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Límulus

Quinto Sol Jorge Gutiérrez Reyna

Poema de Jorge Gutiérrez Reyna

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Fotografías de Toumani Camara

Este es nuestro sol, en el que vivimos ahora…

El Quinto Sol, 4 movimiento su signo,

se llama Sol de movimiento porque se mueve, sigue su camino…

en él habrá movimientos de tierra. Habrá movimientos

y hambre y con esto pereceremos.

-Códice Chimalpopoca

 

En 7 de abril del año de 1645

hubo un temblor de tierra general muy terrible.

Saliendo la última religiosa, cayó la iglesia y parte del convento,

alboroto grande en la portería porque salieron

fuera de la clausura 37 religiosas.

-Cronista anónima del Convento de Santa Clara

 

Rezarán pidiéndole a la Señora de la Tierra

sosiegue los temblores, que pocos años ha,

con tanto terror nos amenazaron.

-Sor Juana Inés de la Cruz

Salí descalzo,

sin las llaves,

sin cerrar la puerta

y sin los lentes pero alcanzo a ver

a los vecinos salir del edificio,

agolparse a mi alrededor

en la calle, los escucho

llamarse a gritos los unos a los otros.

Nos columpiamos con el piso.

Un insistente golpeteo en las ventanas,

un bamboleo inusitado de los árboles;

ladran todos los perros

y todas las alarmas de los coches.

“En México asaltan y hay temblores,

no te vayas”, decía mi abuela,

“asaltan y hay temblores”, me persignaba

minutos antes de subirme al autobús.

Miramos aterrados las paredes,

como esperando

que no se nos vengan encima los ladrillos.

“Tuve un sueño —dice sor Juana

a los contertulios del locutorio—.

No son los vapores que el calor

solar de los trópicos desprende

de las lagunas subterráneas

los que ocasionan los temblores;

son las ondas generadas por el roce

de las placas tectónicas que flotan

a la deriva sobre un planeta

de roca fundida. Las placas

nos parecen gruesas y sólidas

porque en sus lechos ásperos

se acurruca el costillar del dinosaurio

y abre su mano la raíz de las montañas.

Pero son finas como la cáscara de una manzana.

Las costas de África y América por eso

son las piezas contiguas

de un mismo rompecabezas continental.”

“Sor Juana,

¿qué cosa son los dinosaurios?”

“Si te lo dijera,

tendría ruido con el Santo Oficio.”

La muchacha del 501 llora

sobre el hombro de un desconocido;

el otro, en calzones, pregunta

“¿cómo están?” por el teléfono y las monjas,

las 37 monjas que rompieron

su voto de clausura se apiñan,

pobres, como un puñado de cerillos

recién apagados entre la nube de polvo.

Saliendo la última,

el campanario

se dio de frente

contra el suelo.

Como clarisas con el cielo abierto

nos reencontramos los unos con los otros

y, sentados en la banqueta,

la plática nos cura del espanto.

“Estamos bien todavía”, nos decimos

cuando decimos “¿cómo sigue

su esposo?”, “¿se acuerda

del 85?”, “¿frente a qué retablo

vamos a rezar el Ángelus, hermanas?”,

“hay que juntarnos un día de estos”.

“¿No hubo entonces Atlántida?

Explícanos, Juana Inés, cómo entonces

apuntan a lo alto las pirámides

y en códice y sarcófago perfilan

los dioses su bestial fisonomía

en uno y otro lado del océano.

¿No es ello prueba del antiguo puente

entre aquél y este Nuevo Mundo?”

“No faltará en el futuro quien discuta

esta teoría de las placas sobre la esfera.

Quizá hubo Atlántida

y los peces tal vez naden

entre las ruinas de las columnas

de los templos sumergidos.

A lo mejor la tierra,

como creían los mexicanos,

no sea sino el lomo,

que de vez en cuando se estremece,

de un enorme reptil cuyas escamas

son los bosques, de un dinosaurio

que chapotea sobre las aguas.”

Las que estaban fuera entraron

con tanta ansia que, aun mandando el capellán

salieran todas, decían: “eso no”,

todas juntas moriremos

si es la voluntad de Dios. ¡Qué tontería!

Hermanas, no vuelvan a enclaustrarse.

¿No extrañas tú soltarte los cabellos

y salir a correr bajo la lluvia?,

¿no tienes ganas de sentir

los sonoros cristalillos del mar

entre los dedos de tus pies?

Que otros pisoteen tu velo sobre el pavimento.

Al final de esta calle están abiertas

todavía las puertas en la casa

de tu padre y llegarás a tiempo

para sentarte a la mesa.

Yo extraño a veces la casa de mis padres,

cercada de las sierras, donde un patio

se sonroja ante la terca

coquetería del otoño y el sueño

se desliza sin pausas hasta el alba.

Donde nunca tiembla.

Vecinos,

¿por qué nos quedamos

después de tantos siglos

en esta ciudad?

A esta hora mi abuela

debe estar picando

las cebollas para la comida.

Hasta el próximo temblor, vecinos míos.

“¿Que si habrá un gran terremoto?

Lo habrá pero ni yo puedo decirles

el día ni la hora: el Quinto Sol

terminará con una brusca sacudida

del monstruo y tendremos que ofrecer

―dice burlona―algunos corazones

a la Señora de la Tierra

para que siga posponiendo el cataclismo.

En cambio, les puedo asegurar

que seguirá temblando y habrá que acostumbrarse

a convivir con los temblores

como con los perros de la Inquisición,

las multitudes lúbricas del metro,

las ratas despanzurradas sobre la banqueta,

con el agua hasta el cuello

y la sed en la garganta, con la idea

de que no saldré ni muerta del convento.

Grietas incurables en la espalda

de esta urbe

que no termina

de romperse.”

Antes de enclaustrarme nuevamente

escucho desde el pasillo

la voz del conductor

en el departamento de al lado.

La anciana viuda

ha permanecido en su sillón.

Contempló el columpiarse de las lámparas,

la brusca interrupción

de su telenovela por las noticias:

“no se reportan aún afectaciones mayores

tras el temblor de hace unos minutos…”

Luego el programa se reanuda:

sube hasta mi ventana el olor

de las papas que se descarapelan

en el agua hirviendo sobre las estufas

mientras evisceran el pollo las vecinas;

las clarisas rezaron puntualmente

el Oficio Divino

en la no tan destruida sala de labores;

llama mi abuela para preguntar

si sigo en pie.

Con el teléfono entre el hombro

y la oreja devuelvo a los libreros

a dos o tres arrojadizos,

como recoge la mañana sus pedazos

y se apresura

para llegar puntual al mediodía.

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