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Límulus

General León 51 Luis Palacios Kaim

“El muro exterior de la casa es,

al mismo tiempo,

el muro interior del universo”

-LPK

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Fotografías de Toumani Camara

Luis Palacios Kaim es un artista visual que estudió Filosofía y Sociología. Según sus palabras, “el arte de la no acción” siempre lo ha seducido. Al principio esta afirmación podría no entenderse cabalmente, pero basta conocer un poco la obra de Luis Palacios para entender las dimensiones que ésta implica. El silencio, el tiempo, la propiedad y la manera en que nos relacionamos con los espacios ocupan un lugar especial en sus reflexiones, sobre todo en una de sus obras más recientes, “General León 51”, la adquisición de u na casa ubicada en la colonia San Miguel Chapultepec que no ha sido modificada desde su compra. Al contrario, Luis Palacios ha procurado mantenerla –casi– intacta:

“Cada vestigio, cada elemento, cada espacio se fueron volviendo imprescindibles; pausadamente fui penetrando su silencio, descifrando su eco, recorriendo su huella. Subsistía algo fundamental que quería expresarse a través de este mutismo, algo que el poder político, los intereses económicos y la costumbre habían decidido clausurar. Sólo hacía falta el sosiego para que las cosas volvieran.”

Cubiertos por tonalidades naranjas, amarillas y verdes (producto de la oxidación, la luz y las plantas), Jazmina Barrera entrevistó a Luis Palacios en General León.

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Jazmina Barrera [JB]: ¿Cómo encontraste esta casa?

Luis Palacios Kaim [LPK]: Un día me equivoqué de rumbo y pasé por General León. Vi un anuncio colgado que decía “Se vende como terreno”. Me bajé a preguntar, el hombre me dio el precio, convenimos en ese mismo momento y al cabo de seis meses estaba yo comprando la casa. Así fue, fue por casualidad, no sabía ni siquiera que existía la calle. Nos encontramos la casa y yo.

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JB: ¿Por qué decidiste dejarla intacta?

LPK: Porque me di cuenta de que el mundo, la vida, las cosas, los seres humanos tienen una serie de marcas, de cicatrices, de huellas, de fósiles que va dejando el tiempo y que si las hubiera yo limpiado o restaurado, las hubiera eliminado. Es como si te encuentras una zona arqueológica interesante y decides hacer sobre la zona un parking gigante o limpiar todo lo que hay allí y tirar todo lo antiguo, te pierdes de todo ese testimonio que el tiempo va dejando en las cosas.

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JB: ¿Consideras que la casa misma es una obra de arte?

LPK: Sí, definitivamente. Es una obra de arte que se ha ido construyendo poco a poco. El hombre que la construyó, el primer dueño, era un hombre enamorado de la casa (te lo digo porque tengo fotos de ese personaje). Siempre me parece conmovedor, porque  se ve que venía todos los días a revisar la obra, revisaba todos los detalles de la construcción y, a pesar de no haberlo visto nunca, me he enamorado de él. Era un dibujante, un condiscípulo de Diego Rivera, con detalles muy finos en su diseño y una muy buena persona. Te lo digo porque conocí a sus hijos, una familia adorable, cariñosa, sencilla, clase media, normal.

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JB: ¿Crees que haya fantasmas en la casa?

LPK: Yo creo que decir “fantasmas” es una forma un poco burda de decir que hay historia, que hay vida. Estoy convencido de que hay vida, de que se sigue habitando por la gente que la habitó. Pero igual esta casa, que el barrio, que la ciudad, que el mundo; o sea, estamos rodeados de esos seres que a veces convertimos en dioses, que a veces son nuestros ancestros, pero yo no entiendo la vida en el puro presente. Realmente, el pasado, que es la acumulación de todo el tiempo que ya sucedió, es lo que tiene más peso. A eso yo llamaría fantasmas; lo que pasa es que ya “fantasmas” tiene una connotación peyorativa, como de “¡ay, qué miedo, qué susto!”, me remite directamente a Gasparín. En cambio, la presencia real, absoluta de todo lo que ha acontecido aquí es un hecho que sigue permaneciendo y es lo que se siente al estar aquí.

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JB: ¿Por qué la idea de “llevar la casa a China”?

LPK: Bueno, este es un asunto comercial en el que de alguna manera exploro el estado económico en el que se maneja el arte contemporáneo. Haciendo un cálculo muy primitivo, pero muy real: si yo esta casa la quito del mercado inmobiliario y la paso al mercado del arte, inmediatamente tiene otro valor. Si cambio el mingitorio de Duchamp de una tienda de artículos para baño a una tienda de arte, cambia totalmente su valor económico y su valor simbólico. Entonces, ¿qué pasa si yo designo esta casa ya no como un bien raíz, sino como una obra de arte? Es como puntualizar, como subrayar que esto está sucediendo y que podría suceder con cualquier otra cosa.

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JB: ¿Qué tipo de proyectos se han llevado a cabo en esta casa?

LPK: Bueno, está dividido en los proyectos que Paty [Patricia Lagarde] y yo hemos hecho y que tienen que ver directamente con esto de lo que tú hablabas: la casa como obra de arte que se va a China. Al lado de ello, he desarrollado otros proyectos que se son “General León, extensión norte”, en donde lo que hago yo es extender mi propiedad a todo el bosque de Chapultepec, con el cual colindo, naturalmente, pero que quiero apropiarme de él porque él me pertenece desde que yo era niño, cuando venía muy seguido a visitarlo, ya que yo nací en la colonia Condesa, a cinco cuadras de Chapultepec. Desde niño, yo lo consideraba mío, y con el tiempo se va perdiendo. Además, es una posibilidad de reflexión acerca de lo que es la propiedad. Cuando yo digo “extensión norte”, cuando digo “extender mi casa al bosque”, ¿qué quiere decir eso?, ¿de qué manera los ciudadanos somos verdaderamente propietarios de la ciudad y de sus áreas públicas?, ¿hasta qué punto nos pertenecen y de qué maneras las usamos? En ese sentido es decir que mi casa se extiende hasta donde yo quiera. Porque siempre hablamos de los muros, de las colindancias, del catastro, de lo delimitado legalmente, pero yo creo que una propiedad va mucho más allá de todos estos límites gubernamentales.

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JB: ¿Qué planes a futuro hay para la casa?

LPK: Seguir incorporando obra que tenga que ver con estos elementos que hemos hablado: con extensión norte, con el viaje a China. Hay otro proyecto que empezamos a desarrollar, que es la colaboración con los distintos museos de la ciudad. Consiste en que yo les pido que me regalen sus focos fundidos, los que alguna vez iluminaron las grandes obras maestras que hay en la ciudad de México y que son la causa de que la gente haya podido ver esas obras de arte. Si nos vamos más lejos, nos vamos a la teoría griega en donde la luz no entraba por los ojos, sino salía, entonces yo considero que pedir esos focos fundidos es como pedirle al museo lo mínimo, el desperdicio, lo absurdo y que colaboren conmigo para guardar esa memoria que tienen los focos, que durante meses, años, décadas, estuvieron iluminando las obras de arte.

Lo de Chapultepec, la idea es visitar mi propiedad todos los días y hacer acciones, instalaciones, juegos… lo que yo hacía de niño, pero ahora con una connotación artística. Desgraciadamente no puedo regresar a la inocencia de jugar como jugaba antes recolectando caracoles, por ejemplo, pero esa sería la finalidad. Hay otro proyecto también sobre el bosque de Chapultepec que es pedirle a la directora del zoológico que libere a todos los animales dentro del bosque. No tiene que ver con el buen trato a los animales, sino con imaginarme, en el perímetro del bosque de Chapultepec, a los animales sueltos, y que cada uno se arregle como pueda para comer y para vivir, y si algún director de escuela quiere llevar a sus niños a que conozcan a los animales, pues que entre al bosque con los riesgos que esto conlleva. De esta manera también es como decir: “lo que vemos en el zoológico, eso no son animales, son restos de animales. Pierden su fiereza, pierden su astucia, pierden su libertad”. Tiene que ver con un sueño que yo tenía de niño, que es: entrando al bosque, volteando a la izquierda, encontraba a un oso antediluviano , de cinco metros de alto, que se había escapado y con el cual yo tenía una relación entre amistosa y peligrosa. Conforme avanzaba en el bosque, me iba dando cuenta de que los animales se habían escapado de sus jaulas, que estaban a su antojo, libres… entonces, se trata de llevar esta fantasía a las últimas consecuencias. Desde luego nadie va a soltar a estos animales, pero ahora que está tan de moda esta idea del cuidado a los animales, bueno, pues si somos tan congruentes, ¡soltémoslos! Es interesante, ¿quién acabaría prevaleciendo?, ¿quién prevalecería ahí?, ¿quién se comería a los demás? A lo mejor acaban ganando las ardillas, que cada vez son una plaga más grande.

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JB: Por último, dices que en la casa hay muchas huellas del tiempo. Quisiera que me mostraras tres de tus favoritas.

LPK: Mira, una, no sé si llamarla huella del tiempo, es el pequeño número que está ahí, invertido, que alguien rayó en algún momento, que dice 1935. Es el año en que se construyó la casa. Otra huella que me gusta mucho es este escurrido del agua en el muro. Y la tercera es la duela de la casa, cómo ella puede platicar en dónde estaban las personas, dónde los muebles: simplemente con ver el gasto en la duela tú sabes por dónde caminaban y por dónde no. Estos son sólo tres, está lleno de este tipo de ejemplos. Porque también es una huella, de alguna forma, saber que hace 50 o 60 años, la esposa del dueño sembró una pequeña nochebuena, que está aquí junto a nosotros. Hay toda clase de vestigios y testimonios.

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