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Límulus

GABINETE DE CURIOSIDADES Fósiles vivientes

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Ilustraciones por Ana Bellido

Texto por Andrés Cota Hiriart

No es extraño experimentar un profundo desconcierto la primera vez que uno se cruza con el término “fósil viviente”. Sin duda alguna, el concepto resulta perturbador. Contradictorio en el mejor de los casos. Incluso se podría llegar a decir que falaz.

Si nuestra intención fuera ser estrictos con el lenguaje, podríamos concluir que la expresión carece de lógica: no puede haber algo muerto que al mismo tiempo esté vivo. Además de que su significado carece de claridad. Dado que un fósil es un vestigio o remanente petrificado de lo que alguna vez estuvo vivo, pueden suscitarse confusiones graves. ¿Nos estamos refiriendo a una roca bendecida con el don del libre albedrío? ¿Acaso proponemos la existencia de un milagroso mineral animado? ¿Declaramos abiertamente que Michael Ende no inventó al hombre de piedra? Por supuesto que no. Aunque confieso que sería por demás interesante, al menos en el mundo real dichas propuestas no tienen ningún sentido.

Es posible que el término se lo debamos, como tantos otros fundamentos biológicos, al buen Darwin, que lo utilizó cuando hizo mención del ornitorrinco y de un pez pulmonado sudamericano, en su exquisito El Origen de las Especies: “(…) y en agua dulce encontramos actualmente algunas de las formas vivas más anómalas que se conocen en el mundo, tal como el Ornithorhynchus y el Lepidosiren, que, como fósiles, ahora conectan hasta cierto punto con órdenes que se separaron ampliamente en la escala natural. Estas formas anómalas se pueden así llamar los fósiles vivientes”.

Lo que el gran científico inglés notaba con esta sentencia eran las peculiares características que enmarcan a dichos organismos dentro del resto de sus parientes cercanos y que parecen enlazarlos directamente con grupos taxonómicos completamente distintos a su estirpe. Por ejemplo, en el caso del ornitorrinco, estas características son: la reproducción por medio de huevo, la presencia de pico en el rostro y el empleo de veneno como medio de defensa (así es, por sorprendente que pueda parecer, los ornitorrincos son venenosos; los machos cuentan con un espolón en las extremidades posteriores que utilizan para descargar una toxina poderosa). En el turno del Lepidosiren, el término “fósil viviente” se refiere a que estos peces poseen una conformación ósea de las extremidades superiores similar a la que se observa en los tetrápodos terrestres, así como a la presencia de pulmones.

Desde que el término fuera acuñado a mitades del siglo XIX, y a pesar de su rotunda ambigüedad conceptual, se ha enraizado con fuerza dentro de la disciplina naturalista. No hace falta mencionar que los académicos más rigurosos se crispan al escucharlo; a fin de cuentas, aquello que está vivo por definición no puede ser un fósil. Pero no seamos tan rancios y demos una oportunidad al juego de palabras. La verdad es que estamos ante una constricción lingüística, un atajo comunicativo para designar varios casos posibles:

1) Organismos vivientes que guardan una similitud estrecha con el registro fósil que los representa. Es decir que durante un periodo de tiempo geológico extremadamente largo aparentemente, no han sufrido mayores cambios morfológicos y/o fisiológicos; estos cambios no suceden necesariamente con respecto a un mismo individuo, como sería el caso del Monstruo del Lago Ness (que por cierto, por si aún quedara duda, no existe), sino dentro de toda la especie. Por ejemplo, los famosos límulus.

2) Organismos de los que hasta el momento sorpresivo del descubrimiento de algunos ejemplares con vida, sólo teníamos constancia de su existencia por medio del registro fósil. Es decir, especies que se pensaba que habían dejado de habitar la Tierra en un pasado remoto, y sin embrago se mantienen vivas. Este hecho se encuentra referido en la literatura como “el efecto Lázaro”. Seguramente el caso más conocido de este tipo de organismos es el del Celacanto, un pez enorme de las profundidades oceánicas.

3) Los últimos organismos remanentes con vida de grupos taxonómicos que florecieron millones de años atrás. Especies que aún pueblan la tierra que están completamente aisladas en términos filogenéticos del resto de seres vivos. Es decir, que son los últimos representantes de árboles genealógicos que se conocen principalmente por sus fósiles. Como la Tuátara de Nueva Zelanda y el árbol Ginkgo.

Quizás se podría decir que, bajo un escrutinio severo, las definiciones aquí ofrecidas no atinan a resolver el asunto. Y no voy a negarlo, pero estamos ante un término biológico escurridizo que cuenta con múltiples acepciones; si se desea obtener su versión académica elevada, para eso existen las revistas especializadas.

Dejémonos ya de elaboraciones crípticas, aceptemos un poco de incertidumbre en el campo de estudio y comencemos de una buena vez con el catálogo de los fósiles vivientes.

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