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Límulus

Una primavera mexicana Alberto Ruy Sánchez

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LA LLEGADA: VISIÓN REVELADORA

Algunas ciudades entregan una clave de su carácter, y en ocasiones hasta de sus secretos, en las primeras imágenes que ofrecen a sus visitantes. La ciudad de México es una de ellas.

Quienes se acercan desde el aire y de noche podrán descubrir de pronto, cuarenta o cincuenta minutos antes de aterrizar, que vuelan sobre un inmenso lago de luces que no parece tener principio ni fin y se desborda por todos los horizontes. Es como si la antigua ciudad lacustre que fue México cuando se llamaba Tenochtitlán emergiera hoy como un fantasma del pasado a través de la electricidad palpitante y extendida.

Y, en efecto, esa antigua condición de lago, negada por sus habitantes una y otra vez a lo largo de quinientos años, marca como un secreto el crecimiento y la traza de la ciudad. Y late como uno de sus problemas reincidentes y una de sus mayores amenazas.

Todavía desde el aire, la inmensidad de este mar de luces y la disminución de velocidad imponen a una mujer que va a mi lado y no deja de mirar por la ventanilla, la sensación de que la distancia entre dos puntos de esta ciudad es equivalente a la distancia en avión entre dos ciudades europeas. “Es la ciudad de la desmesura”, me dice sonriendo.

De pronto, como si el paisaje la hubiera escuchado, se vuelve levemente visible a lo lejos el perfil nevado de un volcán dormido. Y a su lado uno más alto que está vivo. La fumarola blanca y convulsiva que se eleva desde su copa es como su reflejo invertido: dos triángulos inmersos uno en el otro por la punta, uno de piedra, otro de nube. Su nombre, en la lengua de los aztecas quiere decir precisamente montaña que humea: Popocatépetl.  Y el de su pareja nevada Iztaccíhuatl: mujer blanca, conocida popularmente como mujer dormida. Más familiarmente: el Popo y el Izta. Son muchos los mitos y leyendas alrededor de ellos y en el más recurrente, originado en la época de los aztecas, las dos montañas son amantes trágicos en la mejor tradición de Romeo y Julieta, que una vez muertos los dioses convierten en montañas para regalarles la inmortalidad. La poesía y la pintura mexicanas de todos los tiempos no dejan de rendirles tributo. A ellos se refería Malcom Lowry en esa clásica novela en clave sobre México como descenso al infierno: Bajo el Volcán. Son más que montañas en erupción: historia, mito e incluso son motivo ritual para las comunidades que actualmente los circundan y los consideran sus seres sobrenaturales de todos los días.  Y en las profecías aztecas, lo que marca el tiempo del fin del mundo es la erupción de estos volcanes.

Durante casi cincuenta años el Popo estuvo inactivo y los vuelos comerciales pasaban al lado de los volcanes. Ahora que ha despertado, por precaución, sistemáticamente los evitan. Aunque están a cincuenta kilómetros de la ciudad son de verdad dos presencias imponentes desde el Valle de México cuando la contaminación y las nubes permiten verlos. “Son algo así como los guardianes de la desmesura mexicana”, me dice en el avión mi vecina, prolongando su idea. Ella me habla en un español impecable con un ligerísimo acento francés.

Para añadir a su causa le cuento que el estrecho entre los dos volcanes se llama El paso de Cortés, ya que por ahí entraron los conquistadores españoles a la ciudad de México. La crónica de Bernal Díaz del Castillo, el soldado escritor, da cuenta de un deslumbramiento mayúsculo. Dice, literalmente, que los guerreros europeos creían “ver cosas nunca oídas ni aún soñadas”: descubrían una ciudad enorme, construida sobre islotes con “calles de agua”, torres, palacios y grandes templos de piedra en formas inusuales que parecían imitar a los volcanes. Calzadas rectas y extraordinariamente largas, al nivel del agua, que unían a las islas entre sí y con la tierra firme. Y una vegetación exuberante pero ordenada en líneas rectas: jardines flotantes en islas artificiales donde los aztecas sembraban flores y alimentos. Árboles altos y espigados de la familia de los sauces que llama ahuejotes y servían para anclar con sus raíces esos islotes. “Ce que nous voyons ici de nos propres yeux, dit Cortés, nous ne pouvons le comprendre avec notre entendement.” (“Lo que vemos aquí con nuestros propios ojos, dijo Cortés, no lo podemos comprender con nuestro raciocionio).

Los españoles vislumbran más de cuarenta poblaciones conectadas dentro del lago y en sus orillas. El mismo Cortés dice que es comparable a Granada por su belleza y por su tamaño a Cordoba y Sevilla juntas. Pero ahora sabemos que se queda corto y es diez veces más grande. En ese momento había cerca de 250 mil habitantes en Tenochtitlán cuando París tenía 185 mil y Venecia 130 mil. Pero el mexicanista Jacques Soustelle calcula que en todo el valle lacustre habría ya cerca de 700 mil habitantes. Cortés relata que en los inmensos y numerosos mercados de la ciudad hay más variedad de productos que en cualquier mercado europeo. Y lo asombran lo que considera insistentes y exageradas medidas de higiene, un concepto que no tenía el mismo valor en Europa todavía. Y la omnipresencia de plantas y flores en casas, palacios y templos. E incluso en las personas,  en todos los lugares y en todas las ceremonias. La flor es evidentemente un elemento sustancial de esta cultura. Todo eso cuenta Christian Duverger en su biografía de Cortés y afirma que es sobre todo el tamaño lo que más impresiona a los españoles: la mesa del emperador mexicano era atendida cada día por cuatrocientos servidores. Su harem tenía ciento cincuenta concubinas y tres mil sirvientes. Entre las islas y por las calles de agua circulan cincuenta mil canoas. Todo resulta inmenso a los ojos de los conquistadores. Y lo que nosotros vemos desde el aire es un derivado muy lejano de aquella antigua desmesura. Una zona metropolitana con más de veinte millones de habitantes (según el censo del 2010), en un país que tiene cerca de 112 millones.

El piloto anuncia que en diez minutos aterrizaremos. Sobrevolamos calles y azoteas. Las luces traseras de los automóviles fluyendo en las avenidas, dan la impresión de ríos de fuego, de lava de los volcanes. Los hilos de las luces delatan una barroca combinación de orden y caos en la traza de las calles. Grandes avenidas que se estrellan contra nada. Dédalos inesperados y rotos por los pasos a desnivel a la americana. A la sombra de los cuales una segunda ciudad parece enquistarse. Como si hubiera en México ciudades dentro de las ciudades. Y modernidades muy pasajeras. Es fácil darse cuenta de que uno de nuestros gobernantes recientes, de aspiraciones globalizadoras aunque se declarara de izquierda, pretendió hacer que su ciudad se pareciera a Los Ángeles y cuando terminó sus anillos periféricos de dos pisos, su ciudad se parece más a Bombay. Pero de eso él nunca se dio cuenta. En todo caso, la imagen de ebullición y de enormidad y de sobrevivencia de cosas muy antiguas que brotan inesperadamente, muchas veces en clave, está ahí en esa primera impresión de la ciudad.

Y entonces vemos lentamente cómo amanece. El sol nos ofrece su espectáculo multicolor a través de las nubes y las capas de contaminación evidente. Pero la sorpresa nos la da la presencia de una flor arbórea que parece llenar las calles: la jacaranda. Desde arriba y en primavera se tiene la impresión de que la ciudad tiene más árboles de los que uno pudiera pensar. Y de que por lo menos un treinta por ciento de ellos son jacarandas: esa flor color malva que parece tomar posesión de la ciudad un par de meses. Y a la cual, tan sólo muy recientemente se le presta mayor atención. Aunque nunca la suficiente. “Cuando los habitantes de la ciudad de México tengan hacia la jacaranda una atención sostenida y una devoción similar a la que los japoneses rinden a la flor del cerezo, seremos mejores ciudadanos”, me dice Roberto, el joven taciturno, mexicano, sentado a  mi izquierda. Me cuenta que en los meses de esplendor que ella tiene, sus flores caen en grandes cantidades al piso y es posible ver calles enteras teñidas de ese color malva. “Las vemos en el suelo y en el cielo”, me instruye detenidamente, “por eso la popular cantante mexicana Sasha Sokol dice que la jacaranda tienen el extraño poder de ser nube y alfombra al mismo tiempo”. El me asegura que en la ciudad de México, estos meses, “una calle sin jacarandas es como un enamorado sin besos”.  Y  el poeta Adolfo White dice que “la jacaranda en flor hace por las calles de México lo que las estrellas por el cielo nocturno”.

Se dice que, aunque es de origen guaraní, fue traída desde Brasil a principios del siglo XX por un jardinero japonés emigrado a México, Sanshiro Matsumoto, quien nunca podría haber imaginado que en el siglo XXI se convertiría en la flor emblemática de la ciudad.

La mujer sentada a mi derecha las conoce y aprecia. “Es una de las razones o más bien de las imágenes que teníamos en mente al elegir esta ciudad para vivir nuestro retiro.” Elodie y Louis Santamaría, ella francesa y él norteamericano, mexicano y colombiano, ha sido agregado comercial de la embajada de Estados Unidos en varios países. Tienen un hijo en París, así como el resto de su familia, y otro en Nueva York. Han vivido en Argentina, Holanda, Venezuela, Bélgica, España y en dos ocasiones en México. Ahora regresan a la ciudad de México para instalarse definitivamente. Pensando especialmente en todo lo que la prensa nacional e internacional dice sobre el crecimiento de la violencia en el país, yo, como todo mundo, les pregunto con extrañeza ¿por qué en México?

Ellos, sin inmutarse, acostumbrados a este cuestionamiento, me responden que conocen bien el país. Que habiendo vivido en varios otros han aprendido a diferenciar claramente lo que dibujan los periódicos como imagen única de un lugar y la enorme diversidad que tiene la vida cotidiana. Y que en México ésta es especialmente rica y variada.  Louis me dice: “Es el país que más nos gusta de todos los que conocemos y el que nos promete tanto placeres conocidos como sorpresas. Tenemos amigos aquí y teníamos ya ansia por regresar a esta ciudad.” Elodie interviene para añadir: “Y hay otras cosas básicas, ajenas a lo que cuentan los periódicos, que hacen aquí la vida muy agradable. La gente en Francia, cuando piensa en México cree que es un lugar muy caliente. Lo relacionan con el trópico, que en realidad la ciudad no lo es y prácticamente todo el año hay una temperatura promedio de 21 a 24 grados. Es una eterna primavera. Como si hubiera una fusión de las estaciones en una luz nueva que ilumina a las plantas y animales, a las cosas y a las personas. No es extraño que se coma muy bien aquí.” Ante la inminencia del aterrizaje, hacemos una cita para comer juntos otro día en el Centro Histórico de la ciudad.

A mi izquierda, el joven apesadumbrado que escucha todo me dice aparte, en voz baja: “Yo ahora no puedo ser tan optimista. Hasta en las jacarandas que amo veo algo sombrío. No digo que no sea cierto lo que ellos dicen. Sino que la vida ahora me obliga a sentir distinto.” Roberto estaba estudiando ciencias sociales en Francia con una beca modesta del gobierno francés. Para completarla, antes de ir a París, había logrado hacer algunas economías trabajando clandestinamente en restaurantes de California, lavando platos. Hoy regresa a México antes de tiempo. Se vio obligado a interrumpir sus estudios en París porque su padre, chofer de taxi, viene de morir víctima de un asaltante que trató de robarle. Además de asistir a los funerales Roberto tendrá que recorrer un laberinto de trámites judiciales para recuperar el cuerpo de su padre. Su futuro inmediato no es nada envidiable y le expreso mi pesar. “Esta ciudad también es eso, desgraciadamente.” Roberto vive en una zona muy alejada del centro y poco favorecida. Cerca de la carretera hacia Puebla, camino a los volcanes. Y también con él hago una cita, una vez que haya solucionado sus tristes urgencias.

El avión sobrevuela las últimas jacarandas y azoteas para entrar de lleno al aeropuerto que, para sorpresa de muchos, se encuentra en medio de la ciudad. Volveré a encontrarme con mis nuevos amigos ya en el antiguo Centro Histórico que yo también tengo un enorme deseo de redescubrir a través sus ojos. Y donde el mundo prehispánico se asoma, literalmente, bajo las piedras de los edificios de la época virreinal. Muchas de las cuales fueron antes piedras de templos prehispánicos.

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EL CORAZÓN SECRETO DE LA URBE

Visitar el centro de la ciudad de México es hundirse en un río de gente y dejarse llevar con asombro por sus mareas. De lo insólito a lo rutinario, el centro es también un inmenso crisol de la diversidad social del país y de todas sus mezclas. Por cualquiera de las calles que entran a la plaza central, que llamamos Zócalo, hay una ebullición de pasos. Una boca de metro escupe continuamente por uno de sus costados a miles. Pero también hay un hervor metálico. Cuatro millones de automóviles  circulan en la ciudad. La quinta parte de los que hay en todo el país. Y un flujo continuo de ese metal humeante rodea a la plaza como un río implacable.

Justo a la salida del metro me doy cita con mis amigos Elodie y Louis Santamaría. Diplomáticos en retiro, él norteamericano y ella francesa, que acaban de regresar a la ciudad de México decididos a instalarse aquí después de varios años fuera. Su mirada, su curiosidad me ayuda a ver de otra manera mi ciudad. Les pregunto qué recuerdan de su estancia anterior. Ellos tienen la imagen viva de la enorme fuerza del mundo antiguo de los aztecas en todo lo que ha pretendido ocultarlo. “Basta mirar dos veces cualquier cosa para notarlo”, me dice Elodie. “Eso es difícil de imaginar cuando no se ha estado aquí. Además del tamaño del centro y la cantidad de gente.” Decidimos ir descifrando juntos aquí las capas históricas, mal ocultas, que son la escritura secreta de la ciudad.

Vemos vendedores de cristos de yeso, vírgenes y ángeles al lado de especialistas en uñas artificiales de mil colores, telas en el piso con artesanías de diferentes regiones mexicanas, sin faltar algunas hechas en China imitándolas meticulosamente. Oficinistas atareados, buscadores de empleo, curanderos de ocasión, clientes continuos a la vez del montepío y de las cantinas más tradicionales. Fabricantes callejeros de golosinas de miel y semillas y frituras de maíz en aceites obscuros. Vendedores ambulantes de descargas eléctricas en las manos, mariachis a la demanda y limpiadores de zapatos, lectores de la fortuna y danzantes vestidos de eclécticos apaches pretendiendo ser aztecas. Todos los oficios urbanos pasan por estas calles, desde el músico de órgano portátil con el chimpancé que recoge las monedas hasta el escribano de cartas burocráticas o románticas, según la urgencia. El remolino popular es hipnótico y su llamado no cesa.

Hace medio siglo, el mayor narrador mexicano, Juan Rulfo, escribió para un cineasta experimental la historia de un ave que entra al corazón de México y viaja en su ser. En la película que resultó, La fórmula secreta, la cámara toma el punto de vista de un águila enloquecida que gira en el Zócalo. Vemos su sombra alada cuando se acerca al suelo. Se eleva y sigue girando. Para nuestros ojos convierte a todas las construcciones que rodean la plaza en un continuo muro circular y delirante de texturas barrocas y de piedra volcánica. A esta piedra rojiza, tezontle, presente aquí en casi todos los edificios antiguos se refería en clave Octavio Paz cuando describía en un poema a la ciudad de su infancia con “muros color de sangre seca”. Estamos en la entrada simbólica a las venas de la ciudad.

Es común llamar “corazón de México” a esta plaza rectangular, enorme y normalmente vacía (200 metros por 250 aproximadamente) a cuyos costados se organiza el mundo. De pronto puede llenarse de manifestantes que protestan o de asistentes a algún espectáculo muy popular o a alguna fiesta nacional. Caben 180 mil personas de pie.  Pero normalmente la gente la rodea. Es una isla de concreto con una enorme bandera (25 por 50 metros) ondeando en el medio. El escudo de esa bandera muestra un águila devorando a una serpiente sobre un nopal en un islote: ilustra la leyenda azteca sobre la fundación de la ciudad. La profecía recibida por un pueblo nómada como indicación de dónde debería establecerse.

La ciudad de México nació así en una isla alrededor de 1325. Fue destruida por los conquistadores españoles en 1521 y vuelta a construir con la distribución de edificios que vemos ahora. Cuando actualmente atravesamos la plaza central, en realidad caminamos sobre la cicatriz viva, vieja pero aún fresca, de aquel islote azteca fundador. Sus pantanos fueron primero el refugio de un pueblo pobre y débil, seminómada, expulsado de tierra firme. De esa humillación surgió un imperio guerrero que dominó toda Mesoamérica. Y la isla fue centro del Imperio y del cosmos: inframundo y supramundo simbólicos. Sobre ese eje sobrenatural se construiría la ciudad actual.

La laguna fue rellenada y aparentemente secada una y otra vez por los españoles y por los gobiernos siguientes. Pero yace en el subsuelo como un  húmedo ser autónomo devorando poco a poco los edificios más pesados que se han puesto sobre ella. Por eso no es extraño ver construcciones muy inclinadas y algunas a cuyas puertas se subía y ahora es necesario descender varios escalones. Y tanto con las inundaciones cíclicas como con los temblores frecuentes, ella hace sentir su presencia.

Para tener una mejor imagen del conjunto conviene ir seis pisos arriba, a la terraza del Hotel Majestic, que es ahora el punto más alto de la plaza. Y que se supone que no llega ni a las dos terceras partes de la altura que tenía el antiguo Templo Mayor destruido por los españoles. Mis amigos Louis y Elodie, que conocen muy bien todo el continente, me dicen que si se compara este centro histórico con el de cualquier otra capital latinoamericana, se comprende por qué la ciudad de México, cabeza de la Nueva España, era conocida como “la Ciudad de los Palacios”. Todos los edificios antiguos son superiores en tamaño y calidad de manufactura a los de Bogotá o Lima, la Habana o Buenos Aires. Ya desde el siglo XVIII la riqueza minera y de los grandes latifundios hacendarios se había convertido en ciudad y la capital de la Nueva España tenía por lo menos diez veces más palacios que cualquier  otra en América.

Pero esta grandeza es decadente. Hace algunos años, caminando con Octavio Paz por estas calles, le pregunté su impresión del actual centro histórico considerando que desde niño lo frecuentaba, me habló de la imagen gastada que ya le daba entonces. “El México que yo conocí era superior a Madrid. Era asombrosamente parecido a Palermo, llena de casas antiguas y palacios muy parecidos a los de nuestro centro. Sus momentos históricos coinciden. Los palacios tienen en ambos lugares esa mezcla indefinible de severidad, grandeza y melancolía que es muy española pero que al realizarse en Italia o en México se transforma inmediatamente en otra cosa. Lo que se puede decir del México de los años treintas y cuarentas es que era una ciudad llena de grandeza caída. Grandeza y pobreza: vieja grandeza y melancolía.”

Tenemos al Palacio Nacional enfrente. Es la sede oficial del poder presidencial. Aunque la residencia y oficina del Presidente está realmente en un bunker que se llama Los Pinos, a varios kilómetros de aquí. Así, este Palacio quedó como centro de ceremonias oficiales. Y de protestas puesto que a estos balcones vienen a gritar todos los movimientos sociales que se apoderan ocasionalmente de la plaza.

Se sabe que aquí estuvo el Palacio de Moctezuma y la casa de Cortés. Tiene varios patios interiores, un museo, un jardín de cactus y su principal atractivo: las pinturas murales de Diego Rivera que cuentan la Historia de México de la manera maniquea que se hizo historia oficial desde los años veinte. Aunque los murales más interesantes están en edificios muy cercanos: en el Museo de San Ildefonso y en las oficinas de la Secretaría de Educación. Vemos ambos edificios a unos cuantos metros del Palacio Nacional, a nuestra izquierda. Entre las fiestas más extravagantes del Palacio virreinal está la de una partida de caza de jabalíes que las damas contemplaban desde sus balcones mientras el Virrey y sus caballeros perseguían en el Zócalo a sus presas en medio de un bosque sembrado para la ocasión.  El bosque fue substituido por un mercado, el Parián, que estuvo ahí hasta mediados del XIX, donde se vendían entre otros los asombrosos productos venidos de Oriente a través de Las Filipinas con una embarcación legendaria, La Nao de China.

El poder virreinal hispano con frecuencia tenía conflicto con el poder del Ayuntamiento, en manos de criollos. Con el edificio del Gobierno de la Ciudad a nuestra derecha tenemos dos poderes distintos, muchas veces encontrados a lo largo de la historia, como ahora que están en manos de partidos opuestos, y que supuestamente conviven en la plaza pero que con mucha frecuencia se la disputan entorpeciendo mutuamente sus celebraciones masivas.

Un tercer poder del país, en la cara izquierda de la plaza, se erige majestuoso con la Catedral Metropolitana como su símbolo. Es un enorme edificio neoclásico por fuera y en gran parte barroco por dentro que en sus 14 capillas interiores alberga una de las más importantes colecciones de arte de México. Sus altares dorados con columnas lanzadas hacia el público muestran los poderes teatrales y envolventes de un arte que pretendía afectar todos los sentidos como actualmente lo haría un espectáculo multimedia. A la derecha de Catedral y colindando con sus muros, se encuentra una Iglesia más pequeña y atractiva por fuera, de fachada hiperbarroca o “churrigueresca”, la Capilla del Rosario, construida en el siglo XVIII.

En la cuarta cara de la plaza, donde estamos, bajo una arcada, se estableció el comercio. A nuestra derecha, sobre el mismo lado del Zócalo, está el Gran Hotel de la Ciudad de México con sus interiores de esplendorosos herrajes y vitrales Art Nouveau de finales del XIX, hecho a la imagen de los grandes almacenes parisinos con vitrales en el techo. Esta repartición de los espacios delimitando la plaza es la aplicación de una vieja utopía renacentista de la ciudad como equilibrio de poderes religiosos y civiles. Más el ocasional poder ciudadano que con frecuencia se expresa no solamente a través de los partidos y las organizaciones sociales. En 2007, el artista Spencer Tunick realizó en la ciudad de México una más de sus fotografías de desnudos masivos y llenó el Zócalo de México con 20 mil personas desnudas. Al final muchas de ellas se dirigieron a Catedral espontáneamente gritando contra el Arzobispo de México que había protegido a varios sacerdotes perseguidos por la justicia por violar a niños y quien al mismo tiempo había hecho una condena pública por considerar inmorales los desnudos.

De hecho, la inmensa Catedral acaba de ser reparada porque los hundimientos de la ciudad la habían roto por la mitad como un cascaron de huevo. Especialmente desde que se descubrieron, hace apenas treinta años, los vestigios del gran Templo Mayor de México-Tenochtitlan y se hicieron excavaciones profundas casi atrás de la Catedral desnivelando fatalmente la presión del suelo húmedo abajo de ella. Atrás de ese enorme hueco en la tierra, visitar el Museo del Templo Mayor permite llevarse una idea de esa antigua ciudad azteca cuyos vestigios afloran decididamente, como una venganza de la antigüedad, cada vez que se emprende la construcción de nuevos edificios.

El más reciente -hace poco más de un año- cuando se pretendía construir un aberrante edificio de cristal atrás de Catedral, en vez de una de las fachadas más bellas del centro que tiene esos geométricos trazos árabes que se llaman “ajaracas” y que alberga actualmente al excelente Museo Archivo de la Fotografía. El edificio se desplomó y surgió la piedra azteca labrada más grande que se ha encontrado hasta ahora: la Diosa de la Tierra. Se le puede contemplar enfrente, en el Museo del Templo Mayor. Muchas piedras de los templos aztecas fueron usadas para construir el mundo hispano y cada vez llaman más la atención. Hay una antigua ciudad entera bajo la ciudad actual emergiendo sin cesar.  Pero también el lago falsamente seco es una presencia del mundo antiguo que resurge y se hace presente. Y, como si eso fuera poco, desafiando el avanzado mestizaje, algunos miembros de las clases medias mexicanas se imaginan un curioso pasado azteca kitsch que cantan y bailan en estas calles disfrazados de las figuras de su imaginación. El corazón de México late entre los sonidos extremos de los cascabeles recién desenterrados y el llamado constante de teléfonos celulares como en cualquier otra ciudad globalizada.

Recibimos una llamada de amigos en común para almorzar en otra zona de la ciudad, una de las que creció con las primeras expansiones de México fuera del entorno de esta isla fantasma, tenaz. Hacia allá nos encaminamos para redescubrir juntos otra cara de la ciudad.

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LA CIUDAD DE LOS PLACERES DIMINUTOS

La ciudad de México tiene mil caras y muchas de ellas fascinan francamente a quienes encuentran la oportunidad de descubrirlas. Cuando se camina lentamente desde el viejo centro de la ciudad hacia otras zonas, el gesto urbano va mostrando poco a poco una sonrisa más cómplice y envolvente.

Aunque esta fascinación está empapada, naturalmente, de gran extrañeza. Hace unos años, visitando un gran mercado popular de alimentos con Siri Hustvedt y Paul Auster me decían que la sensación que les daba era la de estar en una otredad radical: otra civilización, otro planeta. La gente, lo que se compra y lo que se come, pertenecen en gran parte a un mundo anterior a la industrialización de los alimentos. Y al comercio de ellos a través de la refrigeración. En otras ciudades del mundo, incluso en algunas tropicales, como el viejo San Juan Puerto Rico, por ejemplo, la americanización de los alimentos y de su comercio hacen que casi sea imposible tomar un jugo de frutas natural. México es lo contrario. En muchas esquinas se preparan jugos a partir de la fruta misma y se pueden comer frutas frescas.

Simplemente eso crea en la urbe el escenario de un mundo distinto que afecta tanto la calidad de vida de los ciudadanos como la de los visitantes. Ya en las crónicas de los conquistadores los mercados indígenas eran un centro de atracción sorprendente y los españoles no conocían más de la mitad de lo que ahí se vendía. Para comenzar con el hecho de que los mexicanos eran y son gozosos comedores de insectos y de flores, tal y como en Francia se puede ser naturalmente amante de hongos y caracoles. Los habitantes de la antigua ciudad lacustre de México-Tenochtitlan inventaron eficientes islas artificiales flotantes para multiplicar la frecuencia de sus cultivos. Aún existen muchas de ellas en el sur del Valle de México, a veinte kilómetros del Zócalo, en el lago de Xochimilco. Y todavía a finales del siglo XIX entre estos dos sitios había canales pluviales a través de los cuales cientos de barcas transportaban comida a los mercados del centro.

Una de las últimas resistencias a la muy americana ansia de modernidad que viven las ciudades es su culinaria. Por eso en algunas ciudades sus mercados son parte indisociable de sus rostros.

Con mis amigos Louis y Elodie Santamaría, y un amigo que escribe en inglés sobre comida en la ciudad, Nick Gilman, pasamos por uno de los más vistosos mercados populares del Centro Histórico. El mercado de San Juan. Inmediatamente nos dejamos envolver por el mundo de olores y colores que brotan de este preludio del sabor. Hay varios mercados en la zona pero la peculiaridad de éste reside en ser el lugar donde confluyen los otros mercados posibles y la calidad de los alimentos es superior. La sección de peces y mariscos es riquísima pero no por eso deja de haber una sección de la comida que para mis amigos es la más extravagante: chapulines (grillos) de Oaxaca, escamoles (huevos de hormiga), gusano de maguey, cocodrilo, armadillo e incluso león. Pero eso tampoco es lo más definitivo. Lo mismo se encuentran quesos franceses que especias de la india, flores, semillas. De lo común a lo extravagante, todo llama la atención. Incluyendo a sus visitantes. Es uno de los sitios donde los chefs de la ciudad acuden cada día y no es extraño ver a las vedettes culinarias de México eligiendo, negociando, soñando los platos que prepararán en seguida. Dentro de los mercados mexicanos siempre hay restaurantes muy humildes en sus presentaciones y precios y aquí uno de ellos es especialmente bueno. No podemos sustraernos a la seducción de su mole: ese plato con pollo donde se mezclan en una salsa espesa y obscura una amplia selección de semillas y chiles y, muy importante, el cacao, la sustancia prima del chocolate. La ciudad también es sus sabores.

Seguimos alejándonos del centro haciendo una espiral que permite a mis amigos descubrir la cantidad de fachadas barrocas que aún hay en la ciudad antigua. Viniendo del mercado, ellos establecen un vínculo inmediato entre el barroquismo de la comida y el de las calles. Y no se equivocan. De hecho, los más antiguos libros de recetas mexicanos fueron hechos para fiestas comunitarias masivas, quinientos o más comensales durante varios días. La naturaleza de la comida mexicana y sus platos principales es indisociable de la antigua fiesta barroca. El mole fue inventado para una de esas celebraciones urbanas en una ciudad cercana, en Puebla. Pero rápidamente se volvió uno de los platos nacionales: uno de los símbolos del mestizaje mexicano. Incluso tal vez algo de los currys de la  India.

Un palacio en particular, no por casualidad construido en México por alguien originario de Puebla, les hace pensar en ese vínculo de la comida barroca con la urbe: La casa de los Azulejos. Un edificio de dos pisos completamente cubierto de esas piezas de cerámica vidriada (o glaseada) de origen persa que llamamos con un derivado español de la palabra árabe zelije: azulejo. Cerámica que normalmente se usaba en esa época para recubrir completamente los muros interiores de las cocinas de los conventos. La ciudad como lujosa cocina barroca.

Caminando con atención, mirando fachadas y plazas y palacios, podemos imaginar perfectamente que en algún momento, esta ciudad fue concebida como un gran teatro urbano. Se comprende por qué tanto las fiestas como las calles impresionaban a los viajeros que visitaban la metrópoli de la Nueva España en el siglo XVIII. La idea utópica renacentista de la ciudad trazada como una cuadrícula adecuada para largas procesiones y para la confluencia de ciudadanos no podía ser aplicada plenamente en las viejas y muchas veces laberínticas ciudades europeas y por eso se llevó a cabo en América. La zona – enorme para la época- que conocemos como Centro Histórico, era el ejemplo estelar en el mundo de ello.

A la traza equilibrada como una red, se sumó otra idea utópica de tipo distinto: unir a la sociedad en un complejo pero implacable proyecto de mestizaje. Además de incentivar bodas y amasiatos se requerían grandes fiestas rituales que incluyeran a todos y en los que se crearan nuevos vínculos profundos, nuevas redes sociales. Padrinazgos españoles de indígenas recién bautizados, bodas y funerales excesivamente caros creando reciprocidades, fiestas del santo del barrio. La red social se afianzaba y renovaba sin cesar a través de sus fiestas. Y las calles eran escenario de los incesantes y fastuosos rituales que a través del  exceso barroco creaban y recreaban una nueva sociedad. En cada fiesta comunitaria, llena de procesiones y comilonas, fiesta excesiva y obligatoria, se establecían necesariamente nuevas alianzas y obligaciones recíprocas. Ese nuevo universo de ritos y formas incluyentes se llamó barroco. Una forma de vida más que un estilo, y más aún: un proyecto de nación incluyente que dio un rostro a la ciudad de México.

Pero las huellas de ese rostro barroco están dispersas, mutiladas y entrecortadas porque muy pronto aquel proyecto fue interrumpido por el ansia de modernidad de finales del XVIII y todo el XIX que se llamó Neoclásico y que destruyó mucho más de lo que construyó. Y que después, a mediados del siglo XX, volvió a hacerlo en nombre de otra modernidad estilo norteamericano que sigue angustiando a nuestros contemporáneos. Entre grandes destrucciones y construcciones va quedando esta ciudad como es: múltiple, activa, a ratos arrogante. Una ciudad que crece entre alarde y ruina.

“Es como una docena, o más, de ciudades juntas envolviéndose y desenvolviéndose. Inquietas siempre,” dice mi amiga Elodie mientras nos alejamos del centro. Vamos dejando atrás el enorme Palacio de Bellas Artes, joya monumental del siglo XIX terminada en el XX y que dentro incluye frescos de los grandes muralistas: Rivera, Orozco, Siqueiros, González Camarena, Rodríguez Lozano, Montenegro y hasta Tamayo. Y casi enfrente, un delgado rascacielos de los años cincuenta: la Torre Latinoamericana. Dos edificios emblemáticos de esas dos épocas donde la angustia de modernidad arrasó con la ciudad antigua y algo valioso construyó.

Al lado del Palacio de Bellas Artes un muy antiguo jardín público se conserva: la Alameda, decorado hoy con mobiliario urbano del siglo XIX aunque es un emblema de la ciudad muy anterior y que nunca ha dejado de ser apreciado por la gente como paseo dominical. Al final se encuentra un museo construido exclusivamente para resguardar un inmenso mural de Diego Rivera que tiene como tema “Sueño de una tarde de domingo en la Alameda” y en el cual desfila una treintena de personajes populares: vendedores, carteristas, varios héroes y algunos  artistas, desde Frida Kahlo hasta La Catrina: un esqueleto vestido de dama elegante de principios del siglo XX, inventada por el grabador José Guadalupe Posada y convertida, como Frida, en uno de los  símbolos más recurrentes de la cultura mexicana. Diego Rivera se incluye a sí mismo en la escena como un niño que le toma la mano a la muerte. Poca gente sabe que justo aquí, atrás de la Alameda, alrededor de 1940 estuvo a punto de establecer su librería George Whitman, el fundador de la actual Shakespeare and Company de París. Un día me contó: “Tuve que decidirme entre París, Pekín y México. Ahora tú y yo estaríamos hablando en español si hubiera elegido tu país. Me gustaba La Alameda para tomar el sol alrededor de una fuente por la mañana.”

A unos metros se encuentra el Paseo de la Reforma, una de las dos calles principales de la ciudad. Fue un deseo del emperador Maximiliano en 1864 para facilitar el trayecto de los seis kilómetros que separaban su residencia en el Castillo de Chapultepec del Palacio donde gobernaba en el Zócalo. Se llamó Paseo de la Emperadora. Es obra de un ingeniero austriaco, Louis Bolland Kuhmacki, quien recibió la orden de construir una avenida en la tradición de los grandes bulevares parisinos y de la avenida Louise de Bruselas pero de mayores dimensiones. Tres veces Champs-Elysées de largo y uno o dos metros más de ancho en algunas secciones. Cuando a principios del siglo la ciudad comenzó a salir decididamente del Centro Histórico, lo hizo a los lados de esta avenida y se comenzó a poblar de grandes residencias. En la cuarta glorieta del Paseo de la Reforma, Porfirio Díaz mandó construir en 1902 un monumento a la Independencia que inauguró para celebrar su primer centenario, en 1910. Lo realizó un célebre arquitecto, Antonio Rivas Mercado, cuya hija se suicidó en París, en Notre Dame, frente al altar lateral dedicado a la mexicana y muy morena Virgen de Guadalupe. Es una columna con un ángel en la punta. Fue levantada sobre una zona rocosa y gracias a eso es de los pocos edificios de la ciudad de México que no se hunden. El resto de la ciudad sigue hundiéndose. El monumento está ya muy por encima del nivel de la ciudad y por eso se ha convertido en una especie de pirámide donde el pueblo festeja con catarsis colectivas los escasos triunfos mexicanos en el futbol y hasta los empates.

Sobre Reforma se llega a una zona de museos, donde el principal es sin duda el monumental Museo de Antropología, construido en los años sesenta. En la continuación de Reforma, durante las décadas de bienestar que tuvo México a mediados del siglo XX, la burguesía que mira sin cesar al norte, construyó dos colonias con aspiraciones de bienestar a la americana: Polanco, a un lado del parque de Chapultepec, y las Lomas, sobre una colina. Ésta se llamó al principio Chapultepec Heights, así en inglés. En ellas se encuentran las residencias de embajadas, casi no hay comercios cerca y se requiere mucho dinero para vivir ahí y automóvil para salir a cualquier parte. Son las zonas más conocidas por los extranjeros que llegan a vivir a México pero no son de ninguna manera las de vida cotidiana más agradable o interesante.

Un poco más alejados de Reforma, hacia el suroeste, se encuentran dos colonias vecinas, Condesa y Roma, que pertenecen todavía a un México donde era importante caminar y gozar un parque, convivir con personas de diferentes clases sociales y edades, comprar en la tienda de la esquina todo lo necesario y donde hay residentes nuevos o antiguos de la zona. Todavía hay algunas librerías y centros culturales. Y las avenidas tienen árboles cuajados esta primavera de flores de jacaranda. Una peculiar avenida circular llamada Amsterdam fue trazada sobre la pista de un antiguo hipódromo y añade a la zona un carácter único. Ambas colonias se han ido llenando de pequeños restaurantes donde sobre todo los jóvenes se encuentran y pueden existir ampliamente los pequeños placeres de la ciudad incluyendo el de encontrarse por azar. Nuestra siguiente escala será el sur de la ciudad y su otra, feliz extrañeza.

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 LA CIUDAD QUE MIRA AL SUR

De los cuatro horizontes de agua que tenía la ciudad de México en su fundación como isla, siete siglos después, uno sobrevive a lo lejos. En el extremo sur del Valle de México, como salida de un extraño sueño de agua, el pueblo y lago antiguo de Xochimilco forma parte de la ciudad como el último de los pueblos vecinos devorados por la megaurbe en su explosivo crecimiento de la mitad del siglo XX.

Xochimilco es uno de los últimos paisajes prehispánicos que es posible ver en América Latina. Su red de islas artificiales, dedicadas ahora principalmente al cultivo de flores, con sus innumerables fiestas rituales, su rico mercado de plantas, sus canales navegados sin cesar, es una rareza orgullosa de serlo. Es la reina del sur de la ciudad. Su anomalía favorita. Durante siglos el centro ha explotado de mil maneras su tierra cultivable y su agua, la ha mostrado con orgullo a los visitantes o simplemente la ha desdeñado. Pero ella sigue ahí con su lenta perseverancia de agua que trasmina.

Hoy mis amigos Louis y Elodie Santamaría, en el proceso de tomar su retiro y establecerse en México quieren comprar muchas plantas para su nueva casa y decidimos ir juntos a Xochimilco pasando antes por otros sitios bellos en el sur de la ciudad. Louis, con su curiosidad metódica, saca un mapa de la ciudad. Aunque conoce bien cómo llegar, quiere confirmar la ruta y su localización geográfica con respecto a otras zonas de la ciudad que juntos hemos ido redescubriendo en días anteriores.

Con el mapa desplegado vemos también otra sección de la ciudad dónde estuvimos comiendo la semana anterior en un muy reconocido restaurante de comida mexicana, El Bajío, en la zona de Azcapotzalco al Este de la ciudad. A Louis y Elodie les llamó la atención el aspecto de esa zona. Es humilde y ordenada en algunos espacios y después ese orden se ve violentado por nuevas avenidas y trazos caóticos de las nuevas calles.  Mucha ciudad y poco urbanismo. Como un collage que nunca se acaba de hacer. Muy cerca está la torre de 52 pisos que alberga las oficinas del consorcio petrolero estatal: Pemex.  Esa torre parece insistir en que ése es su territorio. Y lo ha sido por mucho tiempo, marcando incluso la fisonomía urbana de una parte importante de la ciudad. Pero tiene razón Elodie, es lo contrario al sur. El sur ha obsesionado a la ciudad de México desde que salió del cerco de crecimiento que llamamos Centro Histórico y que la contuvo casi hasta comenzar el siglo XX. Pero no es que sólo haya crecido hacia el sur. Una vez fuera de aquellos límites centrales, como en una espiral implacable, la urbe hambrienta fue apropiándose de todo lo habitable que iba cayendo bajo sus pasos. Hacia el Norte y el Este se extendió el crecimiento industrial durante la mayor etapa de desarrollo económico que vio México entre 1934 y 1976. Y se hizo tomando como modelo una de las  asimilaciones urbanas más drásticas que entonces se realizaron, la de ese poblado antiguo que fuera metrópoli lacustre antes de Tenochtitlán. Y que se llamó significativamente Azcapotzalco, que quiere decir “el lugar del hormiguero”, para nombrar la inquieta actividad popular que tenía entonces y que todavía tiene.

Se convirtió en la zona donde se establecieron las grandes fábricas, las fundidoras de acero, las refinerías de petróleo, no sólo sus oficinas. Y toda la zona se convirtió también en las colonias donde vivían los obreros de aquella industria expansiva. Las antiguas grandes haciendas de la zona y los pueblos indígenas se dividieron en nuevas calles y lotes convirtiéndose en una multiplicidad de “fraccionamientos” donde los trabajadores, a través de los sindicatos oficiales podían comprar un pequeño terreno con una modesta casa de uno o dos pisos. Un altísimo porcentaje de la nueva urbe se convirtió entonces en barrios similares, de  obreros o de otros empleados sindicalizados.

Los propietarios de aquellas fábricas o los altos funcionarios de ellas vivirían sobre todo en Lomas, Polanco, o en el sur de la ciudad. No en el extremo sur, en el pueblo de Xochimilco, sino a medio camino, en esos dos bellísimos pueblos antiguos donde ya los conquistadores españoles habían construido sus residencias secundarias: Coyoacán y San Ángel. Y después en El Pedregal, una colonia diseñada recientemente por el arquitecto Luis Barragán. Con calles curvas entre rocas de lava que a mediados del siglo veinte quiso ser el lujo urbano extremo. Como siempre, pronto superado.

Y entre los extremos, entre el barrio obrero y el barrio de las estrellas crecen las muchas colonias de la inmensa clase media que surgió arrolladora en aquellos años de crecimiento. Y que marca la vida cotidiana en México. En la ciudad son visibles los grandes contrastes económicos que imperan también en el país. Pero no son los barrios obreros los más desfavorecidos sino aquellos construidos por apropiación de la tierra por ocupantes que vienen de diferentes zonas del país atraídos por las sobrevaluadas posibilidades de empleo en la capital. Y que muchas veces permanecen desempleados o en empleos muy marginales y en habitaciones sin servicios urbanos de ningún tipo. Uno de ellos, llamado Ciudad Netzahualcóyotl, tiene dos millones de habitantes. Ya no es la zona más pobre. Ya tiene drenajes, agua, y corriente eléctrica instalada que otros barrios no tienen. Pero hace veinticinco años, cuando fui a dar conferencias y leer cuentos en las escuelas de ahí, la mayoría de las calles eran de tierra y encontré niños de ocho o nueve años que nunca habían visto un árbol, ya no digamos el mar. Todo eso ha cambiado y la pobreza más terrible se instala en otras zonas, cada vez más lejos y cada vez más extendida.

Para comunicar al centro con el sur se pensó en una nueva avenida, no tan lujosa y ancha como el Paseo de la Reforma pero mucho más larga: la avenida de los Insurgentes. Casi 29 kilómetros atravesando toda la ciudad y conectándose en el norte con la carretera que va a la ciudad de Pachuca, el antiguo centro minero que produjo una alta proporción de la riqueza que hizo de México “la Ciudad de los Palacios”. Hacia el sur, Insurgentes se conecta con la carretera a la ciudad de Cuernavaca, a ochenta  kilómetros  de la ciudad, donde Malcom Lowry situara esa novela que es una de las más profundas exploraciones de México: Bajo el volcán. La avenida de los Insurgentes creció entonces como el eje mayor de la ciudad y a su orillas, mirando hacia el sur, florecieron uno a uno los nuevos barrios de la clase media ascendente.

Coyoacán fue el pueblo donde Cortés estableció su gobierno mientras se reconstruía la arrasada Tenochtitlán. Y varias de las casas de los conquistadores se encuentran aún ahí, sobre la larga y sombreada avenida Francisco Sosa, con sus árboles centenarios. Como la señorial Casa de Pedro de Alvarado, decorada aún con esos relieves arabescos en los muros que se denominan con una palabra de origen árabe: Ajaracas. En esa casa vivió Octavio Paz su último año y ahí murió en 1998. Actualmente es sede de la Fonoteca Nacional.

Coyoacán tiene como uno de sus mayores atractivos La Casa Azul, donde vivió desde muy joven y murió Frida Kahlo. Diego se la compró al padre de Frida para poder albergar ahí a Trotsky, cuyo asilo político en México él mismo había logrado ante el presidente Cárdenas en 1937.  Después de un tiempo, Trotsky, su esposa y un séquito de guardaespaldas, se mudaron a una casa no muy lejana que ahora mismo es el Museo León Trotsky. Dónde fue asesinado en 1940.

La casa de Frida es muy llamativa. Tiene objetos artesanales y cotidianos que la rodearon, varios cuadros de ella y de Diego Rivera, su colección de fotografías, su estudio e incluso la cama en la que falleció. Hasta las piedras tiradas en el jardín forman parte de una colección especial y discreta. Pero,  sobre todo, esa casa resalta como un ámbito de aprecio por las cosas mexicanas. Y uno se siente en medio del espíritu nacionalista de los años treintas en el que Diego y Frida fueron protagonistas. La casa de Trotsky es todo lo contrario. La sensación que deja es de persecución y de muerte. Verla reformada completamente, con los muros extendidos hacia arriba, las ventanas tapiadas, todo alterado para convertirse en una fortaleza inútil, es terriblemente desolador. Se visita el estudio donde fue asesinado y uno puede ver las huellas en los muros de las balas disparadas por el pintor David Alfaro Siqueiros y su equipo de asalto cuando trató de asesinarlo. Cuatro meses antes de que lo lograra el otro enviado de Stalin, Ramón Mercader. Las cenizas de Trotsky y de su esposa Natalia se encuentran ahí, en el jardín, detrás de una lápida.

La plaza central de Coyoacán es una de las más agradables y concurridas de la ciudad. De pronto, caminando sus calles empedradas y arboladas se tiene la sensación de hacer vida de pueblo aunque uno esté sólo de paso. Y esa es una de sus atracciones para la gente que viene a visitarla también de otros rincones de la ciudad. Casi vecina de Coyoacán, la actual colonia de San Ángel también fue hasta mediados del siglo pasado un pueblo antiguo con un convento importante, el del Carmen, una plaza y una ex hacienda que luego fue hotel para descansar camino a Cuernavaca cuando se viajaba allá en carruaje.  Y por eso se llama todavía al edificio el San Ángel Inn. Luego fue una universidad jesuítica y es actualmente un elegante restaurante. Tal vez el más bello de México por conservar el edificio antiguo con espíritu de la época virreinal. En realidad restaurado con creatividad por un arquitecto, Manuel Parra, que construyó una gran parte del actual San Ángel en el mismo estilo por él reinventado desde los años cincuentas. Mientras los otros grandes arquitectos mexicanos destruían todo los edificios antiguos para construir la modernidad de México del siglo XX, Parra iba a los sitios donde demolían y compraba todas las piedras esculpidas, las columnas rotas, las vigas de madera antigua, las puertas labradas, las rejas viejas para armar con todo eso verdaderos collages de aire virreinal. Parra reinventó un barrio entero dándole un espíritu peculiar que, en estos años es de nuevo poco a poco destruido en nombre de esa misma angustia de modernidad en la que él nadó a contracorriente. Frente al Restaurante San Angel Inn, antes incluso de que Parra lo restaurara, Frida y Diego se hicieron construir un par de estudios en un estilo modernista que retomaba elementos de la arquitectura industrial y rodearon el conjunto con un muro de cactus. Hoy es un pequeño museo. En una de las  más grandes casonas del barrio se lleva a cabo un mercado artesanal cada semana, conocido como “El Bazar del sábado”.

Finalmente, llegamos al mercado de Xochimilco y mis amigos compran una gran cantidad de plantas que les serán entregadas más tarde en su casa. Mientras tanto nos vamos a los muelles, donde rentamos una barca para pasear por los canales floridos. Al poco tiempo se acerca una barca más pequeña ofreciéndonos bebidas y comida, luego otra, un grupo musical más adelante y así todas las embarcaciones se pasean y comen y festejan, flotando como nosotros. Estar aquí nos hace sentir con detalle lo que fue el tejido urbano flotante de la ciudad de México. Y al mismo tiempo el delirante esfuerzo que ha sido a lo largo de los siglos secar un lago que fue gigantesco y que en realidad nunca termina de secarse. Hubo épocas en las que la ciudad entera volvió a inundarse y en una de ellas, en el siglo XVII, permaneció bajo el agua tres años. Y la amenaza siempre está latente.

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Al día siguiente de nuestro paseo flotante, en uno de los barrios al lado de Xochimilco, en Chalco, antiguo lago seco, una lluvia torrencial volvió a poner todo metro y medio bajo el agua. Cuatrocientas mil personas se vieron afectadas y perdieron todo lo que tenían en planta baja. Una súbita lluvia tropical, convertida en granizada había rebasado por enésima vez la capacidad de las alcantarillas. En toda la ciudad, en las vías rápidas con pasos a desnivel, los autos se quedaron atrapados. Y justamente por este incidente resultó de nuevo imposible encontrarnos con Roberto, a quien habíamos conocido en el avión llegando a México unas semanas atrás. Nuestra cita vuelve a posponerse. La megaciudad es sin cesar motivo de encuentros pero también de desencuentros. Y como un símbolo azaroso de que algo se acaba, en esta ciudad sin estaciones notables ni cambios de clima súbitos, esa granizada había destrozado todas las flores de jacarandas que cubrían las calles y que tanto nos habían llamado la atención desde el aire y al recorrer todas las calles estas semanas. La primavera de las jacarandas, escasamente un mes dentro de la primavera del calendario, había llegado abruptamente a su fin.

Alberto Ruy Sánchez es un escritor y editor mexicano, autor de más de veinte libros de ensayo, poesía, cuento y novela. Desde 1988 es Director General de la revista Artes de México. Sus novelas son libros de culto y permanentemente se reimprimen en español, desde la primera en 1987, cuando recibió el Premio Xavier Villaurrutia, el más prestigioso de México. La Universidad de Nuevo México lo premió como ensayista y fue becario de la Fundación Guggenheim de Nueva York. En febrero de 2000, el gobierno de Francia lo condecoró por su obra literaria y editorial como miembro de la Orden de las Artes y las Letras, otorgándole directamente el grado de Oficial.

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