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Límulus

Somos muchos otros Visión de la marginalidad urbana

Texto por Mar Gámiz

Así como Tzvetan Todorov delimitó su aproximación a los otros en su estudio sobre la conquista de América con base en tres ejes, Gisela de León hizo lo propio para generar Somos muchos otros. Eligió una unidad de tiempo: tres años de documentación; una unidad de lugar: la Glorieta de Insurgentes, y una unidad de acción: la percepción de la marginalidad urbana. La diferencia en su aproximación fue que Gisela también se incluyó como sujeto de estudio y encontró otros dos ejes fundamentales para aspirar la comprensión de los otros:

  1. Una unidad que llamaremos “epistemológica”, cuya sustancia está conformada por los prejuicios.

  2. Otra unidad que llamaremos “ética”, que se basa en adoptar la actitud “correcta” –como la llama Gisela– y que mucho tiene que ver con el respeto.

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Gisela, estudiante de Comunicación Visual, buscaba en un principio representar el caos. No sabía bien cómo ni dónde, pero llegó a la Glorieta, un lugar de la Ciudad de México que se caracteriza por albergar variopintas tribus urbanas (emos, punks, darks) por su proximidad con la Zona Rosa (conocida por ser un espacio amable para la comunidad LGBT), y porque en su perímetro hay asentamientos de personas que, desde muy niños y por diversas circunstancias, han hecho de la calle su hogar. A lo anterior se le agrega que la Glorieta es, en esencia, una estación de metro y, recientemente, también de metrobús.  La población flotante es demasiada, más aún en contraste con los residentes, que, a causa de su marginación, son testigos cotidianos del caos. Comprender su mirada es aprehender una parte de ese caos.

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Según relata Gisela, uno de los principales obstáculos a vencer durante su documentación fueron los prejuicios, tanto suyos como de los otros hacia ella. Por su parte, pasó de querer “asistir” (ayudar, rescatar de la pobreza) a los habitantes de la Glorieta, a juzgar que “vivían en esas condiciones porque así lo habían decidido”, para llegar a una tercera etapa que pretendía ser más objetiva y ver la situación en perspectiva. Sintió que para ese momento, gran parte de sus prejuicios se habían, si no derribado, sí transformado. Ya no los compadecía ni sentía miedo de ellos. Con el tiempo, la convivencia y las ganas de entablar relación fueron desarrollando lo que ella llamó “la actitud correcta”, es decir, aquella que le permitió valorar sus prejuicios y cuyos componentes principales fueron: apertura, honestidad (con uno mismo y con los otros), humildad y respeto. “Sumarse como si fueras uno más”, aunque estableciendo límites y fronteras que, en su caso, tenían que ver con no exponerse demasiado, en el sentido que cualquier mujer, en cualquier lugar, adopta.

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Ellos hicieron lo mismo: a partir de la curiosidad se enfrentaron a sus prejuicios y la aceptaron en su círculo. De repente hubo alguno que no creía que ella fuera algo más que la güera que va a sacar fotos para su artículo, lo que provocó una situación de agresión, misma que se terminó a base de convivencia.

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Gisela experimentó otro tipo de relaciones personales en las que la violencia se expresa de una manera distinta, quizá más visible: ¿cómo reaccionar cuando se golpea, se patea, a una mujer embarazada?, ¿cómo sobrellevar los estragos de la indiferencia social si no es diluyéndolos con droga y alcohol? Al igual que a una configuración del espacio habitacional distinta: no hay divisiones entre el lugar en el que se come, se tienen relaciones sexuales, se defeca. Se enfrentó junto con ellos a la realidad: no existen verdaderos centros de rehabilitación, no existen verdaderas oportunidades para las personas que viven esta situación.

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Poco a poco fue tomando fotografías, según comenzaron a sentirse cómodos todos con la presencia del otro. Logró, desde dentro, captar las imágenes de un grupo muchas veces ignorado por las miles de personas que pasan por la Glorieta de Insurgentes. Logró retratar las imágenes que le ofrecían sus nuevos amigos sobre su vida: posaron con sus novias y novios, en su lugar de reunión favorito, haciendo lo que les gusta hacer.

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Al final, una vez que el libro se imprimió, Gisela se lo mostró. Ellos se reconocieron y le pidieron escribir algo en el libro: uno le escribió una carta a la hija que no ha conocido por estar en la cárcel (lo hizo debajo de la foto de su novia), otro le dirigió unas líneas a Gisela, otro más le escribió al público, específicamente a los que son padres. Un ciclo que había empezado tres años atrás llegaba a su fin.

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Detrás de las fotos de Somos muchos otros se esconde una historia de comprensión. Con ellas se pretende dirigir la mirada hacia lo que no se quiere ver y sensibilizar al espectador con esta realidad. Lo ideal sería, para Gisela, que quien las mire procure, desde sus posibilidades, generar oportunidades para que los habitantes de la Glorieta venzan la indiferencia, el principal detractor de las relaciones humanas.

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