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Límulus

FLOOR FOR THE FORREST Relato desde dentro

Sin ninguna introducción, camino al patio central del museo, siempre acompañada. Frente a mí una escultura: cuatro varas metálicas forman un cubo, entre ellas se entrelazan de forma simétrica diversas cuerdas, creando espacios llenos de telas de distintos colores. Conforme me voy acercando a la pieza, ésta va revelando formas más definidas: camisas, pantalones, faldas, vestidos, shorts, se despliegan en un conjunto de colores y texturas.

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Fotografías de Toumani Camara

Pongo mis manos sobre la vara, veo a los ojos a mi compañero y sin mayor preámbulo subimos simultáneamente a la estructura. Observo cuidadosamente esta explanada cubierta de colores y, en esta ocasión, decido ser la primera en escoger las prendas con las cuales me vestiré. Me desplazo hacia ellas a través de las cuerdas apoyándome en mis manos y pies. Mi cuerpo piensa, empieza a tomar decisiones espontáneas, no busco un virtuosismo físico sino —en palabras de Trisha Brown— «evidenciar la conexión entre la mente y el cuerpo, desafiar la gravedad pero también dejarse someter a ella, dándole un nuevo sentido al gesto cotidiano de vestir y desvestirse.»

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Fotografía de Rodrigo Valero Puertas

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Fotografía de Toumani Camara

Mis decisiones no tendrán el resultado imaginado pues entra en juego la voluntad de la pieza, casi siempre es necesario adaptarse a los retos que imponen la gravedad y la ropa. No obstante, por más que éstas me pongan en aprietos, no puedo revertir la elección que hice debido a que alguien me observa y ya está involucrado en mi problema: abandonar la ropa sería abandonarlo a él.

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Fotografías de Rodrigo Valero Puertas

A veces, la tela que me sostiene no aguanta más y poco a poco se va desgarrando; el sonido que produce recuerda al rumor del piso del bosque cuando las hojas caídas y la madera crujen con nuestras pisadas.

A veces, la tela que me sostiene no aguanta más y poco a poco se va desgarrando; el sonido que produce recuerda al rumor del piso del bosque cuando las hojas caídas y la madera crujen con nuestras pisadas.

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Fotografía de Rodrigo Valero Puertas

Soy testigo de cómo varios  teléfonos celulares registran estos instantes, conservan y comparten —o tal vez «publican»— este momento; pienso en el sentido de lo efímero y en la resignificación que le damos hoy en día. Podría parecer contradictorio remontar Floor of the Forest aquí y ahora si pensamos que esta obra fue creada a principios de los años setenta en el contexto de la vanguardia neoyorquina y de la contracultura californiana.

Claro está que no podemos pretender que las cosas permanezcan intactas, la vida evoluciona y debemos saber adaptarnos a ella, reapropiarnos del pasado y actualizarlo. Aquí se trata  de volver a montar un pieza que ya se ha presentado bajo las mismas condiciones en varias partes del mundo y que por primera vez se presenta en México, veintitrés años después de su creación. ¿Qué significado tiene presentar esta pieza en el contexto actual de las artes escénicas en México? ¿Qué es lo que realmente cuestiona?

Es importante recordar que Trisha Brown, figura emblemática de la danza post-moderna, reformuló radicalmente lo que era la danza y la escena, el valor y la perspectiva que le damos a los gestos cotidianos dentro de una horizontalidad, articulando la gravedad, expandiendo los cuerpos y dándole sentido al presente sin nada más que ocultar o significar.

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Fotografía de Toumani Camara

Desde mi punto de vista, este performance nos incita a continuar liberándonos de ciertas ataduras que seguimos conservando de la tradición escénica en México, al proponernos y recordarnos otra visión de lo que también puede ser  danza y coreografía. Ya que pareciera que  un sector de los grupos, compañías, bailarines, coreógrafos y espectadores de nuestro país  quedaron estancados en el pasado y pocos fueron los que vivieron o experimentaron este «período marcado por el alejamiento de la especificidad de los medios, la disolución de los límites entre los géneros plásticos, la desmaterialización de la obra de arte y de las exploraciones interdisciplinarias que operan de igual manera sobre las prácticas coreográficas y de la danza, influenciadas asimismo por la aproximación espacial al objeto del minimalismo y sus intereses fenomenológicos.»[1]

Mi torso y cabeza se suspenden en el aire colgando de una playera de lycra que ya dio de sí; cualquier pequeño movimiento es suficiente para sentir como mi cabeza corre el riesgo de caer al piso. Traigo puesta una playera como si fuera un short pero conforme pasan los segundos el peso de mi pelvis sucumbe ante la gravedad; si tenso mis músculos  para agarrarme y desafiarla, es muy probable que me agote rápidamente y caiga.  Todos mis movimientos incluyendo mi respiración tienen que ser eficientes.

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Fotografía de Rodrigo Valero Puertas

Por un instante miro frente a mí a través de la tela, una mujer me observa, en sus brazos un bebé. Percibo cómo este pequeño reposa en el torso de su madre, su cuerpo está completamente relajado y se siente la confianza de que no caerá, pero es algo que sucede naturalmente, él no está consciente (como yo lo estoy ahora) de su cuerpo o de los riesgos que podría presentar su posición actual. Tomo esta imagen y la interiorizo de manera que logro relajar mi cuerpo y disfrutar el desafío a la gravedad. Abro la mirada y observo el espacio en el que me encuentro. La sala central del Museo Tamayo es muy grande. A pesar de estar envuelta en tela, no puedo ensimismarme, tengo que expandir mi presencia, mi cuerpo. Encontrar la energía precisa que logre atrapar a los pasantes. Me dejo envolver por los sonidos que llegan de Germinal, la instalación de Carlos Amorales que se encuentra a un costado. Imagino que esas percusiones son la resonancia que va generando mi compañero al desplazarse por encima de la estructura, afectando mi posición y llegando al espectador.

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Fotografías de Rodrigo Valero Puertas

Como bailarina del Centro de Producción de Danza Contemporánea, me cuestiono sobre la relación que tienen con el contexto actual las nuevas creaciones coreográficas. A lo largo de estos dos años y de las once obras en la cuales colaboré, pocos fueron los procesos que corrieron el riesgo de la exploración y la experimentación. ¿A qué se debe esto? ¿A las condiciones impuestas para crear una obra en cierto marco institucional donde sería necesario una reflexión más profunda de los modos de creación actuales? ¿Como si estuviéramos al límite de tiempo marcado por un calendario con el cual se debe cumplir? ¿Es esto una cuestión de tiempo o de necesidad? Es decir, ¿quién o qué es lo que realmente determina la diferencia entre la idea de «producción-entrega» y «experimentación-creación»? ¿La institución o el coreógrafo?

Me quedo con la sensación de que esta obra resalta la importancia de que la creación artística debe ser experimental y del peligro que corre al caer en patrones establecidos. Floor of the Forest nos proporciona la oportunidad de subrayar lo que ya fue, de darle un valor al presente e incitar a generar lo que sigue. Presentar la obra de Trisha Brown en un museo -que también presenta un marco institucional potente- provoca en el artista escénico y en el espectador el contextualizar de otras maneras la percepción que tenemos sobre el cuerpo, el movimiento y el espacio.

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Fotografías de Rodrigo Valero Puertas

«¡Tiempo!» … Siempre consciente de lo que sucede con mi compañero y a mi alrededor tomo la decisión de cómo y cuándo termino la acción que me encuentro haciendo y salgo a la superficie. Camino hasta el borde, siempre apoyada en mis manos y pies, y miro el espacio buscando si aún quedan residuos de nuestros trazos para borrarlos. Bajo de la estructura y mientras me alejo, ésta retoma la forma de una escultura.

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Fotografía de Toumani Camara

1. Julieta González, curadora de Floor of the Forest.  Museo R. Tamayo.

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Texto de Stéphanie Janaina, becaria del Centro de Producción de Danza Contemporánea (CEPRODAC-FONCA) 2011-2013.

Agradecimiento especial a Mariana Arteaga, Anaïs Bouts y Juan Madero, por compartir sus reflexiones, a Tony Orrico por compartir su experiencia y al Museo Tamayo por abrirnos las puertas.

 

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