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Límulus

Libellus de Medicinalibus Indorum Herbis, el primer libro mestizo

Texto de Mar Gámiz

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Imágenes escaneadas del número 50, edición especial, de la revista “Arqueología Mexicana”, junio 2013.

Es de sobra conocido que los indígenas fueron sometidos por los españoles no solamente manu militari (mediante la fuerza militar), sino también a causa de las grandes mermas poblacionales provocadas por las epidemias importadas por los europeos y, en gran medida, por la labor evangélica de los misioneros.

Ambas razones son también las causas que propiciaron la producción de uno de los monumentos filológicos que fundamentan a la sociedad nacida del choque de culturas y que puede considerarse como el primer libro mestizo.

Durante tres largos años que van de 1545 a 1548, la población del valle de México se vio asolada por una de las más crueles epidemias de entonces: la viruela, o cocoztli, en náhuatl. Como ésta era la tercera que veía el siglo XVI, los habitantes originarios habían desarrollado ya ciertos experimentos herbarios para contrarrestar los malestares ocasionados por las nuevas enfermedades y los españoles eran un tanto más sensibles a la medicina indígena que cuando desembarcaron.

Por otro lado, los misioneros franciscanos y agustinos habían fundado colegios en distintas partes de Nueva España en donde impartían gramática, música y teología a los hijos de la nobleza local. Evidentemente el primer intento salió, si no mal, sí babélico, pues ni los frailes conocían las peculiares lenguas americanas, ni los indígenas el castellano. Muy poco tiempo pasó para que comenzaran los frailes a deprender náhuatl, tarasco, maya, otomí y demás, así como para que empezaran a enseñar no sólo castellano, sino latín, pues tenían en mente un objetivo que después se tildó de descabellado e irracional: formar un clero indígena.

Uno de los colegios que trabajaba hacia ello con más ahínco fue el de Santa Cruz de Tlatelolco, insigne por varias razones. Una de ellas, que fue ahí donde fray Bernardino de Sahagún estudió náhuatl y recabó la historia del pueblo mexica. Otra, que el aprendizaje del latín fue tan avanzado allí como para que su fundador, el obispo Juan de Zumárraga, lo llamara el “colegio de los gramáticos indios” y lo suficientemente asimilado como para crear una especie de latín mestizo, que abundaba en construcciones hispánicas, expresiones coloquiales y neologismos de procedencia náhuatl.

Fundado en 1536 con un impulso humanista que decaería en 1583, el Colegio Santa Cruz de Tlatelolco vivó diez años ejemplares, en los que el aprendizaje entre culturas fue recíproco: los religiosos introducían a los indios en la cultura occidental al tiempo que éstos los especializaban en las lenguas de la región y los sensibilizaban hacia sus usos, costumbres e historias.

La vida intelectual y científica del colegio era tan intensa, que incluso sobrevivió la epidemia de cocoztli. En esos años, Santa Cruz de Tlatelolco contaba entre sus filas con un médico indígena de edad avanzada, llamado Martín de la Cruz. Sin estudios como los que impartía el colegio, pero con años de experiencia y saber heredado, atendía las enfermedades de los estudiantes y frailes tan exitosamente que cuando llegó la viruela no sólo se recurrió a él buscando remedios, sino que se decidió consignar para la posteridad el conocimiento del viejo. Esto con dos propósitos: el primero y más evidente, tener a la mano un recetario para cuando Martín no estuviera; el segundo y más apremiante, mostrar a la Corona el trabajo que se realizaba en el colegio para solicitar más apoyo económico.

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El códice exhibido en el Museo Nacional de Antropología. Foto de Javier Romero.

Fue así como se propició la escritura del Libellus de Medicinalibus Indorum Herbis o Tratado sobre hierbas medicinales indígenas. Dictado por Martín de la Cruz e ilustrado por alumnos del colegio, fue traducido al latín por otro estudiante adelantado en gramática: Juan Badiano, de ahí que al códice se le conozca como “De la Cruz-Badiano”.

Poco más de veinte años después de la conquista, se produjo el primer libro mestizo: el conocimiento indígena transmitido en la forma canónica occidental, en dos lenguas históricas. Con 15.2 cm de ancho, 20.6 cm de alto y 2 cm de grosor, a lo largo de 64 folios de papel italiano encuadernados en forma de libro se estructura un herbario medicinal en trece capítulos. Organizados según las enfermedades que le dan al cuerpo, empezando por la cabeza y terminando por los pies, el nombre de todas las plantas está consignado en náhuatl y la descripción de su uso y recetas está en latín.

Una vez concluido, en 1552 el hijo del virrey Antonio de Mendoza lo presentó a la corona española y consiguió el financiamiento oficial para el colegio. Por otra parte, también obtuvo concesiones particulares para comercializar hierbas medicinales americanas, actividad de la que pocos españoles obtuvieron ganancias, pero entre ellos destaca el sevillano Nicolás Morades, que, con base en el Libellus, redactó y publicó su obra Historia medicinal de las cosas que se traen de nuestras Indias Occidentales.

Tristemente, ocurrió con el Libellus lo mismo que con el colegio: víctimas ambos de los prejuicios, el miedo y la cerrazón de los conquistadores, el primero se redujo a las sombras y el polvo de la biblioteca real y el segundo se enfrentó a prohibiciones y reducciones económicas que lo llevarían a la ruina.

Durante más de 200 años, el primer libro mestizo fue desempolvado en tres ocasiones: 1) a principios del siglo XVII, cuando Diego de Cortavila y Sanabria, farmacéutico del rey Felipe II, lo incorporó a su colección libraria; 2) en 1624-25, durante la visita del cardenal Francesco Barberini, éste adquirió entonces el libro y lo catalogó como “Codex Barberini Latin 241” en su biblioteca particular, y 3) cuando llamó la atención de un colega de Barberini, el cardenal Cassiano dal Pozzo, lo suficiente como para hacer una copia, que terminaría en la biblioteca del rey inglés Jorge III.

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Detalle de la caja en que llegó el Códice de la Cruz-Badiano a México en 1990. Foto de Javier Romero.

La suerte del Libellus cambió radicalmente a principios del siglo XX. En 1902 la biblioteca Barberini fue trasladada a la del Vaticano en Roma. Allí fue descubierto nuevamente en 1929 y durante la década de los treinta, dos estudiosos independientes, Emily Walcott Emmart Trueblood y William Gates publicaron algunos textos latinos con traducciones inglesas e ilustraciones. En 1952, Francisco Guerra publicó una versión española del Libellus con una selección de los dibujos y en 1964 (440 años después de su llegada a España), el Instituto Mexicano del Seguro Social publicó una versión facsimilar, con traducciones al español, a color y con un análisis científico.

En 1990, el Libellus regresó a México durante la visita del papa Juan Pablo II. Desde entonces lo resguarda la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia; en 2014 es exhibido por primera vez al público general en la exposición Códices de México: memorias y saberes, en el Museo de Antropología.

Para finalizar, es pertinente apuntar que el análisis científico publicado en 1964 y al que ha sido sometido posteriormente tuvo que ser realizado por mexicanos, pues para éstos resultaba más fácil identificar las plantas por el hecho de que los nombres en náhuatl de las plantas han sobrevivido hasta la fecha. De esta manera se comprueba la continuidad del mestizaje que tuvo lugar a principios del siglo XVI.

Bibliografía:

-Osorio, Ignacio. La enseñanza de latín a los indios, México: UNAM / IIF, 1960.

-“Códice de la Cruz-Badiano, medicina prehispánica”, Arqueología mexicana, edición especial no. 50, junio de 2013.

 

 

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