Límulus

Yaoi Pornografía homoérotica para mujeres


Texto de Áurea Xaydé Esquivel Flores

On the cover are two cowboys. One, a naked young man, is standing closer to us, and the other man, standing behind him, is making eye contact with him. If the viewer is gay, he will instantly get a sense of physical attraction basic to the construction of the picture.

– Gengoroh Tagame

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No hace falta ser un hombre gay para percibir e incluso desear la atracción entre dos sujetos atractivos; una puede ser mujer, heterosexual, y extraer gozo a partir de múltiples manifestaciones homoeróticas sin ningún problema.

Esa fue una de mis propuestas en el primer Coloquio de Letras Diversas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, organizado por el Seminario de Literatura Lésbico-Gay. A pesar del poco tiempo disponible, los organizadores se mostraron muy interesados por el concepto de mujeres heterosexuales que no sólo consumen abiertamente pornografía homosexual, sino que también la producen; la mayoría de los asistentes a mi ponencia fueron jóvenes chicas muy entusiastas que gritaban de gusto al escuchar y ver imágenes conocidas. No fue una coincidencia.

Entre los círculos críticos y feministas, se plantea con regularidad la pregunta de cómo es o cómo puede ser la pornografía producida por mujeres y cuáles serían sus implicaciones, tanto sociales como culturales. Pues bien, la trinchera desde la que yo hablé en el Coloquio fue la del manga y el anime, géneros narrativos extendidísimos de la cultura pop japonesa: el yaoi.

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A grandes rasgos, se trata de un subgénero del manga (cómic japonés 1 ) —también identificado con las siglas BL (Boy’s love)—, cuyo significado puede desglosarse en términos estructurales: “Sin clímax, sin objetivo, sin sentido” (Yama nashi, ochi nashi, imi nashi) o en términos temáticos: “¡Para, me duele el culo!” (Yamete, oshiri ga itai!). En cualquier caso, es la representación explícita de una relación sexual entre dos (o más) hombres. Eso es todo.

Ahora, viene lo interesante: Hablar de yaoi es hablar de un fenómeno editorial, estético y (¿por qué no?) sexual exclusivamente femenino. Sus orígenes se remontan a la década de los 70s y 80s, cuando el grueso del mercado del manga era destinado para muchachos y hombres y en el que se desarrollaban temas que siguen siendo fundamentales en la formación de la identidad masculina: valor, fuerza, lealtad, amistad, esfuerzo, madurez… En aquel entonces, y en vista de la sosa oferta de productos para jovencitas y mujeres en materia sexual, algunas artistas decidieron jugar con esas historias y personajes “para hombres” bajo sus propios términos. Los y las lectoras deberán imaginar (o recordar, no se hagan) en este preciso momento imágenes ardientes de romances entre personajes como Gokú y Vegeta de Dragon Ball Z; Camus y Saga o mejor aún, Camus y Milo, los caballeros dorados de Saint Seiya; Oliver y Benji de los Supercampeones o cualquier otra serie típica “de muchachos” llenas de hombres fuertes, musculosos, atractivos, hermosos y/o muy honestos sobre sus emociones.

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Entonces, las primeras incursiones que representaban a dos varones teniendo sexo empezaron como doujinshi (manga derivado creado por fans), los cuales siguen los parámetros de géneros mayores como el shoujo y el josei (historias románticas para adolescentes y jóvenes adultas), en los que predominan los trazos alargados, finos, suaves, curveados; se explota la imagen del bishounen (joven hermoso, casi femenino) y los conflictos emocionales con respecto a la imagen propia y en función de una pareja. Por ello, cuando la historia no incluye sexo y sólo muestra el desarrollo de una relación romántica se conoce como shounen-ai (“amor entre chicos”).

Como cualquier producto que se ha moldeado al interior de un mercado específico, el yaoi ha desarrollado particularidades temáticas: 1) los personajes principales son dos: el seme (que “ataca”) y el uke (que “recibe”); en general, las personalidades son opuestas, de tal manera que el seme suele ser mayor, tranquilo, sensual y dominante, mientras que el uke es menor, escandaloso, irritable y tímido. Así, 2) la violación es una práctica cuasi obligatoria; dado que uno se niega a corresponder los sentimientos del otro, éste se ve “forzado” a mostrar su amor de una forma más evidente. 3) Al final de la historia se afirma la relación, ya sea en términos armónicos o conflictivos, pero lo curioso es que 4) la palabra o concepto “gay” rara vez se hace presente; es decir, el género del ser amado no condiciona de ninguna manera la identidad propia, sólo sucede que la pareja ideal de un hombre resultó ser otro hombre.

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Ahora bien, la oferta de yaoi es inmensa. Fuera de Japón, las lectoras se pueden abastecer de una cantidad limitada de material debido a las licencias y la barrera del lenguaje. Con todo, los obstáculos pueden rodearse y las reglas pueden someterse a interpretación. Los fenómenos de la edición y traducción amateur o la lectura on-line no son nada nuevo en el mundo de la cultura pop ni en mucho menos en el de la pornografía; no obstante, resulta un magnífico indicador de los alcances del producto y de la relación que las consumidoras establecen con éste.

Si nos restringimos al medio del manga y visitamos algunos de los sitios de lectura on-line gratuitos más visitados de la red, veremos que las historias de carácter homoerótico con contenido sexual gustan mucho más que las de puro romance a nivel mundial. Mangafox, por ejemplo, hacia marzo del 2015 contaba con 1,848 títulos yaoi y 740 shounen-ai traducidos al inglés; Mangabb, 463 yaoi y 209 shounen-ai; Manga.animea, 1,919 yaoi y 644 shounen-ai; Mangareader, 50 yaoi y 35 shounen-ai; Tumangaonline, 90 yaoi y 30 shounen-ai traducidos al español. Entre los sitios especializados, como Yaoiotaku, se cuentan 162 mangas, 113 animes y 150 videojuegos, mientras que Placer-yaoi ofrece 722 títulos de manga. Números aproximados que crecen lenta, pero constantemente cada mes.

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Desde su nacimiento como fenómeno masificado en los 80s hasta ahora, las “reglas” sobre la intrascendencia del clímax narrativo, los objetivos o el sentido se han roto de manera habitual. Por supuesto que el meollo del asunto sigue siendo el placer de atestiguar la relación sexual entre dos hombres, pero en muchísimos de los casos más populares se han desarrollado historias complejas y profundas. Entonces, ¿cómo funciona este subgénero a nivel narrativo? Hay mucho de donde escoger… Si queremos un tono trágico, podríamos hablar de SAKURA GARI, escrito por Yuu Watase (2007), donde el abuso físico, el abandono, la soledad, la culpa, el asesinato y el travestismo son algunos elementos que llevan a las lectoras a entender cómo el sexo puede iniciar como un franco pecado y terminar como una forma de perdón, para con el otro y para con uno mismo. O, si andamos con un ánimo aventurero, podríamos sumergirnos en las variadas y lentas formas de estimular el cuerpo masculino (en seco, el contacto directo entre miembros, la felación y los juguetes dilatadores…) de TEN COUNT, escrito por Rihito Takarai (2013). Si estuviéramos de humor para algo más animal, podríamos hablar de la serie KURONEKO KARESHI de Aya Sakyo (2012-2013) y jugaríamos con hombres gato y hombres jaguar viriles y vulnerables por igual. O tal vez nos inclinemos por un tono más fantástico… Entonces podríamos disfrutar CRIMSON SPELL de Ayano Yamane (2004), donde un hechicero, a pesar de ser el que penetra, en realidad funge como la vaina del terrible poder de un príncipe demonio. También hay para los gustos más tiernos y asiduos a los cuentos de hadas; en tal caso, WILD ROCK de Kazusa Takashima (2002) habla de dos príncipes tribales que pertenecen a pueblos antagónicos y, por azares del destino, se enamoran y logran traer paz con su amor. Incluso se presenta la noción de darle la oportunidad de amar libremente a las nuevas generaciones. Si queremos historias que le den la vuelta a los viejos clichés, podríamos pensar en el trabajo de Kazuhiko Mishima, cuyos semes son jóvenes, sus ukes son hombres maduros y quien llega a tocar el tema de la discriminación contra los homosexuales.

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Pero si optamos por el juego entre imagen, sonido, actuaciones y movimiento, las series de anime (cuyos orígenes también están en el manga) ofrecen excelentes ejemplos: JUNJOU ROMANTICA, escrita por Shungiku Nakamura y dirigida por Chiaki Kon (2011), funciona a modo de catálogo humorístico de parejas prototípicas del yaoi; hay oposiciones entre edades, personalidades e incluso estatus. Por su grado de representatividad, la esencia temática del subgénero entero puede resumirse en los últimos versos de la presentación de esta serie, interpretada por la banda Pigstar: “Si no es regada, se marchitará / con espinas tan pequeñas, es imposible protegerse, / sólo aparenta ser fuerte la flor. / Por favor, que no te lastimen esas espinas, no llores. / No soltaré esa mano, no la soltaré. / Si nos sentimos más solos cuando estamos juntos, / sólo tomémonos de la mano hasta que no haya soledad, / incluso si mi mano es herida por pequeñas espinas.” Si queremos ver parodias sobre la homofobia, ¡está KOISURU BOUKUN, escrita por Hinako Tanaga y dirigida por Keiji Kuwakubo (2010), donde el más despreciable tirano se enamora después de haber sido violado! Claro que ningún recorrido está completo sin un clásico al menos y para eso está AI NO KUSABI, escrita por Rieko Yoshihara, ilustrada por Katsumi Michihara y adaptada por Naoko Hasegawa (1992-1994): uno de los proyectos que cimentará muchos de los actuales parámetros estéticos del yaoi, donde dos machos alfa de diferentes clases sociales se enamoran sin querer y donde, al igual que el soft porn, lo que estimula son las insinuaciones: el juego de sonidos, de voces, de sombras, algunos movimientos clave y los gestos corporales durante el orgasmo.

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Pues bien, debido al coito homosexual, las violaciones, la afirmación de relaciones retorcidas como un ideal y la fantástica “insignificancia” de la orientación sexual, el yaoi, sus autoras y sus lectoras han sido fuertemente criticadas 2 . En 1992 se produjo un sonado choque llamado Yaoi rounsou: “El debate del yaoi” (Wim Lunsing tiene una de las relatorías más completas que se pueden encontrar en inglés). El activista gay Masaki Satou, respaldado por la publicación feminista Choisir, externó su absoluto repudio contra ese subgénero que ultrajaba los derechos de los homosexuales y contra esas mujeres “depravadas” que se comportaban igual que viejos verdes. De acuerdo con Satou, la representación de los personajes era discriminatoria, pues todos eran esbeltos y hermosos; sólo fomentaba el boom de lo gay en términos mediáticos y no críticos; como muchos de los finales eran trágicos, se entendía que los gays no podían ser felices, por lo que el yaoi era un producto homofóbico; y finalmente, que no importaba si el producto era consumido a pequeña escala, lo peligroso era la masificación. Críticas válidas, pero, si tomamos en cuenta los lugares de enunciación y algunas de las implicaciones del mismo proceso de enunciación, lo son hasta cierto punto.

Las “chicas podridas”, ávidas lectoras y productoras de yaoi, respondieron de inmediato.

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Hisako Takamatsu, ante la acusación de parecer “viejos verdes”, responde que leer historias homoeróticas es liberador por el acto entre amantes de contemplar sus cuerpos sin tapujos. Con base en la muestra de títulos presentada más arriba, vemos que la exploración del cuerpo masculino en el yaoi no es un terreno prohibido o vergonzoso (como suele serlo en una historia shoujo o josei de carácter pornográfico) dado que sucede entre sujetos que comparten una misma condición.

Akiko Yanagita, otra fujoshi, defendió el trazo estilizado como una característica propia del medio y consideró el yaoi como un escape de las historias tradicionales entre hombres y mujeres. Al buscar entre los productos actuales, es claro que autoras de mangas heterosexuales como Minami Kanan, Mayu Shinjo o Mashin Okasabe siempre muestran a la chica como débiles, tontas y con el vergonzómetro al 100% cada minuto del día; la seducción femenina y el coito no son algo deseable ni decente; la relación sexual no es un acto creativo, diverso o lúdico sino la prueba de amor que se rodea de miedo, dudas y entrega total. Por otro lado, es cierto que el uke tiene una constitución y desempeño más bien “femeninos”  —considerando los roles asignados culturalmente—; por ello, es fácil pensar que el hecho de violar a un uke es una forma de externar el odio de la mujer por sus congéneres, pero, ya que ambos personajes son hombres, no hay reglas de identificación unívocas e inamovibles: una puede asumir tanto el papel pasivo como el papel activo dependiendo de su carácter y estado de ánimo; el grado de deseo puede convertir a la lectora en un fiero, rudo y enorme amante. La violación de un hombre, como se representa en manga, es un ejercicio de poder y no de sexo, es una experiencia vicaria por medio de la cual se saborea una realidad muy distinta a la vivida. Los rasgos delicados, femeninos y las personalidades prototípicas de los personajes, así como el acercamiento voyeurista al coito le ofrecen a la lectora una suerte de control, una sensación de seguridad, como diría Perry Nodelman, que no encuentra al relacionarse con hombres reales, pues ha sido educada para ocultar o sublimar sus deseos hasta el desenfreno. ¿Ven por qué es tan irresistible la idea de que personajes como Milo y Camus se besen, se acaricien y tengan relaciones? Como las primeras fujoshi, las de hoy desacralizan figuras ideales exclusivas de un sector basado en construcciones históricas; esa división entre lo que es cosa “de chicos” y cosa “de chicas” en la cultura pop es burlada con descaro y una pícara mordida de labio. Aproximaciones críticas como las de Akiko Hori y Glaucio Aranha, sobre el carácter liberador del yaoi, indagan en este deseo de igualdad dentro de un sistema que favorece la expresión sexual de un género y condena la de otro. ¿Por qué está bien que un hombre disfrute y busque que dos mujeres tengan sexo y una mujer es repugnante al excitarse con la vista de dos hombres juntos en la cama (o la oficina o el parque o la lavandería…)? A diferencia del primer caso, la cosificación no es inherente al acto voyeurista del yaoi, pues las lectoras suelen establecer relaciones emocionales e identificatorias con los personajes.

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Tamae Taniwaga resiente el ataque de Satou y se pregunta por qué sus comentarios incluso dictan la forma en que debería representarse una relación homoerótica, como si él, por pertenecer a una comunidad marginada, tuviera autoridad moral para dictar las actividades y los modos de otro grupo en condiciones similares; ellas no obstaculizan la imagen que los homosexuales buscan proyectar de sí mismos, sólo es fantasía, ficción, otra expresión de resistencia contra un orden impuesto que dicta modos de pensamiento y acción. Aunque las mujeres formen parte de la heteronorma, ¿eso a fuerzas las coloca en una posición privilegiada por sobre los hombres gay?

Como fantasía personal, no hay una obligación de representar con exactitud a un grupo específico o de adscribirse a una causa colectiva. A pesar de ello, estas fantasías “ociosas” ofrecen alternativas interesantes a nivel cultural: Que los amantes (sean del género que sean) no deban preocuparse por cómo serán vistos y tratados en la sociedad; que no sean señalados, escrutados, agredidos o compadecidos al hacer pública su relación; que puedan explorar sus cuerpos sin el peso de la vergüenza o el miedo; que la mujer pueda gozar de una posición más agentiva en sus propias relaciones sexuales y tener la confianza de estar en las mismas condiciones que su amante… ¿no sería deseable? El yaoi es pornografía, pero el significado de su existencia y sus diferentes lecturas ofrecen un panorama altamente subversivo. Mark McLelland, investigador australiano, publicó en 2006 un artículo titulado “Why are japanese girls’ comics full of boys bonking?” (¿Por qué los cómics de chicas japonesas están llenos de chicos cogiendo?”) y después de un genial recorrido crítico, respondió: “¿Por qué no?”

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Ahora, volvamos al principio.

¿Por qué fueron chicas las que más asistieron a mi charla?, ¿por qué se inclinaban hacia adelante y soltaban grititos de emoción con cada nueva imagen?, ¿por qué me dieron un lugar en un coloquio de temática LGBT si yo soy heterosexual?,  ¿por qué me permitieron hablar sobre un tema “vulgar” dentro de la universidad? La mexicana es una sociedad repleta de estigmas y prohibiciones sobre sexualidad femenina y gay; la intolerancia y el odio siempre tienen un lugar en las conversaciones de quienes se creen “normales” con respecto de los otros; en México, el yaoi todavía es un tema underground y sus lectoras son vistas con ojos sentenciosos incluso por otros fanáticos del anime y el manga.

¿Por qué?

Como dice McLelland: “¿Por qué no?” Ya nos estamos tardando en discutirlo abiertamente.

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1. También se presenta en el anime (dibujos animados), novelas visuales, juegos de video, drama-CDs (programas auditivos pregrabados), telenovelas y (historias escritas por fans con base en sus propios deseos).
2. A tal grado que el término acotado para ellas en japonés es fujoshi, con un sentido marcadamente peyorativo.


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