una manera coloquial, no pueden ponerse en los zapatos del otro, por lo que su comportamiento y su relación con el mundo se da de una manera fríamente objetiva.

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La ficción y las neuronas espejo

Como era de imaginarse, las representaciones artísticas, al estar ligadas plenamente con la cultura y la evolución de nuestra civilización, y por vincularse con las emociones humanas, también accionan a las neuronas espejo. Por ejemplo, La piedad de Miguel Ángel genera en nosotros un reflejo empático por lo que está representando, la muerte de un hijo. Aunque no tengamos hijos, nuestra mente siente el dolor de una pérdida de alguien querido, “piedad”, empatía por el dolor representado.

Como mencioné arriba, las neuronas espejo también pueden accionarse a través de sonidos o palabras que evoquen a una acción. Sin embargo, se ha comprobado que el alcance o la potencia de estas es, por obvias razones, mucho mayor cuando no están mediatizadas por pantallas, palabras o metáforas.

Aún así, una serie de artículos recientes publicados en España, Canadá y Francia, demuestran los efectos de la literatura de ficción en el cerebro. En todos los casos los experimentos demostraron que neuronalmente no hay mucha distinción entre un suceso leído y uno vivido. De la misma manera, se demostró que se producen los mismos efectos y ‘caminos neuronales’ cuando procesamos las historias que leemos, que cuando socializamos o tratamos de compaginar socialmente con otras personas, en especial en esos momentos donde tratamos de entender los pensamientos o los sentimientos de los otros.

A esta prefiguración de lo que está pasando en la mente de los otros los científicos lo han llamado la teoría de la mente, y busca describir los procesos por los que la mente de un individuo atraviesa al relacionarse cerebralmente con otro, y va muy de la mano con los recientes hallazgos relacionados con las también llamadas neuronas especulares.

Junto con estos estudios científicos, también se han dado algunos otros enfoques que plantean preguntas con mayores alcances y aunque en muchos de los casos no han llegado las herramientas para comprobar las hipótesis, resultan muy pertinentes. Por ejemplo, las reflexiones que hace Aeolus Kephas, ensayista norteamericano, también conocido como Jason Horsley o Jason Kephas, en un artículo reciente publicado en varias entregas y hecho ex profeso para Pijama Surf.

En él, Kephas une tres aspectos muy humanos que responden a diferentes tiempos y circunstancias: el ritual chamánico, la pornografía y la literatura. Podrían parecernos temas muy dispares pero son justamente las neuronas espejo las que los unen.

El chamanismo (o las técnicas sagradas del éxtasis como las llamó Mircea Eliade) es en esencia un ritual efectuado por un hombre ungido para transitar entre este mundo y el otro, a fin de proteger y curar a los miembros de su comunidad de cualquier mal físico o metafísico que los pueda aquejar. A través de cantos, danza, pintura facial, y a veces ayudado con la ingesta de sustancias psicoactivas, el chamán logra sanar al enfermo.

Para Kephas, cuando el ser humano se encuentra en un ritual de este tipo, la  mente no nos hace creer que estamos siendo sanados, nos convierte en el chamán. La hipótesis  que arriesga el autor norteamericano es que empatizamos con la mente del chamán y somos nosotros mismos los que nos curamos. Una vez más, las neuronas espejo actúan sobre nosotros, nos auto hackeamos y sanamos.

Con respecto a la pornografía, Kephas y otros autores plantean que cuando la vemos, no estamos creyendo que  tenemos sexo, sino que literalmente estamos teniendo sexo en nuestra mente. De allí tal vez la adicción que produce en algunos individuos y la relación patológica que algunos establecen con esta simulación posmoderna, para ponerlo en términos que plantea Baudrillard en su libro De la seducción.

En tercer lugar, se encuentra la cuestión de cómo afecta o dispara la literatura a las neuronas espejo. Para Kephas, la escritura de diarios o bitácoras funciona como una terapia auto reflexiva y capaz de individualizarnos. Al escribir un diario, nos escribimos y describimos a nosotros mismos; construimos nuestra narrativa interna, nuestra historia personal, creamos empatía con nosotros mismos.

Asimismo, cuando leemos alguna obra de ficción, entramos -a través de la escritura- en la mente del escritor y se da una “compaginación de estados mentales, un trance compartido.” Aquí es donde encontramos al Kephas más audaz ya que presume que el escritor, al momento de producir la obra, si está totalmente inmerso en los estados de sus personajes, desbordado por el inconsciente, en trance, logrará que el lector sea capaz de penetrar por completo en la obra, y así habrá creado una obra universal.

Aún no se desarrollan las pruebas o el interés necesario para poder comprobar esta arriesgada pero estimulante teoría. Sin embargo, empíricamente todos podemos probar la fuerza de personajes como Humbert Humbert y saber que al leerlo, estamos entrando de alguna forma u otra, a la mente genial de Nabokov.

Así mismo, es común oír en los talleres literarios o en las escuelas de Guionismo aquello que dice más o menos: “si la historia es buena, caminará sola” o “si son buenos los personajes, hablarán por sí solos.” Más allá de lo práctico que puedan resultar estos consejos para construir piezas literarias con vocación universal, sabemos que cuando escribimos y nos imbuimos de lleno en lo que queremos transmitir, es seguro que nosotros estaremos más contentos con el resultado, y tal vez, con la ayuda de las neuronas espejo, podamos lograr empatizar con un mayor número de lectores.

Aunque faltan algunas evidencias y mucho camino que recorrer, creo que la virtud de lo que plantea Kephas es que casi todos los aspectos de nuestra vida, desde los más mundanos hasta los más trascendentes, pueden estar vinculados con estas neuronas, y en algún momento podrán verse modificados radicalmente.

Por una economía de la representación

Como comenté anteriormente, es muy probable que de no ser por nuestra piel, estaríamos todo el tiempo espejeando en nuestro cerebro todo lo que sucede a nuestro alrededor. Nos dolería la cabeza al ver al niño que se estrella contra un poste; al ver a un hombre inmolándose en fuego en la televisión, nuestro cerebro experimentaría el calor abrasador en todo el cuerpo.

Y aún así, aunque la piel nos separa, constantemente estamos intercambiando parte importante de nuestra información, y ni siquiera estamos conscientes. Estamos recibiendo estímulos sensoriales por diferentes medios todo el tiempo; en todos los casos, estos estímulos están generando reacciones químicas y cerebrales automáticas que ni siquiera podemos imaginar.

Por poner sólo un ejemplo, piensen en un  concierto. Vorágine, lluvia, setenta mil personas, algunas cantando, otras saltando, otras más estimuladas por sustancias psicoactivas, besándose, a todas las oímos, registramos. Vemos pantallas con publicidad; una mujer pasa a lado nuestro  oliendo a la misma crema que usaba nuestra primera novia; el hombre de seguridad bosteza; aquella llora; un grupo de borrachos empieza una pelea; el vocalista del grupo se arroja al público. Revisamos Facebook, actualizamos nuestro estado, tuiteamos…

En todos estos momentos, nuestras neuronas espejo se dispararon y repercutieron en nuestro sistema nervioso como si nosotros estuviéramos, literalmente, efectuando estas acciones. Se escribieron mil historias en nuestra bitácora neuronal que quedarán alojadas en la memoria. Mil historias listas para ser detonadas en cualquier otro momento, cuando alguien nos pregunte sobre el concierto, o volvamos a oír la canción que más nos gusta de la agrupación.

Es por eso que dejando todo el romanticismo y el hippismo a un lado, vale la pena darnos cuenta que todos estamos conectados en esta red intangible de espejos neuronales, en esta memoria colectiva microscópica y casi infinita de la sinapsis neuronal. Todos somos neuronas cerebrales.

Es por eso también que es un buen momento para pensar en qué tanto estamos dispuestos a recibir, qué queremos leer, qué mapas o referencias queremos tener en nuestra mente. Es tiempo de pensar en una economía de las representaciones y los estímulos, poner un filtro, y consumir sólo aquello que sea capaz de iluminar la oscura cavidad craneal.

Independientemente de si nos gusta el porno o la literatura europea del siglo XIX, o las novelas de Murakami, o estar todo el tiempo oyendo ‘narcocorridos’, creo que lo importante es estar conscientes de las implicaciones mayores que puede tener nuestro consumo inconsciente de narrativas y estímulos.

Esta responsabilidad implica también preguntarnos qué otros caminos abrirá la investigación de las neuronas espejo para entender nuestra realidad. Por ejemplo con la música, ¿qué caminos neuronales recorren ciertas melodías? ¿Qué pasa en nuestras mentes cada vez que escuchamos canciones como Hey Jude o Imagine? ¿Qué pasa en un estadio cuando setenta mil personas las corean?

O a través del biofeedback, esa nueva tendencia que permite obtener información de nuestro cuerpo a través de dispositivos tecnológicos y utilizarla para conocernos y, a la larga, hackearnos. No estamos lejos de tener en nuestra casa o integrados a nuestros lentes de realidad aumentada o al iPhone, un IRMf con el que podamos estar graficando todo el tiempo lo que sucede en nuestro cerebro. En su momento, esta información se subirá automáticamente a Facebook o a una app, y de allí se generará un  análisis de qué pasa en la mente de todos los usuarios, cuando por ejemplo, gana la selección mexicana de futbol un partido.

¿Qué camino neuronal vas a escoger? Sin paranoias, ni teorías de la conspiración, ¿quién es dueño de tus caminos neuronales? ¿Tú, el control remoto, Apple TV, Genius, o Youporn?

Piénsalo.

Especúlalo.

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