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Límulus

Yayoi Kusama, una artista de obsesiones eternas

Texto y fotos de Monserrat Loyde*

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             La eternidad de la eternidad eterna

            “Me enfrento cada día con el miedo a la muerte,

            con toda mi energía lo supero y me calmo

            y lo que encuentro es mi pasión por el arte.

            La sensación de haber nacido en este mundo

            regeneró mi vida con una tormenta de creación nueva.

            Los profundos susurros místicos de la tierra

            salvan mi vida miserable propensa al suicidio

            y disipan mi miedo y anhelo de muerte

            y siempre me han despertado al resplandor glorioso de la vida”.

Estos fragmentos, escritos por Yayoi Kusama, abrieron la última gran exposición que se ha visto de la obra más reciente de esta artista japonesa en el Museo Nacional de Arte Contemporáneo (NMAO) en la ciudad de Osaka en 2012, y que después formó parte de la gran retrospectiva que se exhibe por distintos museos del mundo desde hace dos años, entre ellos y por primera vez en el Museo Tamayo a partir del 22 septiembre de 2014 en la Ciudad de México.

La mayoría de los escritos sobre la obra de Yayoi Kusama comienzan con la historia de la niña que desde los 10 años encontró su inspiración artística en las alucinaciones que la perseguían y que a su vez fueron un motivo para escapar del entorno que la oprimía. Desde entonces dibuja polka dots, redes y flores.

Kusama es una de las artistas contemporáneas más prolíficas, longevas y precursora en Japón del movimiento avant-garde. Contemporánea de Yoko Ono, dejó Japón antes que aquélla para irse a Nueva York amadrinada por Georgia O’Keeffe a finales de los años cincuenta y durante la década de los sesenta hizo su carrera a lado de artistas como Eva Hesse, Donald Judd, Frank Stella, Lucio Fontana, Yves Klein y Piero Manzoni.

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En 2004 vi por primera vez sus puntitos en la alucinante exposición Kusamatrix, en el Mori Art Museum en Tokio. Recuerdo que en la inauguración, mientras íbamos de sala en sala viendo puntitos, ella también como un puntito y vestida de puntitos estaba sentada en un banco de puntitos completamente mimetizada en una de sus instalaciones de puntitos y seguramente viéndonos pasar como puntitos.

Yayoi Kusama, pintora, escultora, diseñadora, novelista y poeta, es una de las artistas avant-garde que, “descubierta por Occidente”, según escribió Ryuichi Sakamoto en la presentación del catálogo de aquella exposición, es un fenómeno comercial y artístico en Japón.

A fines de los años cincuenta se instaló en Nueva York y con el apoyo de Georgia O’Keeffe participó en varios movimientos artísticos como el Abstract Expressionism y el Op Art. Regresó a Japón y escribió su primera novela en 1978, Manhattan Suicide Addict, basada en su experiencia neoyorkina.

Tras sufrir una crisis diagnosticada como “desorden obsesivo compulsivo”, se internó voluntariamente en una institución psiquiátrica, donde vive hasta la fecha. El contacto momentáneo con el mundo exterior le toma algunos pasos; su estudio queda a unos metros del hospital, a donde sin falta tiene que volver y pasar la noche para amanecer y volver a pintar.

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Por más de 70 años, Kusama (cuya edad es ahora de 85), ha creado con su arte una conexión entre el mundo interior que la obsesiona y enferma, y el exterior que, confiesa, ha querido abandonar infinitas veces. Dibuja patrones de puntos de colores y redes sin fin “para sobrevivir y escapar de los miedos y deseos suicidas” palabras que repite cuando la entrevistan. Pero es una obsesión que oxigena a la vez su expresión artística y a ella misma.

La obra de Kusama suele estar acompañada de algunos de sus poemas libres. En los últimos años ha trabajado con acrílicos monocromáticos y de colores sobre lienzo, algunos autorretratos, retratos de mujeres extranjeras (quizás una de ellas sea el recuerdo de Georgia O’Keeffe), y piezas gigantescas tridimensionales que se pueden encontrar en muchos lugares dentro y fuera de Japón, como la famosa calabaza amarilla o roja con puntos negros, que realizó en 1994 y ha reproducido también obsesivamente.

Hay una serie que particularmente me gusta porque contrasta con ese colorido que suele caracterizar su obra. Se trata de la serie “Love Forever” (“Amor por siempre”). Son 50 imágenes de simples líneas negras sobre lienzo blanco, que forman una cadena de repeticiones que fluyen entre el humor, la sorpresa, la desesperación, la angustia, la felicidad y, por supuesto, el amor. A las imágenes también las envuelve parte de un poema:

            Este Misterio

            “Uno tras otro, fluyen fuera de mi imaginación, los días de lluvia, los días de belleza y los días de nieve.

            ¿Por qué estos días continúan ininterrumpidamente en mi vida?

            Ahora estoy tan perdida, cómo responder sobre este misterio.

            Las montañas son cada vez más altas y los cielos cada vez más azules.

            En este universo nunca estoy sola.

            Mi búsqueda por el arte va más allá de mi, rodea toda la tierra como nubes.

            Hoy, también es un día tranquilo.

            No sea que mi amor arda, quiero abrazar el amor de todos.

            Amor por siempre…”

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De la constante lucha por entender el mundo que Kusama obsesivamente ve con un mismo patrón surgen:

“Lovers” (“Amantes”), líneas infinitas de perfiles sin ojos pero con nariz y boca, donde sobresale una diminuta niña de trenzas que jala de un cordón a su perro.

“The Crowd” (“La muchedumbre”), ojos que también puede ser semillas o células que se derraman y amontonan.

“A Dream I Dream Yesterday” (“Un sueño que soñé ayer”), perfiles, ojos y zapatos sin su par que se pierden en inagotables huecos negros que invitan a un abismo.

“Sprouting” (“Retoños”). De lo que parece ser el centro de una flor nace un sombrero escolar, un par de piernas en la cabeza de una persona, una taza de café, labios sonriendo, un collar, un paraguas y mariposas que son también ojos.

“Birth, Aging, Sckness and Death” (“Nacimiento, envejecimiento, enfermedad y muerte”), los preceptos budistas del ciclo de la vida donde fluyen sus trazos a veces oprimidos, otras más sueltos pero siempre entre visiones de luz y de oscuridad.

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Tiene otra secuencia de cerca de 100 cuadros que ha hecho en los últimos cuatro años. La titula “My Eternal Soul” (“Mi alma eterna”). Son de colores intensamente rojos, azules, verdes, amarillos, naranjas, rosas, plateados y dorados que contrastan con su serie monocromática en blanco y negro.

Esta serie filtra un movimiento de reencarnación que lleva a todos los estados de ánimo de Yayoi Kusama: tristeza, alegría, desesperación, abandono, desolación, muerte, silencio, bullicio, esperanza, vida, compasión. El más perturbador de esa serie se titula “Pain of Love Lost, and a Wish to Commit Suicide” (“El dolor del amor perdido y un deseo de cometer suicidio”), imágenes en amarillo, negro y rojo. Lo más cercano a una pesadilla: negrura de huecos amorfos manchados quizás de sangre, que jalan a un precipicio.

“My Self-Portrait Done When I Was Heartbroken” (“Autorretrato hecho cuando tenía el corazón roto”), un lienzo en el que Yayoi Kusama se pinta en rojo y blanco. Sus ojos muy abiertos con pestañas grandes en una cara inmaculadamente blanca parecen en realidad asomarse de una ventana con mucha luz. La raíz de sus cabellos y su boca son incontables y hay diminutos ojos en líneas rojas. La imagen no parece mostrar tristeza, sino que, en realidad, da ternura.

“Human Life Comes to Nothing” (“La vida no llega a nada”), dibujos de perfiles, ojos, círculos que parecen vistos desde un microscopio y que flotan en un fondo plateado son el microcosmos de lucidez y de resignación que plasma Yayoi.

“Waiting for the Moon to Appear”, “Morning is Here”, “Beauty Remembered” “Waking up in a Quiet Morning”, “Stars”, entre otras más, muestran esa contemplación de la naturaleza cambiante que la rodea y que tranquiliza sus obsesiones y sus obstrucciones mentales.

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Al mirar su obra tridimensional, que suele ser descomunal, te transportas a un mundo de gigantes donde tu pequeñez te vuelve infantil inmediatamente. Algunas de estas esculturas son macetas blancas con enormes tulipanes blancos con puntos rojos, a una de esas la tituló “With all My Love for the Tulips, I Pray Forever” (“Con todo mi amor a los tulipanes, rezo siempre”).

Son en realidad fanerógamas intoxicadas que exhalan hilaridad y vida y que son el guiño a su permanente obsesión por el erotismo y la sexualidad. Otra escultura, quizás de la serie mas famosa de toda su obra, es “Great Gigantic Pumpkin” (La Gran Calabaza Gigante)  que también es un objeto de sus fijaciones.

Yayoi Kusama, una artista que para muchos es un tanto naif, para otros neopop, para sus coleccionistas y contemporáneos es pieza importante del avant-garde, y para otros más es sólo una empresa y marca comercial por la cantidad de productos y publicidad que se hace en torno a ella y a su obra (en Japón encuentras desde calcetines, galletas, llaveros, pañuelos, cuadernos, hasta colaboraciones con Louis Vuitton o maquinas dispensadoras de refrescos para Coca Cola con su imagen).

Pero más allá de todo eso, es una artista que vive en soledad encerrada en su mundo de miedos que no ha dejado de recrear y combatir. “Hasta que el demonio es sometido, mi trabajo continúa porque el demonio es el enemigo del arte, y además, él es un compañero en el campo de batalla”, declara  en entrevistas. Aislada de un mundo común y corriente que vive a través de sus recuerdos y de sus temores, su estado mental de obsesión infinita y de liberación eterna es evidente en toda su obra.

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*Monserrat Loyde vive en Kioto, Japón. Internacionalista. Escribe en distintos medios sobre política, arte, cultura y sociedad japonesa. También hace cerámica. Estudia ceremonia de té y restauración de cerámicas. Twitter: @lamonse

También ha publicado en Límulus sobre la ceremonia del té en Japón:

http://limulus.mx/el-universo-del-camino-del-te-monserrat-loyde/

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