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Límulus

Santos Diableros Introducción a un documental web

Texto y fotografías de Pablo Martínez Zárate

El tintineo de las carretillas resuena por todo el centro de la capital más antigua del continente, núcleo político y económico de un país de más de ciento diez millones. Ellos, jóvenes y viejos, todos llegaron a la ciudad de lejos. Algunos encuentran en ella su nueva casa, otros sólo vienen por temporadas altas de comercio y regresan a sus pueblos. Trasladan cientos de kilogramos de mercancía de un lado para otro, van y vienen durante todo el día; de la Merced a Tepito, Eje Central y la Guerrero, a la TAPO, la Central de Abastos y Metro Insurgentes, Revolución, Hidalgo y de retache, hasta que el cuerpo aguante.

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Los diableros son una estampa característica del comercio citadino. Les dicen diableros porque a su instrumento de trabajo se le conoce como “diablito”. Por decirlo de alguna manera, ellos agarran al diablo por los cuernos y lo ponen a trabajar. Por eso son santos. “Muchos de los paisas que llegan aquí, pues no tienen de otra más que agarrar el diablito”, dice Daniel, Michoacano de 50 años que vive en el Distrito Federal con su familia desde hace tiempo. La mayoría viene del campo y se les ve en grupos pequeños, reunidos en las esquinas junto con otros diableros de su misma comunidad; configuraciones de familiares o conocidos que llegan siempre acompañados y ocupan rincones del territorio urbano a microescala. Los mayores traen a los más jóvenes cuando ya están en edad, aunque no todos tienen a sus familias en el Distrito Federal.

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“Él es mi hermano menor”, apunta Enrique de Jesús a Juan, quienes con otros más, jóvenes y no tanto, vienen desde la sierra de Oaxaca y ocupan la esquina noreste del cruce entre Jesús María y Regina. Todos varones que además de esquina comparten un mismo apartamento. Su tío y otros hombres más viejos dejan su pueblo en temporada alta. Rodeados de papelerías, la temporada alta para los diableros de esta esquina y aquellos ubicados en las calles aledañas coincide con las fechas de calendario escolar, aunque el comercio en estas zonas centrales de la Ciudad de México nunca descansa. Si bien el diablito es común en todo México, la figura laboral del diablero o incluso la de las comunidades de cargadores se da en zonas comerciales de núcleos urbanos. Entre jóvenes y viejos, muchos regresan a su tierra durante la cosecha.

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Los integrantes de estas microcomunidades de trabajo provienen casi en su totalidad de poblaciones indígenas al interior del país y no pocos tienen problemas comunicándose en español. Algunos toman el diablo tan jóvenes como los ocho o diez años, mientras que otros más —la mayoría— hacia la adolescencia. “Allá en el pueblo pobre tú, pobre él, pobre yo, ¿quién va a dar trabajo?”, se lamenta Don Pablo, mazateco de más sesenta años, quien con sus brazos delgados pero de venas saltonas como músculos, un metro sesenta de estatura de “buena madera de la sierra de Oaxaca”, presume cargar hasta doscientos kilos sobre el diablo. Los hay más viejos que Pablo, de 70, 80, 90 años. Pablo y Leoncio, el encargado de la bodega y las carretillas, me contaron de un señor de ciento cuatro años que sigue empujando su diablito todas las mañanas. No lo conocí. De los que sí, muchos han sido diableros o cargadores toda su vida, otros regresaron al oficio cuando la edad empezó a jugar en su contra al buscar otro tipo de trabajo. Para un gran porcentaje de los diableros, su trabajo les brinda libertad, a diferencia de una tienda o una fábrica.

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Quienes no tienen a su familia ni una comunidad con la cual compartir departamento, por quince pesos la noche pernoctan en la bodega donde se guardan los diablos. Los diableros que allí habitan tienen sus pertenencias en un par de cajas pendiendo de las paredes y por la noche extienden cajas de cartón y sarapes sobre el mismo diablo, que es su cama. Algunos no van al pueblo más de dos, tres veces al año (para la cosecha y las fiestas). Las jornadas laborales son de 8 a 10 horas, la ganancia regular de 50 a 60 pesos, con días buenos de más de 100 pesos. “La cosecha tarda mucho; aquí, aunque poco, sale para comer y para mandar a la familia”,  expresó Abelardo Candelario, hidalgüense de sesenta años.

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Cuando me acerqué a los diableros, llevaba tres años trabajando en la Merced y en el Centro Histórico. En parte para un proyecto de creación documental (cine y web) y de vinculación social  del cual Santos Diableros es en cierta medida una continuación. Reconocí en esta comunidad relatos sobre asuntos nacionales relacionados con identidad y equidad social, con el impacto de la industrialización en las aspiraciones de las nuevas generaciones y el olvido que sufre el campo, con la ineficiencia operativa del sector público y el desinterés generalizado por el bienestar comunitario. Una radiografía de las condiciones de vida y oportunidades de realización que tiene la mayoría del pueblo mexicano y, en gran medida, la población mundial que vive en la pobreza, mucha de la cual creció del cultivo de la tierra para quedar cada vez más lejos de las consideraciones económicas y políticas de primer orden.

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Con el documental damos voz a su historia, que también nos cuenta mucho sobre nosotros como humanos y nuestras apreciaciones de la vida. Es un documental web, lo que implica que no tiene un solo camino de lectura y puede explorarse a libertad del usuario. En lo formal, partiendo de la fotografía análoga, texto y sonido en una narrativa digital, Santos Diableros nace como un modelo muy simple que pretende extender la producción de medios digitales a más contextos que no necesariamente tienen acceso a estas tecnologías. Por lo mismo, el documental se diseñó pensando en un formato fácil de procesar sin muchos recursos tecnológicos (imagen, sonido y texto), así como un código editable sin mayores conocimientos previos de programación y libre para su réplica por cualquier persona. Como parte de la difusión de la historia de los diableros, se realizan talleres de documental donde se trabaja y se amplía el código original a partir de una metodología de investigación y documentación audiovisual. El primer taller se impartió en la CASA de la Ciudad en Oaxaca durante el mes de junio, el segundo se llevará a cabo en ATEA en julio.

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El código abierto, metodologías y noticias de talleres y proyectos afines, pueden consultarse aquí. El documental web puede explorarse aquí.

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